Energía y geopolítica del desarrollo: la oportunidad histórica de un vínculo soberano con China

Las represas sobre el Río Santa Cruz son para el autor una de las mayores obras energéticas encaradas por Argentina en décadas, pero atravesaron sucesivas paralizaciones.

Argentina atraviesa una de esas paradojas que sólo pueden explicarse por la ausencia de una estrategia de desarrollo. Mientras discutimos recurrentemente nuestra escasez de dólares, inversión e infraestructura, el mundo demanda precisamente aquello que nuestro territorio posee en abundancia: energía, alimentos, minerales críticos, agua y territorio.

Y la revolución de la inteligencia artificial, lejos de reducir la importancia de esos recursos, vuelve a colocarlos en el centro de la geopolítica mundial. Un centro de datos necesita electricidad y agua; una batería, litio y cobre; la electromovilidad, minerales y almacenamiento; la seguridad alimentaria, energía y fertilizantes. La economía digital no elimina la geopolítica de los recursos naturales: la profundiza.

Argentina tiene Vaca Muerta, litio y cobre, uranio y capacidades nucleares, una radiación solar excepcional en el NOA, los vientos patagónicos, potencial hidroeléctrico, biomasa y una de las principales plataformas agroalimentarias del mundo. A eso se suman universidades, científicos, ingenieros y una tradición industrial y tecnológica construida durante generaciones. Nuestro problema no es la ausencia de recursos, sino cómo conectarlos para transformarlos en infraestructura, industria, conocimiento, empleo y exportaciones.

Es desde allí que deberíamos pensar nuestra relación con China. No se trata de elegir Beijing en lugar de Washington, Europa, Brasil o los países del Golfo. Una Argentina soberana debe relacionarse con todos y utilizar la competencia internacional para ampliar sus márgenes de autonomía.

Pero China presenta una singularidad: puede actuar simultáneamente como financiador, inversor, constructor de infraestructura, proveedor tecnológico y uno de los mayores compradores mundiales de energía, minerales y alimentos. Puede estar al comienzo y al final de muchas de nuestras cadenas de valor. El desafío argentino es construir todo lo que ocurre en el medio.

Ya existen antecedentes. Cauchari, en Jujuy, mostró la escala que puede alcanzar la cooperación fotovoltaica. Las represas hidroeléctricas de Santa Cruz, construidas por un consorcio encabezado por Gezhouba y con financiamiento chino, representan una de las mayores obras energéticas encaradas por Argentina en décadas, pero atravesaron sucesivas paralizaciones. Allí existen capital invertido, equipamiento e infraestructura construida y generación futura que seguimos postergando. Terminarlas no debería ser una cuestión ideológica, sino de racionalidad económica y energética.

A esto se agregan proyectos pendientes. La cuarta central nuclear proyectada con la China National Nuclear Corporation contemplaba un Hualong One de aproximadamente 1.200 MW, una inversión superior a US$ 8.000 millones y participación de la cadena nuclear argentina. Su importancia excedía los megavatios: significaba transferencia tecnológica, empleo especializado y escala para proveedores nacionales.

Lo mismo sucede con AMBA I, trabajado con una subsidiaria de State Grid para ampliar la transmisión eléctrica metropolitana con una inversión superior a US$ 1.000 millones. Podemos tener gas, nuclear, sol, viento y agua, pero sin redes suficientes la energía queda atrapada. China posee una experiencia extraordinaria en transmisión de ultra alta tensión, almacenamiento y redes inteligentes que Argentina debería aprovechar negociando transferencia tecnológica y participación industrial nacional.

La infraestructura energética tampoco puede separarse de la logística. El Belgrano Cargas recibió inversiones con financiamiento chino para recuperar vías y material rodante y hoy el Gobierno avanza en su privatización. Para un país continental que pretende multiplicar minería y producción agroindustrial, ferrocarriles de carga, corredores mineros, puertos, gasoductos, oleoductos y redes eléctricas deben formar parte de una misma planificación. Una mina aislada genera exportaciones; un corredor minero-industrial puede transformar una región.

