
En un mundo sacudido por crisis geopolíticas, hay una herramienta clave para reducir costos, mejorar el acceso y fortalecer la seguridad energética que sigue pasando desapercibida: la eficiencia energética.
El estrecho de Ormuz volvió a ocupar el centro de la escena global. Por ese corredor marítimo circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado (LNG) del mundo. Cada vez que se interrumpe, la economía global tiembla.
Pero hay una pregunta incómoda que rara vez se plantea en estos contextos: ¿cuánta de esa energía realmente necesitamos?
La respuesta obliga a revisar cómo la usamos. El transporte consume alrededor de un tercio de la energía mundial. Sin embargo, los vehículos que utilizamos para mover personas tienen eficiencias del orden del 20% al 25% y pesan entre 15 y 20 veces más que sus ocupantes. En términos prácticos, menos del 2% de la energía se utiliza efectivamente para transportar al pasajero.
A esto se suma un dato clave: entre el 70% y el 75% de los viajes en autos se realizan con un solo ocupante. Es decir, la mayor parte de la energía se utiliza para mover masivos vehículos prácticamente vacíos.
La consecuencia es evidente: una enorme ineficiencia estructural. Pero también, una oportunidad silenciosa.
Compartir el auto —una práctica tan simple como subestimada— puede duplicar o triplicar la eficiencia del sistema. Si una fracción significativa de esos viajes individuales se transformara en viajes compartidos, el ahorro de petróleo sería del orden de varios millones de barriles por día: una magnitud comparable a la pérdida de oferta en grandes crisis internacionales.
En otras palabras, organizar mejor la movilidad podría tener un impacto similar al de evitar una crisis energética originada por un conflicto geopolítico.
El mismo principio se aplica en los edificios. Hogares, oficinas y comercios explican cerca de un tercio del consumo energético global, y una gran parte se destina a calefacción y refrigeración.
Aquí también hay margen para actuar sin grandes inversiones. Ajustar en apenas 2°C los termostatos —bajar la calefacción en invierno o subir la temperatura del aire acondicionado en verano— puede reducir el consumo en torno al 15% y, en regiones templadas como gran parte de la Argentina, incluso acercarse al 30%. A escala global, una medida de este tipo permitiría ahorrar volúmenes de gas natural comparables al LNG que hoy atraviesa el estrecho de Ormuz.
Es decir: un gesto cotidiano puede tener impacto global.
Estos ejemplos no buscan simplificar en exceso los complejos desafíos energéticos, sino poner en evidencia el enorme potencial de acciones simples y sostenibles, al alcance de todos. La eficiencia energética emerge así como una herramienta estratégica: reduce costos, mejora el acceso a la energía, disminuye las emisiones y refuerza la seguridad energética. No por nada la Agencia Internacional de Energía la define como “el primer combustible”.
En la Argentina, donde los picos de consumo invernal obligan a importar gas a precios elevados, el impacto de estas medidas sería inmediato. Reducir la demanda en momentos críticos no solo aliviaría la balanza energética y comercial, sino que también permitiría destinar recursos a otras prioridades.
Sin embargo, la eficiencia energética sigue ocupando un lugar marginal en la agenda pública. En un mundo atravesado por conflictos, volatilidad de precios y desafíos climáticos, resulta difícil justificar esa omisión.
La energía más barata, más limpia y segura es, en definitiva, la que no necesitamos consumir.
Salvador Gil es profesor en Energía y Sostenibilidad en la UNSAM, la FADU-UBA y la UTN. Especialista en eficiencia energética, ha trabajado en la CNEA, ENARGAS y como consultor para organismos internacionales (BID, ONU, PNUMA, PNUD y Fundación Bariloche).
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