El Mundial, la Inteligencia Artificial y la dinámica de lo impensado

¿Puede la inteligencia artificial (IA) transformar la producción y el intercambio de mercancías, incluidas las culturales y artísticas? Esta pregunta generó intensos debates en los últimos años. En especial, desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, que impactó de manera notable en múltiples actividades.

Las controversias, sin embargo, están lejos de haber concluido. En estos días, por ejemplo, la empresa Anthropic enfrenta un juicio multimillonario por haber utilizado, sin autorización, decenas de novelas -entre ellas Fordlandia y Ojos negros de mi autoría- para entrenar a Claude, uno de los asistentes virtuales que compiten con ChatGPT.

Lo de Claude no constituye un caso de plagio. Esto es: una apropiación indebida que puede suceder en el periodismo, las tesis doctorales y la literatura. Se trata de una materia más delicada. Claude, gracias a ese entrenamiento, puede traducir, responder preguntas y, en cuestión de segundos, recrear ficciones similares a las que escribían autores de la talla de Hemingway, Borges o Camus. Aunque, por ahora, le resulte imposible imaginar una idea genuinamente novedosa.

Pero la discusión excede el ámbito cultural. En las recientes conversaciones entre Washington y Beijing se habló del riesgo de que los modelos inteligentes, destinados a detectar fallas en redes de los sistemas de defensa, puedan ser utilizados por hackers capaces de causar daños a escala global.

En este contexto, cabe mencionar que los nuevos desarrollos de IA en los Estados Unidos, sumados al liderazgo de este país en centros de datos y microchips de última generación, refuerzan su ventaja tecnológica frente a China. Algunos expertos estiman esa distancia entre nueve meses y un año, aunque otros la reducen según el área considerada.

Los modelos de IA también afectaron al mundo del trabajo. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, asegura que estos cambios pueden debilitar el poder de negociación de los trabajadores, aumentar el desempleo y profundizar la desigualdad social. En este sentido, el Fondo Monetario Internacional destaca que cerca del 40 % de los puestos de trabajo, en una amplia gama de ocupaciones, podrían verse afectados por la aplicación de estos procesos digitales.

Esta estimación se basa en la proporción de tareas cognitivas que estos sistemas ya pueden realizar, como resumir información, trazar planes y resolver problemas, y en la posibilidad de que la automatización sustituya progresivamente al trabajo humano. En especial, en las labores rutinarias de nivel intermedio, propias de analistas, programadores, administrativos y consultores.

Para Dani Rodrik, profesor de la Universidad de Harvard, el principal problema no reside tanto en el desempleo que pueden generar estas herramientas, sino en la atrofia intelectual. Es decir, la pérdida de la facultad para comprender, cuestionar y producir conocimientos nuevos por nuestros propios medios.

El verdadero peligro, apunta, radica en que, al delegar en la IA nuestro aprendizaje y nuestros estudios, los humanos dejemos de concebir las ideas que estas tecnologías utilizan para funcionar. Para evitarlo, propone establecer regulaciones gubernamentales y estrictas normas profesionales. Por ejemplo, que las instituciones educativas favorezcan la creación intelectual y los investigadores detallen cómo usaron la IA.

Marvin Minsky, uno de los padres de la IA, fue todavía más contundente en estas predicciones. Afirmó que, de no fijar límites, deberíamos considerarnos afortunados si algún día estos sistemas decidieran conservarnos como simples mascotas.

Académicos de la Western University de Canadá, Dyer-Witheford entre ellos, se preguntan, en cambio, si la IA se convertirá en un apoyo o en un sustituto de la fuerza laboral y la capacitación profesional. En esa dirección, reparan en que los progresos técnicos, como lo fueron las maquinarias industriales y la electricidad, en lugar de ocasionar un desempleo permanente, ampliaron la cantidad y la variedad de lo que las personas podían producir.

Incluso retoman la obra de Karl Marx al señalar que el avance tecnológico podría permitir que, en el futuro, las máquinas asuman la mayor parte del trabajo productivo, dejando a los seres humanos más tiempo para actividades creativas. Aunque advierten, en línea con ese ilustre pensador, que las enormes inversiones que demanda la IA suponen el riesgo de que el mercado y la investigación terminen en manos de unas pocas corporaciones.

Ahora bien, ya sea que la capacidad de nuestro cerebro para resolver tareas cada vez más complejas sea ilimitada. O que, por el contrario, tenga un límite que solo la IA permitiría traspasar y nos acostumbremos a los asistentes virtuales como al café matutino, la mayoría de los expertos y científicos coinciden en que la imaginación y la sensibilidad de las personas siguen siendo atributos irremplazables. Sobre todo, en el arte, la filosofía, la ética y el deporte.

Una reflexión oportuna para estos días de Mundial, cuando la dinámica de lo impensado, como definía al fútbol el maestro Panzeri, nos provoca experiencias de euforia, vértigo, angustia, pasión y, ojalá, de belleza y alegría en la magia, auténtica, irrefutable y tangible de Messi y sus diez compañeros. Lo opuesto, en suma, a lo que estas tecnologías inspiran y proyectan.

Y esperemos, de paso, que la carrera hacia la Copa nos ahorre, al menos por unas semanas, los exabruptos escatológicos que suele prodigar el educado y serenísimo señor presidente.

fuente: CLARIN

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