
Durante años, la pregunta pareció ser una sola: “A qué edad conviene darle un celular a un hijo”. Después llegaron los pactos entre familias para retrasar ese momento, las escuelas empezaron a discutir restricciones en las aulas y distintos sectores comenzaron a pedir regulaciones para limitar el acceso temprano a redes sociales y plataformas. Las consecuencias del uso excesivo ya son de público conocimiento, pero las iniciativas de restricción son aún incipientes y se dan en forma aislada en algunas comunidades.
Pero mientras esa conversación sigue abierta, otra empieza a ganar fuerza entre especialistas, docentes y familias: aunque un chico reciba su primer teléfono más tarde, ¿quién le enseña a habitar un mundo atravesado por algoritmos, inteligencia artificial, apuestas online, desinformación, publicidad encubierta y contenidos hiperrealistas?
Los datos son alarmantes y no dan mucho tiempo de espera: según Unicef y Unesco, la edad promedio del primer celular propio es de 9,6 años, y el 83% de los chicos de 9 a 11 años ya lo tiene. El mismo estudio muestra que la mediación parental activa reduce la exposición a riesgos online del 42% al 29%.
Mientras algunos países, como Australia, avanzan con restricciones al acceso de menores a redes sociales y otros analizan limitar mecanismos adictivos como el scroll infinito, en Argentina el debate recién comienza.
Para Mariana Savid Saravia, psicopedagoga especializada en ciudadanía digital, restringir está bien, pero no es suficiente. “No alcanza con retrasar si no formamos a quienes ya están”, resumió en diálogo con La Voz. Y agregó una idea que atraviesa buena parte del debate: “La energía está puesta en cuándo, pero no en cómo”. Es una frase que usa a menudo en los talleres que brinda con frecuencia a escuelas y a padres.

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El planteo no desconoce la evidencia sobre los efectos negativos de la exposición temprana a pantallas. Tampoco desvaloriza los pactos familiares que buscan demorar la entrega del primer celular o evitar redes sociales antes de determinada edad. Savid los considera “gestos de resistencia legítima” frente a una industria que empuja cada vez más temprano.
Pero advierte que el retraso, por sí solo, puede generar una falsa sensación de seguridad. “Nos enfocamos en la edad de entrega y el problema no se resuelve ahí. Falta educación”, plantea.
La discusión aparece en un momento en el que Córdoba empieza a organizar distintas respuestas. En los últimos meses crecieron los acuerdos entre familias, hubo proyectos legislativos vinculados al uso de plataformas digitales, se trató en el Concejo Deliberante de la ciudad capital un proyecto para restringir el uso recreativo de celulares en escuelas municipales y se conformó la Red Córdoba por la Construcción de Ciudadanía Digital Saludable.
La Red Córdoba por la Construcción de Ciudadanía Digital Saludable, integrada por profesionales, organizaciones e instituciones, presentó una carta a autoridades provinciales y municipales para reclamar campañas de alfabetización digital, lineamientos para las escuelas, protocolos frente al grooming y la violencia digital y espacios permanentes de articulación. El documento sostiene que la protección de las infancias no puede recaer exclusivamente en las familias.
Qué significa educar en ciudadanía digital
Para Savid, la ciudadanía digital implica formar pensamiento crítico: aprender a reconocer imágenes creadas con inteligencia artificial, comprender cómo funcionan los algoritmos, cuidar la huella digital, detectar publicidad encubierta y entender que detrás de cada pantalla hay personas, reconocer una “deepfake”, entender que detrás de una recomendación hay un algoritmo.
“Esto debería trabajarse desde primer grado”, sostuvo.

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El avance de la inteligencia artificial aceleró esa urgencia. Ya no se trata sólo de cuánto tiempo pasa un chico frente a una pantalla, sino de qué tipo de contenidos consume y de qué herramientas tiene para interpretarlos.
Savid mencionó videos hiperrealistas generados con IA, imágenes falsas que se viralizan en segundos y contenidos diseñados para activar emociones. En ese escenario, advirtió, puede erosionarse la confianza digital: creer en todo o, por el contrario, desconfiar de todo.
“Verificar exige un esfuerzo mental. Me preocupa que la gente deje de comprobar por cansancio o saturación”, señaló.
Aunque el fenómeno también alcanza a los adultos, en las infancias el riesgo es mayor porque el pensamiento crítico todavía está en construcción.

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“La tecnología puede ser una aliada maravillosa para la educación y para la creatividad si la usamos críticamente. No se trata de volver atrás. Pero requiere acuerdos educativos que hoy no están”, dijo Sábato.

