
El oro sigue siendo, lejos, el que más divisas trae para la minería argentina. En el primer cuatrimestre de 2026, el sector minero exportó US$ 3.200 millones, más del doble que el mismo período de 2017 y 81% más que hace apenas un año. El oro explica el 65% de ese total, con US$ 2.098 millones. Detrás quedaron el litio, con US$ 623 millones pese a ser el que más crece en volumen, y la plata, con US$ 402 millones.
La cuenta es contundente: dos de cada tres dólares que factura hoy la minería argentina dependen de un solo mineral. Ahí está, también, el costado más frágil. Porque el oro no está exportando más: está exportando más caro. En el primer cuatrimestre se embarcaron 112 toneladas, un volumen casi calcado al de 2017 (116 toneladas) y apenas el doble que en 2007. Lo que se disparó fue el precio, no la producción: hace una década su tope máximo fue de US$ 1.370 por onza y hoy ronda los US$ 4.500.
Estos datos los analiza Empiria, la consultora de Hernán Lacunza y Nicolás Gadano, y concluye que la dinámica exportadora de la minería argentina es, hoy, “una función del precio internacional del oro”. Es decir, la bonanza de estos meses depende más de lo que pasa en Londres o Nueva York que de una Argentina que extrae más metal.
Con el litio ocurre lo inverso. Ahí sí hay una historia de volumen genuino: las toneladas exportadas pasaron de 2.880 en 2007 a 47.592 este año, un salto que refleja la puesta en marcha de los proyectos en los salares del norte y que llevó al país al tercer puesto entre los productores mundiales. Lo que falta es precio: golpeado por la sobreoferta desde el pico de 2022-2023, recién empieza a recomponerse, y por eso, pese a exportar volúmenes muchísimo mayores que el oro, genera todavía menos de un tercio de esas divisas.
De todos modos, el mapa va a cambiar. Si hoy el oro explica dos tercios del negocio, la foto que se proyecta para 2035 es otra: un sector exportando US$ 37.000 millones, que son seis veces más que ahora, donde el cobre pasaría a representar el 52% del total; el litio, el 32% y el oro caería a menos del 10%. El mineral que hoy manda quedaría relegado, en apenas una década, al tercer lugar.
Ese vuelco no depende de que cambien los precios internacionales, sino de algo más terrenal: los tiempos propios de la actividad minera. Entre que se anuncia una inversión y arranca la construcción, y entre que se inicia la fase constructiva y sale el primer embarque, pasan entre cinco y ocho años, con etapas de exploración, estudios de factibilidad y aprobaciones ambientales de por medio.
Y hay un dato que suele pasar desapercibido: la construcción recién empieza cuando la empresa tiene aprobado el 100% del capital del proyecto, no antes. Eso explica por qué el oro pesa tanto ahora mismo: son minas que ya están en producción y reaccionan casi al instante cuando sube el precio.
El cobre, en cambio, está un paso atrás en esa cadena de tiempos: Vicuña, Los Azules, El Pachón y Altar en San Juan; MARA y la reactivación de Bajo La Alumbrera en Catamarca; Taca Taca en Salta; San Jorge en Mendoza. Todos están en distintas etapas previas a la construcción, presentados al RIGI o en trámite de aprobación.

Por eso la curva de exportaciones de cobre que se proyecta no es una pendiente suave, sino una escalera: números marginales hasta ahora, un primer salto a unos US$ 4.600 millones hacia 2030, y un segundo salto de otra escala a partir de 2032, con exportaciones por encima de los US$ 10.000 millones anuales.
No es que el negocio del cobre se vuelva de golpe más rentable: es que ahí es cuando termina de madurar, en simultáneo, toda una cartera de proyectos que empezó a moverse años antes. El RIGI acelera, pero no decide.
RIGI: proyectos mineros por US$ 50.000 millones
En ese proceso, Empiria define al RIGI como “catalizador”: acumula proyectos mineros presentados por casi US$ 50.000 millones, de los cuales ya está aprobado alrededor de un 42%.
Pero conviene no confundir los tiempos: la aprobación del régimen no es, en rigor, el punto de inflexión de un proyecto minero. Por más beneficios fiscales asegurados que tenga, cualquier proyecto sigue siendo, en los papeles, una posibilidad.
Esa distinción es la clave para leer el próximo lustro de la minería argentina. Mientras el oro siga marcando el pulso exportador gracias al precio internacional, la pregunta que importa no es cuánto vale el metal, sino cuántos de esos US$ 50.000 millones presentados al RIGI logran cruzar la frontera entre el anuncio y la obra. De esa velocidad depende que el cobre llegue a tiempo a la cita de 2032, y que San Juan, Catamarca y Salta terminen de consolidarse como los nuevos polos de la minería argentina.
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