Vaca Muerta ofrece quizás la mayor oportunidad inmediata. Argentina puede convertirse en exportador estructural de petróleo y gas, pero necesita gasoductos, oleoductos, plantas de tratamiento, puertos y capacidad de licuefacción. China puede participar como inversor y proveedor de tecnología, pero también como comprador. Los grandes proyectos de GNL necesitan contratos de largo plazo que faciliten su financiamiento.

Incorporar empresas chinas como potenciales offtakers permitiría conectar infraestructura, inversión y acceso al mercado asiático. Paralelamente debemos profundizar la integración energética con Brasil, aprovechando la complementariedad y estacionalidad de ambos sistemas. Vaca Muerta puede ser no sólo una plataforma exportadora argentina, sino uno de los pilares energéticos del Cono Sur.

Pero sería un error histórico limitar el potencial de Vaca Muerta a la extracción y exportación de gas y petróleo. Argentina necesita exportar energía y generar divisas, pero el verdadero salto de desarrollo consiste en utilizar una parte creciente de esos recursos como plataforma para una nueva industrialización.

Si tenemos gas, debemos producir más fertilizantes, urea, amoníaco, metanol y petroquímica. Argentina es una potencia agroindustrial y todavía importa una parte de los fertilizantes que utiliza. China llegó a estudiar inversiones de gran escala para producir urea y amoníaco en nuestro país. La lógica debe ser inversa a la primarización: exportar nuestros recursos y, al mismo tiempo, transformarlos localmente para sustituir importaciones, agregar valor y generar nuevas exportaciones industriales.

El agro permite llevar esa transformación más lejos. En lugar de exportar solamente alimento para animales podemos aumentar nuestras ventas de proteínas y alimentos procesados. Una explotación agropecuaria moderna puede generar electricidad solar o eólica, transformar estiércol y residuos en biogás y biofertilizantes, incorporar baterías y administrar producción, agua y energía mediante sensores, drones e inteligencia artificial.

El establecimiento del futuro producirá simultáneamente alimentos, energía y datos. Argentina debería avanzar hacia un Agro Inteligente Soberano, capaz de trazar un producto desde la semilla hasta el puerto. Esa información puede elevar productividad, certificar estándares ambientales y sanitarios, facilitar mercados y mejorar la capacidad de planificación y fiscalización del Estado.

La misma lógica vale para la minería. Sería absurdo convertirnos en grandes exportadores de litio y cobre para importar después baterías, almacenamiento y equipamiento eléctrico fabricados con esos mismos minerales. China concentra capacidades extraordinarias en las etapas industriales posteriores a la extracción. La negociación argentina debe buscar procesamiento local, proveedores, componentes, almacenamiento y progresivamente electromovilidad. Lo mismo ocurre con la industria forestal: en lugar de exportar madera con bajo procesamiento, desarrollar celulosa, papel, biomateriales y energía derivada de residuos.

También debemos modificar nuestra concepción de los residuos. Estiércol, residuos agrícolas y forestales, efluentes industriales y basura urbana pueden transformarse, según cada caso, en biogás, biometano, electricidad, calor o fertilizantes. En una economía circular el residuo genera energía, la energía vuelve a la producción y el subproducto puede regresar como fertilizante. China posee escala y experiencia en estas tecnologías y Argentina, por su estructura agroindustrial, un enorme campo para aplicarlas.

Hay además una dimensión que cambia completamente la ecuación: la inteligencia artificial es también una industria energética. Los centros de datos necesitan enormes cantidades de electricidad, redes, refrigeración, agua y capacidad computacional. Argentina puede exportar gas, pero también convertirlo en productos industriales; exportar electricidad, pero también transformarla en capacidad de cómputo; exportar litio, pero también producir almacenamiento. La energía incorporada en una batería, un fertilizante, un alimento procesado o una hora de capacidad computacional contiene más valor que el recurso en bruto.

Las nuevas tecnologías permiten además integrar todo este sistema. Redes eléctricas, gasoductos, ferrocarriles, puertos, minas y establecimientos agropecuarios pueden producir información en tiempo real. La inteligencia artificial puede anticipar demanda, administrar generación, optimizar trenes y puertos y mejorar la trazabilidad. El dato se está convirtiendo en infraestructura, y una estrategia nacional debe discutir quién lo genera, dónde se almacena y quién captura el valor que produce.

