Espionaje, aventuras y tesoros perdidos: quiénes fueron los Indiana Jones de la vida real

Las hazañas que involucran objetos sagrados, al igual que las meteduras de pata del profesor estadounidense conocido como Indiana Jones cautivaron a un público apabullante.

Desde su estreno cinematográfico en 1981, el arqueólogo de látigo y fedora dio rienda suelta a entretenidas discusiones. Entre ellas, sobre poderes psíquicos conseguidos por cráneos de cristal, codiciados tesoros bíblicos, y otros aspectos fantásticos que caracterizan la inagotable imaginación de George Lucas, el también creador de Star Wars.

Si bien ni Lucas ni Steven Spielberg dieron un nombre de la vida real en el que se hayan inspirado para hacer al intrépido personaje –del que fueron creador y director respectivamente-, los siguientes mencionados comparten la sed de aventura y el espíritu que avanza a lo desconocido.

Sylvanus Morley, el arqueólogo que se volvió espía

Sylvanus Morley, nacido en Pensilvania en 1883, se interesó por la arqueología desde muy pequeño, especialmente por las culturas mesoamericanas. Pero antes, para satisfacer los deseos de su padre, estudió Ingeniería Civil.

Un aspecto de Morley fue revelado después de su muerte. Foto ArchivoUn aspecto de Morley fue revelado después de su muerte. Foto Archivo

Una vez librado de tal mandato familiar –que le terminó dando útiles habilidades cartográficas-, se anotó en la carrera que lo apasionaba, en la Universidad de Harvard.

Curioso por la tierra de su patria, investigó a los anasazi, un pueblo originario del suroeste de Estados Unidos. Sin embargo, desde su graduación en 1908, se dedicó a viajar por Centroamérica.

De esta manera comenzó las investigaciones sobre los mayas, que culminó con la publicación de su libro The Ancient Maya en 1946. En 1915 ya había escrito Una introducción al estudio de los jeroglíficos mayas.

Con apoyo de la National Geographic Society, el arqueólogo realizó excavaciones en el complejo de ruinas mayas Chichén Itzá.

Allí se adentró en el edificio El Caracol, que fue usado por la mencionada civilización como observatorio astronómico. Desde su construcción –que data aproximadamente del año 900 d.C.-, los mayas lo usaron para observar y registrar los cambios en el cielo, además de fenómenos del espacio exterior.

No obstante, hubo otro aspecto -revelado después de su muerte- por el que se volvió conocido. Transcurría la Primera Guerra Mundial y Morley utilizó su arraigo en la región para convertirse en un espía del servicio de inteligencia estadounidense. Precisamente, de la Oficina de Inteligencia Naval (ONI, por sus siglas en inglés).

En marzo de 1917, Morley se acercó a dicho organismo en Washington, y entregó una lista de colegas proponiéndolos como agentes secretos. Todos hablaban español perfectamente y tenían numerosos contactos en México y Centroamérica, razón por la que su oferta fue rápidamente aceptada.

En la red de espionaje que creó, incluyó empresas como la United Fruit, de la que utilizaban sus estaciones de radio o telégrafos para informar sobre el posible avistaje de submarinos alemanes.

La afición por el secretismo terminó luego de que la ONI desoyera un informe de Morley, en el que abogó por fondos para enviar más agentes al terreno. A cambio, la oficina decidió comprar Cadillacs para sus agregados navales.

Así es como en 1919 Morley les envió una nota de agradecimiento y volvió a la arqueología, contaron los historiadores Carlos H. Harris III y Luis R. Sadler. A esta disciplina se abocó de forma exclusiva hasta su fallecimiento a los 65 años, en 1948.

Machu Picchu, el sueño en vida de Hiram Bingham

Hiram Bingham pasó a la historia por haber dado a conocer Machu Picchu, la ciudadela inca que es una de las siete maravillas del mundo moderno. En vez de ir a por “el arca perdida” (el codiciado cofre que Indiana Jones quiere encontrar antes que los nazis), fue por la “ciudad perdida”.

