Europa, entre Vermeer y Wagner

Pocos cuadros son tan hipnóticos como La lechera de Vermeer. Representa una escena en absoluto heroica: una mujer sumida en su quehacer doméstico, bañada por la luz que cae de una ventana. La poeta Szymborska escribió estos versos: “Mientras esa mujer del Rijks­museum / con esa calma y concentración pintadas / siga vertiendo leche de la jarra al cuenco / no merecerá el Mundo / el fin del mundo”. Ese mundo que la Nobel polaca alaba se sostiene en la atención a las tareas cotidianas. La esperanza se funda en la disciplina diaria.

Durante décadas, la política de Bruselas funcionó con esa lógica. Se habituó a una administración parsimoniosa, apoyada en reglas, procedimientos y negociaciones. Como maquinaria pensada para ahuyentar los males del pasado, quiso convertir la paz en rutina institucional. Pero Europa hoy, alerta Mario Draghi, tiene muchos enemigos, tanto fuera como dentro. El vocabulario muestra el regreso del músculo: anexión de territorios, aranceles punitivos, esferas de influencia. La historia, molesta por su jubilación anticipada, ha vuelto para reivindicarse por la fuerza.

De fondo suena Wagner. La nueva producción en el Liceu de Tristan und Isolde nos recuerda por qué esta ópera es esencial: transformó el lenguaje armónico para expresar un deseo convertido en espera agónica, hasta tornarse paisaje interior. El célebre acorde de Tristán abre una disonancia que se resiste a resolverse; su esencia consiste en aplazar el final. Es la apoteosis de la suspensión.

La europolítica vive instalada en ese estado, que a veces parece titubeo. Se ha especializado en apaciguar en lugar de encarar: gestionar crisis en lugar de resolverlas; responder con tecnicismos a retos que demandan imaginación estratégica y confiar en que las normas cubran los huecos de la voluntad política.

En un contexto cada vez más agresivo, hablar de protección ya no es un anacronismo. El regreso a un escenario de suma cero obliga a hacerse preguntas incómodas. ¿Puede Europa seguir vertiendo leche, como la mujer del cuadro, inmóvil ante el ruido? ¿Es posible mantener la calma de Vermeer sin quedar atrapados en la suspensión wagneriana? No es un dilema estético, sino un imperativo de supervivencia. La Unión tiene una gran orquesta, pero, si toca la partitura como un autómata burócrata, habrá perdido el verdadero espíritu europeo de posguerra.

Copyright La Vanguardia, 2026

fuente: CLARIN

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