Argentina tiene una ventaja adicional: no parte de cero en ciencia y tecnología. La cooperación con China ya posee antecedentes de alta complejidad. INVAP desarrolló capacidades internacionales en reactores de investigación y producción de radioisótopos; empresas de nuestra cadena nuclear como CONUAR han exportado componentes al mercado chino; y la cooperación espacial bilateral abre posibilidades en observación, agricultura, recursos hídricos y monitoreo territorial. Argentina puede relacionarse con China no sólo como proveedora de materias primas, sino también desde sectores donde puede ofrecer ingeniería, tecnología y conocimiento.

Ese es también el sentido del recientemente lanzado Cluster de Innovación Tecnológica Argentina-China (CITAC): construir una plataforma de encuentro entre universidades, sistema científico, empresas tecnológicas y sectores productivos de ambos países. La táctica es generar esos espacios; la estrategia es jerarquizar la economía del conocimiento dentro de la relación bilateral.

Una inversión no debería medirse solamente por los dólares que aporta o los megavatios que incorpora, sino por cuántos proveedores desarrolla, cuánto empleo calificado genera y cuánto conocimiento queda en Argentina. La mejor inversión extranjera es la que aumenta las capacidades de la sociedad que la recibe.

Frente a esta oportunidad, el modelo de Javier Milei marcha en sentido contrario. La apertura importadora, el debilitamiento de capacidades industriales y científico-tecnológicas, la privatización de infraestructura estratégica y un alineamiento internacional automático corren el riesgo de consolidar una Argentina especializada en exportar recursos mientras importa los bienes tecnológicos que esos mismos recursos permiten fabricar. Eso no es inserción inteligente: es primarización con dependencia. Resulta paradójico, además, cuando las grandes potencias hacen exactamente lo contrario: protegen tecnologías, subsidian industrias, aseguran minerales críticos y disputan cadenas de valor.

Una relación soberana con China tampoco significa reemplazar una dependencia por otra. China no diseñará nuestro desarrollo: esa responsabilidad es argentina. Debemos negociar financiamiento competitivo, contenido nacional, transferencia tecnológica, formación de recursos humanos, empleo, proveedores y acceso a mercados. Y aplicar esa misma lógica a Estados Unidos, Europa, Brasil, India o los países del Golfo. Argentina no debe comprar rivalidades ajenas; debe utilizar la competencia internacional para financiar su propio desarrollo.

Estamos ante una oportunidad histórica porque está cambiando el valor de aquello que poseemos. Tenemos alimentos cuando el mundo discute seguridad alimentaria; gas y petróleo cuando volvió la preocupación por la seguridad energética; litio y cobre cuando electrificación e inteligencia artificial multiplican su importancia; capacidades nucleares cuando vuelve a valorarse la generación firme; y además sol, viento, agua, biomasa y conocimiento.

La discusión, entonces, no es cuánto puede invertir China ni cuánta energía podemos producir. Es cuánto desarrollo argentino podemos construir alrededor de nuestros recursos: pasar de importar fertilizantes a exportarlos; de vender gas a producir GNL, petroquímica e industria; de extraer litio a desarrollar almacenamiento; de exportar madera a producir celulosa y biomateriales; de vender alimento animal a exportar proteínas; de generar residuos a producir energía; y de exportar electricidad a transformarla también en capacidad computacional.

Argentina posee buena parte de los recursos estratégicos que necesita el mundo que viene. China dispone de capital, tecnología, infraestructura, escala industrial y un mercado gigantesco. Nosotros aportamos también recursos humanos y capacidades nucleares, espaciales, agroindustriales y científicas. La complementariedad existe. Lo que falta es una estrategia nacional capaz de convertirla en desarrollo.

La oportunidad histórica no es transformarnos en una potencia exportadora de recursos naturales. Es utilizar esos recursos y una relación inteligente y soberana con China -y con el resto del mundo- para convertirnos finalmente en una gran nación industrial, científica, tecnológica y desarrollada.

(*) Ex embajador argentino en la República Popular China, entre 2021 y 2023.

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fuente: GOOGLE NEWS

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