Sus antepasados pertenecieron a los primeros misioneros protestantes en Honolulu, Hawái, archipiélago del Pacífico donde nació en 1875. Aquel legado le fue inculcado con una implacable disciplina en su infancia, carente de lujos.

Pero Bingham no estaba interesado en ser un predicador, por lo que esa época se convirtió en “una de las más tristes de su vida”, contó National Geographic.

Hiram Bingham hizo que el mundo conozca Machu Picchu. Foto: ArchivoHiram Bingham hizo que el mundo conozca Machu Picchu. Foto: Archivo

Con más años encima, la insatisfacción se mantuvo latente incluso después de su graduación en Administración de Empresas por la Universidad de Yale: había regresado a la casa de sus padres y subsistía con el trabajo de diversos oficios, habiendo sido desde ayudante de cocina y maestro particular a vendedor de caramelos y libros.

En 1905 se doctoró en Harvard (donde trabajó como profesor de Historia), y un año después partió hacia su primera expedición. En aquel viaje -que duró hasta mayo de 1907- se aventuró por Venezuela y Colombia junto a su colega Hamilton Rice.

Pero el país que lo hizo sentir que “estaba en un sueño” –según sus propias palabras- fue Perú. En julio de 1911 llegó a la montaña vieja (a casi 2.500 metros de altura), hasta entonces desconocida por el público en general.

Machu Picchu ya había sido vista de cerca por otros exploradores. Foto: AP / Martin MejiaMachu Picchu ya había sido vista de cerca por otros exploradores. Foto: AP / Martin Mejia

No fue el primero en descubrirla –de hecho, fotografió la pared de un templo en la que el agricultor peruano Agustín Lizárraga inscribió su apellido y el año 1902-, pero sí el que se encargó de su difusión.

Bingham falleció en 1956 como un octogenario que llegó a Gobernador de Connecticut y a senador de la nación norteamericana. De todas maneras, a la luz que había echado a una de las obras arquitectónicas más espectaculares, le siguió la polémica.

Es que el explorador (que no había estudiado arqueología), se llevó ilegalmente de Machu Picchu 46.332 piezas arqueológicas. Las 300 que se dirigieron a la Universidad de Yale fueron devueltas. El resto, a pesar del reclamo del gobierno peruano, aun permanecen en manos de particulares, y museos europeos como el Louvre y el Museo Británico.

Percy Fawcett en busca de los secretos de la humanidad

Percy Harrison Fawcett (1867-1925) fue otro curioso en busca de lo perdido, particularmente de una ciudad que creía que había existido en la selva amazónica en el estado de Mato Grosso, Brasil. En aquel lugar, según estaba convencido, obtendría la clave para develar secretos de la humanidad.

Percy Fawcett se obsesionó con una supuesta civilización perdida. Foto: ArchivoPercy Fawcett se obsesionó con una supuesta civilización perdida. Foto: Archivo

El geógrafo británico tuvo el apoyo de su país, concretamente de la Real Sociedad Geográfica (RGS, por sus siglas en inglés), que patrocinó su expedición a Sudamérica en 1906. Con tal institución tenía un fuerte vínculo, ya que su padre -quien le transmitió la pasión por la aventura- había sido miembro al igual que él.

Se dirigió a la frontera entre Bolivia y Brasil, desde donde empezó a trazar un mapa de la región. Consigo llevaba una sólida formación castrense: estudió en la Real Academia Militar de Woolwich, lo que le permitió perfeccionar sus habilidades en estrategia y cartografía en Hong Kong, Malta y Sri Lanka, por entonces territorios pertenecientes al Imperio Británico.

Fue objeto de burla en la comunidad científica, no por una fobia a las serpientes (como el personaje que interpretó Harrison Ford), sino por haber visto a uno de estos reptiles, aunque exorbitantemente grande.

En uno de sus relatos, Fawcett aseguró haber asesinado a una serpiente anaconda de nada menos que 19 metros de longitud. El también oficial de artillería no se achicó y siguió declarando “lo que veía”, entre ello, un “perro-felino”.

