
A la cancha siempre te empieza llevando alguien. Los padres, los abuelos, los tíos. Después vas con los amigos o con los hermanos. A veces se te pasan las ganas, te pesan otras responsabilidades, pero tarde o temprano volvés.
Mis hijos me hicieron regresar al rito de la tribuna. Y mi esposa me dice que ellos me harán el favor de llevarme cuando necesite que alguien me ayude.
Mi hermano me hizo conocer el Gigante una tarde de sábado en el ’90 cuando éramos estudiantes y no teníamos para la entrada. Cuando comenzaba el partido en la radio salíamos del departamento caminando hasta Alberdi y nos metíamos en la “Prefe” si abrían las puertas en el entretiempo. A veces nos quedábamos afuera.
Mis hijos me hicieron volver en el 2021 y me enseñaron que había que hacer el aguante en las malas para festejar en las buenas. Con ellos volvimos a cantar canciones de cancha mientras vamos en el auto de viaje o cuando estamos contentos por algo.
Este domingo nos juntamos como siempre: mis hijos y mi hermano que ahora recorre 200 kilómetros para venir.
Yo sé que todos están pendientes del resultado y los entiendo. Yo, sin embargo, estoy feliz de que esta historia de amor a estos colores siga siendo un ritual de unión.
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