El Museo de la loza esmaltada: un viaje al corazón de la cerámica y la higiene del siglo XIX

El Museo de la Loza Esmaltada de Sarreguemines, situado en la frontera franco-alemana, alberga un muestrario de una industria hoy extinguida, pero que conectaba este antiguo centro del mundo con los puertos y los destinos más variados. Desde allí se exportaban mayólicas, salamandras esmaltadas, servicios de mesa y aguamaniles de todo tipo; objetos que modelaron el gusto y los espacios de la vida doméstica de una burguesía colorida, ubicua y multiforme.

Elementos de higiene en el Museo de Sarreguemines.Elementos de higiene en el Museo de Sarreguemines.

El público llega a este rincón perdido en el Sarre para, sobre todo, deleitarse con el jardín de invierno de la casa que aloja al museo, es decir, la vivienda de Paul de Geiger, director de las fábricas de loza de Sarreguemines entre 1871 y 1913.

En 2025 se sumó a sus salas el mural de Cleopatra gracias a la recaudación pública de 11.000 euros para su puesta en valor. Se trata de un panel cerámico que evoca a ese Egipto pret-à-porter del siglo XIX, presentado en la Exposición Universal de 1889 y cuyo diseño se atribuye al arquitecto Alexandre Sandier, director artístico de la Fábrica de Sèvres. Desde este establecimiento parisino, Sandier promovió el art nouveau y desarrolló un nuevo gres porcelánico para su uso en proyectos monumentales.

Cleopatra es uno de los tantos encargos que le llegaron de Sarreguemines y que, de tanto en tanto y con la fábrica cerrada, hoy se subastan en Christie’s y el Hôtel Drouot, donde, a veces, pueden llegar a compartir la sala con uno que otro esqueleto de dinosaurio, otro objeto desaparecido pero que se sigue reciclando con gran éxito comercial.

La parte más interesante del museo –al menos para esta hija de ingeniero y abogada de líneas rectas– no se halla en las volutas, flores y animales del jardín de loza, sino en una suerte de altillo situado a contramano del recorrido e inexistente en el catálogo en línea. No deja de ser curioso que se lo esconda, porque allí queda claro que, en el siglo XIX, el discreto encanto de la burguesía y de su riqueza se multiplicaba o surgía del baño. De hecho, ese desván propone un recorrido por la historia de la producción de sanitarios en la era industrial, ese conjunto de objetos semimuebles y portátiles surgidos de la alianza entre los industriales, los químicos, ceramistas, propagandistas y arquitectos que redescubrieron las posibilidades del material cerámico vinculándolas a las preocupaciones higienistas de la época.

En ese piso superior del museo, los catálogos que promocionaban las virtudes y precios de los sanitarios se exhiben junto a las colecciones de inodoros, cañerías, codos, azulejos, bañeras, piletas, mingitorios, jarras y palanganas producidos en los últimos 150 años. Al cruzar el Atlántico, el Museo del Palacio de las Aguas de Buenos Aires confirma que –tanto en el Sarre como en Wilde, a uno y otro lado del mar y del Ecuador– estos objetos no solo organizaron la expulsión de las heces y la orina domésticas, sino también los hábitos y las gamas de colores asociados a la higiene de las clases urbanas.

Chatas y papagayos en el Museo de Sarreguemines.Chatas y papagayos en el Museo de Sarreguemines.

Por un lado, el museo recuerda cómo el espacio público se cubrió de loza esmaltada gracias a la manufactura mecánica de azulejos y al desarrollo del transporte fluvial, marítimo y ferroviario. En barco y en tren, la cerámica empezó a revestir las estaciones, los cafés, las cocinas, los vestíbulos y los establecimientos termales. Durable, resistente, fácil de limpiar, protector de la humedad, el azulejo industrial ofrecía posibilidades decorativas y, en su versión blanca, la pureza necesaria para el trabajo en los laboratorios, las fábricas y los hospitales.

Inodoro en el Museo de Sarraguemines.Inodoro en el Museo de Sarraguemines.

Las fábricas de Sarreguemines colaboraron desde temprano en establecer el blanco como sinónimo de una higiene accesible a todos ya que la loza sin pigmentos era mucho más barata que la decorada o con colores brillantes. Así, lo barato se vendía como puro y, a partir de la década de 1820 y hasta la década de 1950, la fábrica ofreció a la venta objetos sanitarios primero en loza blanca (cailloutage) y luego en loza esmaltada (faience). En un blanco prístino, se trataba de modelos y formas ya existentes, algunas desde el siglo XVI o XVII, pero que ahora, y al igual que los azulejos, se producían en masa y se vendía ya no en la casa del alfarero sino en farmacias y casas especializadas en la atención de la salud.

El mundo se llenó de bacinillas, escupideras, biberones para enfermos, papagayos y chatas que, como equipamiento de los hospitales, el ejército, las cárceles, los consultorios y los asilos, se hicieron indispensables para el cuidado de los convalecientes, los ancianos y lisiados, esos adultos con control de esfínteres, pero que no podían levantarse ni conectarse por sí mismos a los sistemas creados para expulsar los excrementos. Estos adminículos portátiles servían para seguir alimentándolos con los líquidos y los semisólidos de quienes no podían salir de la cama.

Una chata en el Museo de Sarraguemines.Una chata en el Museo de Sarraguemines.

Los manuales de enfermería recogerán esta explosión de materiales sanitarios, explicando y sistematizando su uso para evitar úlceras y para que el remedio no sea peor que la enfermedad. Quien haya cuidado a una madre enferma sabe de los peligros que la chata conlleva y que la edad de la loza esmaltada quedó sepultada por la del plástico y los pañales descartables. A fin de cuentas, cada era crea el excremento que mejor la representa.

fuente: CLARIN

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