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Como referencia internacional, la Unesco impulsa cursos de ciudadanía digital destinados a docentes, con foco en pensamiento crítico, inteligencia artificial y uso responsable de las tecnologías. Para Savid, ese tipo de políticas deberían multiplicarse en Argentina mediante programas permanentes de formación para docentes y familias.
Para Savid, ese es el tipo de camino que debería profundizarse: formación continua, situada y científica para docentes, familias y estudiantes.
Más que firmar un pacto
Lorena Bottero, docente y neuroeducadora, viene dando charlas sobre crianza digital en distintos puntos de la provincia.
Bottero sostiene que un pacto parental sólo tiene sentido si va acompañado de acciones concretas. “No sirve firmar un acuerdo y no cambiar nada”, afirmó. Para ella, el ingreso al mundo digital debe ser gradual, con adultos presentes, diálogo y acompañamiento permanente. “La prohibición sola alimenta el ‘lo quiero’. Hay que enseñar a navegar”, resumió.
Bottero compara el ingreso al mundo digital con aprender a andar en bicicleta: primero se acompaña, se ponen rueditas, se enseña, se supervisa. “No se trata solo de prohibir, sino de construir un camino”.

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“Con la prohibición sola alimentamos el ‘lo quiero, lo quiero’. Tiene que haber diálogo sobre cómo navegar de manera segura”, explica.
En sus charlas, contó, muchos chicos recién toman dimensión del tiempo que pasan conectados cuando lo registran. Algunos descubren que duermen muy poco porque juegan hasta la madrugada. Otros empiezan a proponerse objetivos concretos, como reducir horas de pantalla o dormir más.
“Cuando les das información, toman decisiones más inteligentes. Pero necesitan adultos coherentes”.
La coherencia adulta aparece como una condición central. No alcanza con pedirles a los chicos que dejen el celular si los adultos están todo el tiempo mirando el propio. Tampoco alcanza con reclamar presencia si en casa cada uno está sumergido en su pantalla.
“Las familias no se están mirando a la cara. Hay padres dentro de la casa, pero cada uno en la suya”, advierte Bottero.
Una red que pide políticas públicas
Laura Zapata es licenciada en Trabajo Social y cofundadora de Creciendo Sin Apuro Digital Córdoba, que surgió de un grupo de padres del colegio Mantovani, al que asisten sus hijos.
Zapata contó que la red comenzó a tomar forma a partir de experiencias dispersas de familias y de profesionales que venían trabajando el tema en escuelas, en consultorios y en espacios comunitarios.
La red nació a partir de experiencias dispersas de familias, de escuelas y de profesionales que comenzaron a encontrarse para pensar respuestas comunes frente al impacto del uso de pantallas.
“Veníamos viendo la problemática en distintos ámbitos: en consultorios, en escuelas, en familias. Muchas veces por desconocimiento, porque el uso está tan naturalizado que los adultos no alcanzan a ver el impacto negativo”, explica Zapata.
La red no plantea una ley únicamente prohibitiva. Su reclamo apunta a un marco más amplio: educación digital, prevención, acompañamiento familiar, regulación estatal y espacios amigables para las infancias.
También propone que el tema sea abordado como una cuestión de salud pública. No sólo por los riesgos digitales más visibles, como grooming, sexting, apuestas o estafas, sino también por el impacto en el juego libre, en el sueño, en los vínculos y en la capacidad para tolerar el aburrimiento.
“No queremos culpabilizar a las familias. Lo que buscamos es que haya educación digital y un Estado que acompañe”, resume Zapata.
Entre los antecedentes internacionales aparece España, donde la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia creó la figura del “coordinador de bienestar y protección” en todas las escuelas, con funciones vinculadas también a la convivencia y a la seguridad digital.
Aunque su implementación enfrenta dificultades por falta de recursos, para las especialistas muestra un camino posible: no limitarse a prohibir dispositivos, sino generar equipos preparados para acompañar a estudiantes y a docentes. El texto también incorpora la necesidad de capacitar a niños, niñas y adolescentes en seguridad digital.
Qué dice la Provincia
Desde el ámbito provincial, manifestaron un posicionamiento sobre la necesidad de regular el uso de celulares y dispositivos digitales en escuelas.
El Ministerio de Educación de Córdoba cuenta con el Programa Provincial Convivencia Escolar y Buen Trato, que busca promover la construcción de una convivencia democrática en las instituciones educativas y contribuir al ejercicio de una ciudadanía plena en niñas, niños y jóvenes.
Ante la consulta de La Voz, la Provincia indicó que en 2025 lanzó un ciclo de jornadas sobre convivencia y bienestar digital, orientado a reforzar el diálogo intergeneracional entre estudiantes y adultos y a trabajar el bienestar digital como parte de la vida escolar.
En el ámbito nacional, aún no hay legislaciones que abarquen a todo el territorio.
Desde la Red indicaron que a nivel general aún falta mucho por avanzar con una ley restrictiva general y en iniciativas cuyo cumplimiento no dependa sólo de la intención de cada escuela o de un grupo de padres. “Hace falta formación científica, continua y situada”, sostuvieron.
La diferencia, para las especialistas consultadas, está entre reaccionar cuando aparece un problema y construir una política pública sostenida. Muchas charlas llegan a las escuelas cuando ya ocurrió algo: un conflicto, un caso de apuestas, una situación de grooming, una circulación de imágenes o una alarma familiar. Lo que reclaman es prevención.
La discusión que empieza a abrirse, entonces, es más profunda: cómo preparar a niños, niñas y adolescentes para vivir en un mundo digital que ya existe, que cambia todos los días y que exige mucho más que saber deslizar una pantalla.
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