
Algo se rompió. No es una sensación ni una exageración. Se rompió la idea de que existen reglas válidas para todos. En el mundo y en la vida cotidiana, la conclusión es cada vez más evidente: manda el más fuerte, decide el que puede y se adapta el que no tiene alternativa.
La reciente agresión armada y el secuestro del presidente de Venezuela (más allá de la legitimidad del mismo), con el objetivo explícito de apropiarse de sus recursos naturales y detener la influencia de potencias extracontinentales, lo expusieron sin maquillaje. El orden internacional dejó de ordenar. La fuerza volvió a ser el lenguaje principal, incluso por fuera del ya frágil esquema surgido tras la Segunda Guerra Mundial. No hay sorpresa: cuando el poder no tiene límites, la falta de los mismos permea en toda la sociedad
Las Naciones Unidas representan apenas una triste escenografía diplomática. El Consejo de Seguridad de la ONU cuyos miembros permanentes conservan privilegios heredados de 1945, también carecen de otra legitimidad como no sea la imposición del más fuerte. Los actuales y potenciales conflictos armados se multiplican, las reglas se relativizan y la imagen misma de autoridad se erosiona. La justicia internacional acompaña el proceso: cuando no alcanza a los poderosos, deja de ser justicia y se convierte en relato.
Este clima de anomia global no queda lejos. Se filtra. Se copia. Se normaliza. Y baja a tierra. En Argentina, la desafección política avanza desde hace años. Aunque cerca del 23% del padrón sigue afiliado a partidos políticos, la tendencia es descendente y la participación casi nula. Los comités cerrados y las unidades básicas vacías evidencian algo más que un problema organizativo: son la evidencia de una representación que ya no convence y de ausencia de utopías convocantes. Basta ver los porcentajes crecientes de abstención en las elecciones, ostentándose en las últimas legislativas la cifra más alta desde el retorno de la democracia.
Incluso el sindicalismo, uno de los últimos grandes organizadores de identidad colectiva, muestra signos evidentes de descrédito. Su densidad sigue siendo alta en términos comparados con otros países de la región, pero la obscena corrupción de sus líderes, la precarización e informalidad laboral le quitaron potencia como espacio de pertenencia. A escala global, apenas una minoría participa de actividades de voluntariado. La comunidad dejó de ser un refugio estable para transformarse en una experiencia ocasional.
La pregunta, entonces, no es teórica. Es urgente: ¿quién representa hoy a las mayorías? ¿Quién ofrece protección real?
El progresismo parece haber extraviado el mapa. Abundó en gestos simbólicos, consignas culturales y diagnósticos sofisticados, pero fue incapaz de ofrecer respuestas materiales concretas y sostenidas. Atrapado entre una tercera vía funcional al capitalismo financiero y fracasadas consignas del pasado, quedó desdibujado. El resultado es una sensación extendida de incompetencia para generar alternativas al orden actual.
La emergencia de dirigentes que se declaran abiertamente socialistas y proponen reformas estructurales nada menos que en los Estados Unidos abre una expectativa aún sin respuesta. Pero la duda persiste: ¿alcanzará para enfrentar intereses concentrados; representarán una novedad o una reedición de antiguas recetas; se constituirán en una alternativa a liderazgos autocráticos, brutales (tanto por sus formas violentas como por su escasa formación cultural) y no exentos de crueldad o será otro capítulo de frustración en el péndulo de izquierdas a derechas en búsqueda de respuestas?.
Lo que destaca a esta nueva derecha, en cambio, es que no duda. Ofrece respuestas simples, directas y emocionalmente eficaces con ejes en la seguridad y economía saltándose cualquier norma. De allí surge una paradoja inquietante.
En Occidente, la mayoría dice preferir la democracia, pero cada vez confía menos en ella. En Argentina, sondeos muestran que más del 70% está insatisfecho con su funcionamiento. Entre los jóvenes, el apoyo cae con fuerza y crece la apertura a soluciones autoritarias cuando la economía no responde. La democracia sigue siendo un ideal, pero se pierden las expectativas de que mejore la vida concreta.
Cuando la política no protege, el individuo se repliega. Cuando las reglas no ordenan, prevalece la ley de la selva. En la serie El planeta de los simios, al menos, había jerarquías claras y pertenencia a un grupo. Hoy ni siquiera eso: nos sentimos solos, en una competencia con reglas difusas y cambiantes.
Tal vez no podamos reconstruir el orden global ni rescatar la política de su descrédito. Pero todavía queda una trinchera mínima: las pequeñas comunidades, los clubes, los vecinos, el tiempo para los vínculos interpersonales. No cambiarán el mundo. Pero pueden evitar algo peor: que aceptemos como normal vivir en la anomia, sin protección y sin otros. Y que terminemos apenas en vínculo con la inteligencia artificial comportándonos como simios solitarios.
Arturo Flier es sociólogo y psicólogo social
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