Ese pedacito habló: era mi papá

A pocos días de un nuevo aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 —fecha que en Argentina se abraza como un compromiso colectivo con la memoria, la verdad y la justicia—, las historias vuelven a emerger, no desde los libros, sino desde la tierra. Desde el silencio que durante décadas intentó ocultarlas. Desde los cuerpos que faltaban.

Porque la dictadura no fue solo una página oscura: fue un sistema planificado de terror. Fue el Estado convertido en maquinaria de persecución, secuestro, tortura y muerte. Fue también la desaparición como método, el vacío como condena para miles de familias que nunca supieron dónde estaban sus seres queridos. Y, en ese mapa del horror, La Perla ocupa un lugar imposible de olvidar.

Allí, a la vera de la ruta que une Córdoba con Carlos Paz, funcionó uno de los centros clandestinos de detención más grandes del país. Por ese predio pasaron más de dos mil personas. Muchas de ellas nunca volvieron. Durante años se supo que en La Perla se torturaba y se asesinaba. Hoy, con la fuerza paciente de la ciencia y la justicia, también se confirma algo más: allí se enterraba.

El trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense lleva más de dos décadas reconstruyendo lo que el terrorismo de Estado quiso borrar. Y en ese proceso, cada hallazgo no es solo un dato: es una historia que vuelve, una identidad que se restituye, una familia que deja de buscar en la incertidumbre.

Soledad Nívoli lo explica con palabras que tiemblan, pero que también iluminan. Es hija de Mario, uno de los primeros doce cuerpos identificados en este nuevo avance de las investigaciones. Su padre fue secuestrado en 1977. Ella tenía apenas meses de vida.

Durante años, su historia fue la de tantas otras: crecer con una ausencia sin cuerpo, con preguntas sin respuesta, con una herida abierta que el tiempo no lograba cerrar. “Es un largo diálogo —dice— de tratar de ponerle palabras a eso que no las tenía”. Porque la desaparición no termina nunca: se vive todos los días.

Hasta ahora.

El hallazgo no borra el dolor, pero lo transforma. “Es como un tsunami”, cuenta Soledad. Una mezcla de emociones que desborda: alivio, paz, tristeza, gratitud. Y también algo que se parece mucho a la felicidad. La posibilidad de cerrar una historia. De empezar otra.

Su mamá, que durante años buscó incansablemente a su compañero —golpeando puertas, denunciando, sosteniendo la memoria cuando el miedo dominaba— hoy atraviesa una enfermedad que le borra los recuerdos. Sin embargo, en un gesto profundamente humano, la familia volvió a contarle. Le llevaron flores. Le dijeron que lo habían encontrado. Tal vez, en algún rincón de su memoria, algo comprendió. Tal vez, ese círculo también pudo cerrarse un poco.

“Mi mamá no recibió los abrazos cuando se lo llevaron. Yo los estoy recibiendo ahora”, dice Soledad. Y en esa frase se condensa todo: el paso del tiempo, la persistencia del amor, la reparación que llega, aunque tarde, pero llega.

Soledad Nívoli

El hallazgo en La Perla también es una respuesta frente a quienes todavía relativizan o niegan lo ocurrido. No hay lugar para dudas cuando la evidencia habla. Cuando la ciencia confirma. Cuando los restos dicen lo que durante años se intentó ocultar.

“Ese pedacito habló”, resume Soledad. Habló a través del ADN. Dijo quién era. Dijo dónde estuvo. Dijo cómo terminó su historia.

Y en ese acto, profundamente íntimo y colectivo a la vez, deja una enseñanza que atraviesa generaciones: la memoria no es pasado, es presente. Es un compromiso activo. Es la única garantía de que el horror no se repita.

A casi 50 años del golpe, Argentina sigue buscando. Sigue encontrando. Sigue nombrando.

“Ese pedacito habló: era mi papá” • Canal C

Y cada nombre recuperado es, también, una victoria contra el olvido. Un paso más hacia ese “Nunca Más” que no es consigna, sino promesa.

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fuente: CANALC

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