El impacto emocional de recibir un diagnóstico grave: cómo cambia la vida tras la noticia?

Recibir el diagnóstico de padecer una enfermedad grave como cáncer, esclerosis múltiple o cardiopatía severa, provoca un impacto psicológico inmediato, profundo y persistente.

Y no solo por el posible riesgo de muerte sino también por el de mutilación o incapacidad. Se sacuden los cimientos de la identidad, la seguridad y el proyecto de vida y tanto desde el punto de vista psicológico como el neurobiológico, lo primero que ocurre es una activación aguda del sistema de amenaza.

El cerebro procesa la noticia como un evento catastrófico y pone en marcha el aumento del cortisol, la hipervigilancia y una sensación de irrealidad.

Muchas personas describen ese instante como “escuchar sin escuchar”: el médico habla, pero la mente queda secuestrada por una ola de alarma, lo cual explica por qué tantos pacientes recuerdan apenas fragmentos de lo que se les dijo o salen de la consulta sin poder repetir el diagnóstico con precisión.

Luego del impacto inicial aparecen diferentes reacciones emocionales.

Miedo y negación: respuestas naturales ante la adversidad

La más frecuente es el miedo, y que no solo se relaciona por la posibilidad de morir, sino también por la eventual pérdida de autonomía, de dolor, de deterioro físico, de depender de otros o por la disminución de la vida laboral y social.

Luego del diagnóstico aparecen distintas reacciones emocionales. / Foto Shutterstock.Luego del diagnóstico aparecen distintas reacciones emocionales. / Foto Shutterstock.

Para muchos, lo más angustiante no es la enfermedad en sí, sino el posible cambio abrupto de su identidad (“Ya no soy la persona que era”) y suele abrirse así un gran interrogante respecto a cómo continuará la vida a partir de ese momento.

Otra reacción habitual es la negación, que no debe interpretarse como una resistencia irracional sino como una defensa psicológica adaptativa que amortigua la intensidad emocional y permite, al menos por un tiempo, seguir funcionando.

El problema aparece si se instala de manera permanente y la persona evita o rechaza realizarse exámenes o tratamientos.

Sin embargo, en una dosis justa, también puede ser un mecanismo que protege y da tiempo para reorganizar la mente.

También es común la culpa ya que muchos pacientes se preguntan si hicieron algo para enfermarse: si comieron mal, si no se cuidaron lo suficiente, si ignoraron síntomas. Incluso en enfermedades sin relación con los hábitos personales, la mente tiende a buscar responsables, tal vez porque la idea del azar o de la vulnerabilidad absoluta es demasiado inquietante.

Un diagnóstico grave suele modificar el modo de vincularse con los demás. / Foto Shutterstock.Un diagnóstico grave suele modificar el modo de vincularse con los demás. / Foto Shutterstock.

Cómo el diagnóstico afecta los vínculos y relaciones cercanas

Un diagnóstico grave suele modificar el modo de vincularse con los demás. Algunas personas se repliegan, incapaces de compartir su angustia por temor a preocupar o cansar a su entorno. Otras buscan apoyo inmediato y se sienten decepcionadas si no lo encuentran.

Así, los vínculos se reorganizan ya que algunos se fortalecen mientras otros se desgastan. No es raro que amigos o familiares se alejen, porque la enfermedad ajena despierta sus propios miedos.

Con el tiempo, algunas personas desarrollan un crecimiento personal en que reorganizan sus vidas con nuevos valores, mayor valoración del presente, relaciones más auténticas y un sentido renovado de prioridad.

El diagnóstico, aunque doloroso, puede funcionar como un espejo que ordena lo esencial y relativiza lo superfluo.

E.M.

fuente: CLARIN

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