
La inteligencia artificial atraviesa una etapa de desarrollo que combina oportunidades extraordinarias con interrogantes sobre sus consecuencias futuras. Mientras las empresas incorporan herramientas capaces de automatizar tareas y mejorar procesos, también crece la preocupación por los riesgos que pueden derivarse de tecnologías cada vez más poderosas y difíciles de controlar.
Esa tensión fue uno de los ejes de la reflexión de Walter Abrigo, socio y director general de Santex, durante una entrevista con Diario CASTELLANOS en el marco de la muestra industrial “En el Centro de Todo”, en Rafaela.
Abrigo puso el foco en las denominadas «empresas de frontera», aquellas que trabajan en los límites de las capacidades tecnológicas y que impulsan los avances más significativos en inteligencia artificial. Desde su perspectiva, estas compañías se enfrentan a una paradoja, que es que desarrollan herramientas que pueden resolver problemas complejos y mejorar la calidad de vida, pero que también podrían utilizarse para generar daños de gran escala.
La discusión ya no se limita, por lo tanto, a cuánto puede aumentar la productividad o qué actividades podrán automatizarse. También involucra la seguridad de las infraestructuras, el uso militar de estas tecnologías y la capacidad de los gobiernos para establecer reglas en un escenario de competencia internacional.
Una tecnología con capacidad de transformar industrias
Abrigo señaló que la inteligencia artificial está modificando el funcionamiento de sectores muy diversos, desde el desarrollo de software hasta la atención al cliente, el mantenimiento industrial y la gestión de servicios.
Su capacidad para analizar grandes volúmenes de información, identificar patrones y ejecutar tareas mediante agentes autónomos permite imaginar mejoras en procesos que hasta hace poco dependían exclusivamente de la intervención humana.
En el ámbito científico, también abre posibilidades para investigar enfermedades, modelizar escenarios y acelerar el análisis de información. Abrigo mencionó el potencial de estas herramientas para contribuir a investigaciones sobre el cáncer, a partir de simulaciones y procesos de análisis que permiten explorar hipótesis antes de trasladarlas a estudios con personas.
Sin embargo, consideró que el alcance de estas capacidades obliga a evaluar también sus posibles usos perjudiciales. Una herramienta que facilita el análisis de problemas complejos puede, bajo determinadas condiciones, utilizarse para diseñar ataques, comprometer sistemas informáticos o ampliar las capacidades tecnológicas disponibles en un conflicto armado.
La misma tecnología que multiplica las posibilidades de resolver problemas también puede ampliar la capacidad de producir daños.
Ciberataques y vulnerabilidad de los sistemas
Entre los riesgos que mencionó, Abrigo destacó los ataques informáticos contra infraestructuras y organizaciones. Durante la entrevista, citó episodios de interrupciones de servicios y ataques contra sistemas empresariales para ilustrar cómo las vulnerabilidades digitales pueden tener consecuencias concretas sobre la actividad económica.
También advirtió que la inteligencia artificial puede facilitar la sofisticación y la escala de determinadas amenazas, por lo que la seguridad informática y la protección de los sistemas adquieren una importancia creciente.
Para las empresas, esto implica que la incorporación de nuevas herramientas debe ir acompañada de controles, protocolos de seguridad y mecanismos de supervisión. La automatización puede mejorar la eficiencia, pero también aumenta la necesidad de proteger los datos y garantizar que los sistemas no puedan ser manipulados con facilidad.
En ese contexto, la discusión sobre la inteligencia artificial no puede quedar circunscripta a los beneficios comerciales. También requiere considerar la seguridad de las personas, las organizaciones y los servicios de los que depende la sociedad.
El dilema de frenar el desarrollo
Uno de los planteos más complejos de Abrigo se relacionó con la posibilidad de establecer límites al avance de la inteligencia artificial. Según explicó, existe preocupación entre referentes tecnológicos y sectores de la sociedad por la velocidad del desarrollo y por la posibilidad de que algunas capacidades generen consecuencias difíciles de revertir.
El problema, sostuvo, es que una eventual decisión de frenar la investigación en un país no garantiza que otros hagan lo mismo. En ese sentido, puso como ejemplo la competencia entre Estados Unidos y China, dos actores centrales en el desarrollo de esta tecnología.
La situación plantea un dilema internacional, que es limitar el avance para reducir riesgos o continuar investigando ante la posibilidad de que otros países y empresas sigan desarrollando sistemas cada vez más avanzados.
Abrigo también mencionó el caso europeo como parte de esta discusión, al considerar que las decisiones regulatorias pueden influir sobre la posición de una región en la competencia tecnológica mundial. No obstante, el desafío de establecer límites no se resuelve únicamente mediante la velocidad de desarrollo, sino también a través de acuerdos, mecanismos de control y criterios de responsabilidad.
La dificultad radica en encontrar formas de reducir los riesgos sin perder de vista que la tecnología ya forma parte de la economía y de la vida cotidiana.
El impacto más profundo podría verse a largo plazo
Para analizar el futuro, Abrigo recurrió a la denominada ley de Amara, una idea según la cual las personas tienden a sobreestimar los efectos de una tecnología en el corto plazo y a subestimar su impacto a largo plazo.
Desde esa perspectiva, algunas de las transformaciones que hoy parecen inmediatas podrían demorar varios años en consolidarse. Sin embargo, sus consecuencias acumuladas podrían ser mucho más profundas de lo que se anticipa actualmente.
La inteligencia artificial no solo modifica herramientas o tareas específicas, también puede alterar la organización de las empresas, las habilidades que requiere el mercado laboral, la manera en que se toman decisiones y la relación entre las personas y los sistemas automatizados.
Ese proceso obliga a pensar más allá de las aplicaciones actuales y a considerar qué capacidades podrían desarrollarse durante los próximos años, quiénes tendrán el control sobre ellas y qué mecanismos permitirán evitar sus usos más peligrosos.
Una carrera tecnológica que exige responsabilidad
El planteo de Abrigo deja en evidencia una de las principales tensiones del presente tecnológico. La inteligencia artificial puede contribuir a resolver problemas científicos, mejorar la productividad y ampliar el acceso a herramientas que antes estaban disponibles para pocos. Al mismo tiempo, puede potenciar amenazas informáticas y facilitar usos que comprometan la seguridad de las personas.
El desafío consiste en evitar que la carrera por desarrollar sistemas más avanzados deje en segundo plano la evaluación de sus consecuencias. Para ello, el debate involucra no solo a las empresas tecnológicas, sino también a los gobiernos, la comunidad científica y las instituciones que trabajan sobre la ética y la seguridad.
En un escenario donde resulta difícil imaginar una detención global del desarrollo, la responsabilidad sobre cómo se diseñan, regulan y utilizan estas herramientas adquiere un peso cada vez mayor.
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fuente: inteligencia artificial avanza y abre un debate sobre sus riesgos …”> GOOGLE NEWS




