
Vivimos en la era de la Posgravedad. Aquella en la que todo es igual. Donde nada es grave.
Y si es grave se convertirá en ingrávida levedad.
Emisores levitantes, como inhumanos.
El suelo se ha desvanecido debajo de nuestros pies y la gravitación de la vida o de la muerte no impacta sobre la superficie que lo aplana todo.
La superficialidad como negocio ya no obliga a probar la muerte. Obliga a los vivos a demostrar que respiran.
El error tiene diseño.
Fue a través de la gangosidad entomológica de la cucaracha que Florencia Peña anunció la muerte del padre de Messi, y ella, reina otrora de la comedia y ajena al periodismo, lo dijo como quien anuncia que llueve. “Murió el padre de Messi”.
Pero estaba vivo.
¡Qué importa!
El chequeo reducido a susurro insectívoro. La consagración de la cucaracha. La verificación convertida en insecto. La cucaracha, devaluado Gregorio Samsa, que corre wireless por debajo del piso de la ética y trepa hasta oídos ignorantes y posgravitatorios.
Todo lo contrario.
La Posgravedad no distingue lo relevante de lo que no lo es; arraiga en la indistinción. La indiferenciación. Todo ingresa al mismo plano horizontal.
Todo es, por igual “data” como dijo Peña.”¿Hay más data?”, se preguntó sin despeinarse.“Data”. Es una palabra generalista, un planisferio sin relieve, una neologismo que le quita la fuerza lexical y el respeto que exige el verdadero dato.
No hay jerarquías.
Ni balanzas para medir y separar lo relevante de lo irrelevante. Fusiona todo, porque todo es show. Una muerte y un blooper, una tragedia y un meme, un duelo y una fulguración de rating valen lo mismo porque ocupan el mismo lugar, el vacío.
La realidad reemplazada por su puesta en escena. Así, la pantalla no informa sobre el mundo. Lo sustituye. Y un mundo sin afuera no tiene contra qué ser desmentido, porque ya no queda un hecho frente al cual contrastar la imagen.
La duda metódica, en cambio, funda al periodismo.
Messi acababa de debutar genialmente en su sexto Mundial, conmovido hasta las lágrimas tras sus goles. El país miraba a un hombre cercano a los treinta y nueve años a la altura de su propia leyenda.
Sobre esa emoción genuina, colectiva, verificable, se montó en un instante raudo y hueco, una emoción fabricada, la del padre muerto.
La maquinaria tampoco distingue entre el sentimiento real y el sentimiento de utilería. Necesita conmover, no importa con qué. Si la alegría no alcanza, sirve el duelo; si el duelo es falso, da igual, mientras dure el clic.
Una familia fue empujada a un duelo fantasma. Tuvo que defender la vida de uno de los suyos contra un rumor. Después vino el comunicado, el paso al costado, las disculpas. El llanto sin lágrimas.
El daño ya circuló. Es una herida que sin embargo y por contraposición pondera al periodismo real, al que busca la información y no la confusión.
El origen del imperio de la Posgravedad es un ecosistema que premia la velocidad sobre la verdad y la intensidad sobre la jerarquía, donde la primicia falsa rinde más que el dato chequeado, y donde el silencio prudente es la única conducta que el sistema castiga.
El “aire”, ese elemento metafórico de la comunicación audiovisual no debiera ser la venenosa atmósfera de la trivialización absoluta, sino el oxígeno que ordena la respiración, que evita la ponzoña de la irresponsabilidad como proyecto.
La tan irresponsable “noticia” de una muerte falsa vuelve a manifestar que el periodismo es un indispensable método de verificación.
El rumor es rápido; el periodismo constata. La Noticia Deseada se alimenta del rumor voraz que busca impacto y no va al moroso encuentro de los hechos.
Al contrario de la interpretación que otra vez alojó a todo el periodismo en una misma bolsa corporativa, el desliz de Peña —crónica anunciada de una nueva y gran imprudencia — revaloriza la profesión.
No es el periodismo una bolsa de basura, según la jerga usual y presidencial para descalificar a todos los periodistas por igual, o a casi todos. Al contrario. El periodismo, los que trabajan haciendo periodismo, resisten en su metodología de contrastación, en la demora para chequear antes que en el apuro por la primicia. Esa morosidad es su dignidad, no su defecto. El rumor no necesita método, basta un deseo y una boca deslenguada. Corre porque se saltea el paso que cuesta tiempo —la comprobación— y por eso el rumor llega siempre primero.
El periodismo, en cambio, interpone una demora deliberada entre el impulso y la publicación. Esa demora no es burocracia. Es el lugar donde habita su ética. El que quiere ser primero cueste lo que cueste renuncia, casi siempre, a ser el verdadero.
Por eso el episodio, leído al revés, es el mejor alegato a favor del oficio. La “gaffe” de Peña lo prueba. Quitado el método, lo que queda no es una información más libre ni más veloz, sino el caos, la ingrávida burla.
Una muerte inventada circulando como efímero divertimento y “certeza”.
El hecho, en cambio, llega moroso, incómodo, a destiempo, y a menudo desmiente lo que todos querían creer.
Ahí está su valor.
No murió el padre de Messi.
Murió, otra vez y en directo, la diferencia entre lo que grave y lo que es banal.
Entre lo grave y gravitante y la Posgravedad, que ingrávida viene ganando.
—