Percy Fawcett, explorador y militar inglés. Foto: ArchivoPercy Fawcett, explorador y militar inglés. Foto: Archivo

Finalmente, en 1925 desapareció en la selva brasileña junto a su hijo mayor Jack, y su amigo Raleigh Rimell, en el intento de la localización de Z. Como hombre previsor, le dejó un mensaje claro a sus allegados: si no regresaba, no debían enviar ningún grupo de rescate.

No le hicieron caso. Fueron a buscarlo a él y a su equipo, pero no encontraron más que una brújula y una placa de identificación de Fawcett. Semejante incógnita se llevó a la pantalla grande con la película La ciudad perdida Z (2016), dirigida por James Gray, y basada en un libro del periodista estadounidense David Grann.

Abraham Rosenvasser, el Indiana Jones argentino

Durante la década de 1960, una expedición francoargentina puso manos a la obra para rescatar tesoros arqueológicos en África. El equipo francés colaboró con los argentinos durante el primero de los tres años que duró el trabajo en la Nubia, una región ubicada entre Egipto y Sudán.

Y el destacado egiptólogo argentino Abraham Rosenvasser, quien vivió de 1896 a 1983, fue una figura clave. Junto a sus colegas, desenterraron valiosos objetos de un templo –ya descubierto- dedicado al faraón Ramsés II, en la localidad de Aksha, al norte de Sudán.

Abraham Rosenvasser fue un destacado intelectual argentino. Foto: ArchivoAbraham Rosenvasser fue un destacado intelectual argentino. Foto: Archivo

Como resultado, las piezas históricas encontradas permitieron conocer un poco más sobre la vida en el antiguo Egipto.

Luego de una donación del gobierno sudanés en reconocimiento a la labor realizada, parte de los descubrimientos se encuentran exhibidos en el Museo de La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina.

Es que la expedición no fue fácil. Trabajaron contrarreloj, en el marco de la construcción de la gran represa de Asuán, un proyecto faraónico –valga la ironía- del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser.

La realización de la monumental obra –construida en los 60 con apoyo de la Unión Soviética-, a la vez que modernizaba la infraestructura del país, dejaba sumergida tierras con monumentos históricos. Y allí estaba el equipo de Rosenvasser, entre otros convocados por la UNESCO, intentando salvar el patrimonio cultural.

Quien difundió su historia es el cineasta Ricardo Preve, a través del documental “De La Nubia a La Plata” (2022). Fue el mismo que codirigió “Niños Momias Sacrificados en Salta” (2009), una producción que detalla sobre otro hallazgo arqueológico impresionante, también realizado por manos argentinas.

Constanza Ceruti y las tres momias que resistieron al tiempo

En el sitio arqueológico más alto del mundo, otra “Indiana Jones” argentina -pero de los tiempos que corren- realizó un descubrimiento alucinante.

Momia inca descubierta en Salta. Foto: ArchivoMomia inca descubierta en Salta. Foto: Archivo

“Me reconozco en el espíritu de Indiana Jones. Por qué no. Es el espíritu de aventuras”, expresó la multipremiada arqueóloga Constanza Ceruti a la revista Viva en 2017.

En 1999, Ceruti dirigió la expedición que halló las momias de Llullaillaco, un volcán de Salta, provincia argentina. A 6.700 metros de altura, encontraron tres niñas enterradas 500 años atrás en la montaña.

Pero lo que los dejó atónitos –y sigue haciendo a quienes las van a ver al Museo de Arqueología de Alta Montaña en dicha provincia- fue su excelente estado de conservación. Las denominadas Niña del Rayo, el Niño y la Doncella, fueron parte de una ofrenda inca a los dioses en la cordillera de los Andes.

Hoy, con cuidados técnicos como la criopreservación, son de las momias mejor preservadas, en parte por el intenso frío y las cenizas volcánicas de su ubicación.

fuente: CLARIN

Artículos Relacionados

Volver al botón superior

Adblock Detectado

Considere apoyarnos deshabilitando su bloqueador de anuncios