Filofobia: por qué algunas personas sienten miedo a enamorarse y cómo impacta en sus relaciones

¿Se puede tenerle miedo al amor? ¿Por qué vincularse emocionalmente puede resultar tan difícil para algunas personas? Según la psicología, el rechazo extremo a enamorarse es más común de lo que parece y se llama filofobia. No se trata de no querer pareja, sino de un temor intenso a involucrarse en profundidad.

“El amor romántico implica una intensa atracción sexual y una amistad significativa, lo que permite el desarrollo personal y la autorrealización”, explica el filósofo Aaron Ben-Zeév, autor del libro The Arc of Love: How Our Romantic Lives Change Over Time, en un artículo publicado en Psychology Today. En ese sentido, “el miedo a enamorarse implica una disonancia entre la intensa atracción hacia alguien y la preocupación por el fracaso de lograr un vínculo profundo”.

Según el autor, aproximadamente el 17% de las personas en la cultura occidental experimentan miedo a la intimidad, “que incluye temores de abandono y de envolverse demasiado, aunque ambos en última instancia son parte de la pérdida, ya sea de la pareja o de uno mismo”.

Pero, ¿en qué se diferencia este fenómeno de los temores más habituales? Consultada por Clarín, la psicóloga y sexóloga Jacqueline Orellana explica: “En la filofobia hay algo del orden de lo sintomático: la persona sufre por ese patrón, le genera conflicto y, muchas veces, repite situaciones donde el vínculo se corta o se sabotea sin poder explicarlo del todo”.

Y agrega: “Podría pensarse como una defensa frente a la dimensión inevitablemente riesgosa del amor: amar implica perder control, exponerse y confrontar la propia falta”.

La filofobia puede generar sufrimiento, la repetición y la sensación de no poder elegir distinto. Foto: ilustración Shutterstock.

Cuando el miedo a enamorarse se vuelve un patrón

Durante diez meses, Camila (27) salió con un joven de 30 años y construyeron un vínculo que, en los hechos, funcionaba como una relación de pareja. “Salíamos a comer, me presentó a su hija, pasábamos el día juntos, pero nunca hubo una etiqueta formal. Era como si fuéramos novios, pero sin el título”, cuenta a Clarín.

El tema, sin embargo, siempre quedaba en pausa. “Él evitaba hablarlo. Pero cuando un día le dije ‘te quiero’, me dijo que no estaba listo para enamorarse ni formar pareja”.

Para ella, había una clara contradicción: “Creo que le daba miedo la palabra ‘novia’. No quería comprometerse o meterse de lleno en una relación, aunque en la práctica ya actuaba como si tuviera una pareja”.

Según Orellana (@psi.sexologia), “no querer una relación no es, en sí mismo, un problema”. Sin embargo, se vuelve clínicamente significativo cuando aparece el sufrimiento, la repetición y la sensación de no poder elegir distinto. En esos casos, el miedo a enamorarse puede manifestarse como una respuesta que incluye ansiedad, evitación e incluso malestar físico frente a la posibilidad de intimidad emocional.

Según detalla, hay ciertas conductas que suelen repetirse: evitar vínculos que empiezan a volverse cercanos, cortar relaciones cuando aparece mayor intimidad o demanda afectiva, sentir angustia o rechazo ante la idea de depender de otro, idealizar el amor sin poder sostenerlo en la práctica o involucrarse de manera reiterada con personas emocionalmente no disponibles. “Ahí ya no se trata de una preferencia, sino de algo que insiste más allá de la voluntad”, señala.

El miedo a enamorarse puede manifestarse como una respuesta frente a la posibilidad de intimidad emocional. Foto: ilustración Shutterstock.

Sobre el origen de este patrón, la psicóloga explica que no hay una única causa, pero sí núcleos frecuentes: experiencias tempranas de abandono o vínculos poco confiables, relaciones pasadas dolorosas o traumáticas, modelos familiares donde el amor estuvo asociado al conflicto o la pérdida, o dificultades en la construcción de la identidad y los límites personales.

En ese marco, plantea una tensión de fondo: “El otro puede vivirse como una amenaza a la propia libertad. En algunos casos, el miedo al amor no es solo miedo a perder al otro, sino también a perderse a uno mismo dentro del vínculo”.

Comprender el miedo

Para Orellana, no se trata de “eliminar el miedo”, sino de comprenderlo. Según explica, el trabajo terapéutico apunta a desarmar esas defensas, reconstruir su origen y habilitar formas más libres de vincularse. “En muchos casos, el cambio no ocurre de un día para el otro, sino que implica atravesar justamente aquello que se evita: el encuentro con el otro”, señala.

“No vincularse puede ser una elección; no poder hacerlo, en cambio, es una señal a escuchar. A veces no se trata de que no haya amor, sino de que hay demasiado miedo a lo que el amor despierta”, concluye. Y advierte: “Quien evita el dolor del vínculo también queda, muchas veces, por fuera de su potencia”.

fuente: CLARIN

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