
“Si un árbol no me tumbó, ya no me tumba nada”, dice Nicolás Jiménez, runner y estudiante de guía de montaña de Lanús.
El 17 de marzo, a las 11 de la mañana, Nicolás realizaba una práctica junto a sus compañeros en el refugio Hielo Azul, en El Bolsón, Río Negro, cuando un árbol de entre 20 y 30 metros cayó sobre su torso.
A los 17 años había empezado a participar en carreras de obstáculos y a entrenar running. “Lluvia, frío, calor, viento, lo que sea, yo estaba corriendo a las 7 de la mañana o a las 9 de la noche”, recuerda.
En 2021 participó de su primera carrera de montaña y quedó fascinado. “Sufrí un montón”, dice. Pero asegura que la experiencia le “voló la cabeza”. “Me gustaba la incertidumbre de no saber qué había adelante”, cuenta.

“Correr en montaña no es lo mismo que correr en calle”, explica. Allí, dice, aprendió a manejar el cuerpo y la cabeza: “Por momentos tenés que correr más lento, entender cómo administrar la energía, cuándo comer, cuándo tomar”.
De a poco se fue adentrando en el mundo del trail running. Hizo el Cruce de los Andes, acampó por primera vez en la montaña y descubrió no sólo una pasión por esos paisajes, sino también por los límites físicos y mentales que su cuerpo podía superar. “Cuando parece que no podés más, siempre hay algo más”, reflexiona.
Esa fascinación lo llevó a comenzar la formación de guía de montaña, después de descubrir por casualidad a un creador de contenido que trabajaba de eso. “¿Cómo que se puede trabajar de estar en la montaña?”, recuerda haber pensado. “Nunca se me hubiera ocurrido”.

Empezó la carrera y cada vez se involucró más. Tras completar casi dos años y medio de cursada teórica, todavía le quedaba avanzar con el currículum deportivo exigido por la carrera: montañas ascendidas, prácticas técnicas y expediciones.
Por eso, a mediados de marzo viajó junto a sus compañeros a El Bolsón para realizar una salida de práctica.
La mañana del 17 tenían previsto hacer una actividad técnica en el glaciar Río Azul, pero las intensas nevadas del día anterior obligaron al grupo a modificar el recorrido.
El ejercicio consistía en avanzar encordados entre compañeros, separados por unos 12 metros, para practicar coordinación y desplazamiento en montaña.
Por cuestiones de seguridad, decidieron realizar la actividad cerca del refugio Hielo Azul. Fue entonces cuando una lenga, que ya estaba enferma o muerta, cayó sobre Nicolás y le aplastó gran parte del cuerpo.

El impacto le provocó fracturas en la pelvis, escápula y una vértebra, lesión que le hizo perder la sensibilidad desde el ombligo hacia abajo.
Sus compañeros, entrenados para actuar en situaciones de emergencia, lo estabilizaron rápidamente. Aplicaron los protocolos aprendidos durante la formación para inmovilizarlo, asistirlo y pedir ayuda lo antes posible.
Minutos más tarde llegó un helicóptero —que, según cuenta Nicolás, “estaba ahí de milagro”— para trasladarlo hasta la base del aeródromo, donde una ambulancia lo esperaba para llevarlo al Hospital Privado Regional.
“Hoy estoy vivo de milagro”, asegura. “Si esto le hubiese pasado a alguien sedentario, no la contaba”.

Permaneció internado allí hasta fines de abril, cuando fue trasladado nuevamente en ambulancia hacia Buenos Aires. El viaje duró 23 horas, ya que no podía viajar en avión por el riesgo de sufrir un colapso pulmonar tras haber padecido hemoneumotórax en ambos pulmones.
Actualmente se encuentra internado en el Sanatorio Otamendi, a la espera de reunir el dinero necesario para comenzar la primera etapa del tratamiento y la rehabilitación en uno de los institutos neurológicos más reconocidos del país.
Nicolás, su familia y sus amigos ya lograron recaudar cerca de la mitad del dinero requerido, pero continúan organizando rifas y campañas solidarias para alcanzar los 115 millones de pesos que necesita para iniciar las terapias.

El runner se muestra optimista frente al proceso que tiene por delante. “Para mí, si hay un 1% de recuperar mi vida, para mí es un 100% y yo lo voy a dar todo para recuperarme”, afirma.
“Yo desde el día uno estuve siempre muy tranquilo y muy optimista. Sé que voy a tener días malos, pero van a pasar”.
La montaña, incluso después del accidente, sigue ocupando un lugar central en su vida. Durante una sesión de terapia en el hospital, una psicóloga le pidió imaginar un lugar de paz. Nicolás pensó inmediatamente en El Bolsón. “Mi lugar de paz sigue siendo la montaña”, dice.
Y aunque todavía no sabe con certeza cómo continuará su recuperación, tiene claro que no piensa abandonar el deporte. “Si de acá a noviembre tengo que estar en una silla de ruedas, de alguna manera me voy a adaptar para seguir haciendo deporte”, asegura. “No hay ni una gota de posibilidad de rendirme”.

Quienes quieran ayudar a Nicolás para reunir los fondos necesarios. pueden hacerlo a través del alias “todosxnicojg”, una cuenta del Banco Credicoop cuyos titulares son Guillermo Enrique Schuster y Camila Jimenez Ghione.
También se puede seguir su día a día y actualizaciones a través de su cuenta de Instagram @nicojimenezgh.
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