El voto en el Extremo Occidente

El concepto “Extremo Occidente“, acuñado por el politólogo francés Alain Rouquié (1987), define a América Latina como un espacio cultural y geopolíticamente occidental, pero posicionado en la periferia económica y al margen de las grandes decisiones globales.

Esta noción teórica expresa la paradoja de una región que comparte su pertenencia al mundo occidental, pero arrastra a la vez dependencias estructurales, desigualdades y un rol subordinado en el orden internacional. Esta tensión entre la asimilación cultural y la marginalidad material que los sistemas políticos no logran resolver, está en el trasfondo de la polarización que se evidencia hoy en los procesos electorales de Colombia y Perú.

El primer puente directo entre la tesis de Rouquié y la radicalización política se encuentra en la crisis crónica de expectativas. Las élites latinoamericanas han promovido una promesa de modernización calcada de los centros desarrollados del Primer Mundo. Sin embargo, al chocar contra los límites de la periferia —expresados en inflación, precariedad laboral e inseguridad—, esa promesa se desvanece.

La brecha entre el ideal de bienestar de un ciudadano occidental integrado y la realidad precarizada del “Extremo Occidente” genera frustración social. Es este resentimiento el que capitalizan los populismos de derecha y de izquierda, canalizando el descontento contra el “establishment” político tradicional, al que presentan como ineficiente y corrupto, prometiendo cambios drásticos y soluciones de mano dura.

El reflejo de esta parálisis institucional y encono social se observa en Perú, país marcado por una atomización partidaria crónica y una polarización endémica. El empate en las elecciones presidenciales, definidas voto a voto por diferencias ínfimas, volvió a exponer una sociedad dividida nítidamente en dos bloques irreconciliables, representados por fuerzas ultraconservadoras y de izquierda radical disputando el poder, en escenarios de extrema hostilidad y fragmentación.

Cuando el entramado institucional se muestra incapaz de procesar las demandas de un interior postergado y una capital hiperconectada, la crisis de legitimidad dinamita el centro político y se cronifican el empate permanente y la vacancia de liderazgos.

En el trasfondo, la pertenencia cultural al mundo occidental sigue siendo un terreno de disputa: ¿Cuál es el Occidente que se reivindica: el de la modernidad liberal o el de las Cruzadas y la Inquisición? ¿El de la reforma y la revolución democrática o el de la contra-reforma, el caudillismo y el autoritarismo?

Rouquié describe una región marcada por una fuerte herencia conservadora y una matriz tradicional arraigada. Frente a las transformaciones sociales modernas, sus promesas y frustraciones, surge una reacción defensiva. Los discursos extremistas se posicionan como los únicos guardianes frente a supuestas amenazas colectivistas o disgregadoras. Y ante un contexto internacional también inhóspito y amenazante.

Así, la condición de Extremo Occidente explicaría la permeabilidad ante estas narrativas: al ser una periferia vulnerable que padece los efectos de la globalización cultural pero carece de los amortiguadores del mundo desarrollado, sus sociedades encuentran en el giro autoritario y el repliegue identitario una respuesta ante la incertidumbre sistémica y existencial. Una respuesta reactiva y endogámica -o un espejismo- que está lejos de ofrecer una salida integradora a los desafíos del siglo XXI.

Que sean los votos de los peruanos residentes en el exterior los que definan esta elección presidencial resulta significativo: lejos del aislacionismo, este escrutinio confirma la intuición cosmopolita de José Carlos Mariátegui un siglo atrás: el destino del Perú es una aventura abierta, dictada desde los márgenes del Extremo Occidente pero conectada al pulso del mundo.

fuente: CLARIN

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