
El abuelo que no lo vio venir
Mi viejo no lo imaginó, se fué en el ´91, recuerdo que en la mesa de luz tenía una foto en blanco y negro de Diego Armando Maradona con la copa en México. Fue hincha de la Gloria toda su vida, y del fútbol que se jugaba con zapatillas y botines negro de cuero, era de recorrer todas las canchas del barrio donde la pelota rodaba, y llevarme a cualquier partido que se jugara en esta ciudad. Cuando Messi empezó a aparecer, allá por 2004, el ya no estaba pero seguramente los que hoy peinan canas decían: “A Maradona no lo supera nadie.” Y lo decían sin mala leche, simplemente porque Maradona era su lengua materna futbolística.
Pero algo pasó el 18 de diciembre de 2022 en Lusail. Algo que nadie supo explicar del todo, cuando convirtió Montiel y comenzamos a bordarnos la tercera estrella, seguramente ahí se empezó a escuchar entre los mas grandes “Ahora sí,” “Ahora sí son iguales. O capaz que no. Pero ya no importa.”
La generación de los abuelos argentinos vivió el fútbol como una religión de culto único. Maradona era el profeta y no había lugar para otro. Messi tardó casi veinte años en ganarse ese espacio, pero lo hizo de la única manera posible: siendo imposible de ignorar. Ganó todo lo que había para ganar. Perdió finales que parecían maldiciones. Se fue y volvió. Lloró en público y siguió jugando. Y cuando levantó la Copa del Mundo, los abuelos de toda Argentina hicieron lo que nunca habían imaginado: lo abrazaron, aunque fuera desde la televisión.
El padre que creció con él
Los que hoy tienen entre 30 y 50 años son, probablemente, la generación que más lo sufrió y más lo disfrutó. Crecieron viéndolo en el Barcelona cuando el fútbol todavía se miraba en cables piratas o esperando el resumen del domingo. Lo vieron ganar Ligas, Champions, Balones de Oro. Se llenó la argentina de hinchas del Barsa y no sólo nuestro país, el mundo. Pero también lo vieron perder. La final de 2014 en Brasil. La Copa América de 2015. La de 2016. Cada vez que Argentina llegaba a una final, el peso caía sobre los hombros de ese chico flaco de Rosario que el mundo esperaba que fuera Dios.
Muchos padres de hoy recuerdan exactamente dónde estaban en esas noches. Algunos solos, con la cabeza entre las manos. Otros con sus propios padres, compartiendo el silencio de la derrota. Ese dolor compartido también es una forma de transmisión cultural. Los hijos que hoy tienen diez u once años escucharon esas historias. “Papá, ¿por qué Messi lloraba?” Y la respuesta nunca fue simple.
Para esta generación, Messi no es solo un futbolista. Es una autobiografía compartida. Un espejo en el que vieron reflejado algo parecido al esfuerzo, a la perseverancia, a la idea de que el talento sin sacrificio no alcanza. Cuando ganó el Mundial, muchos sintieron que ganaron algo propio. Algo que habían esperado demasiado tiempo. Habíamos pasado por todas esas etapas junto a Leo, y por eso lo sentimos propio.
El nene que lo vió ganador con la Selección
Hay una generación entera de chicos argentinos que llegaron al mundo en Qatar 2022, o quizás con los trofeos de la Copa América, O que eran demasiado pequeños para entender lo que pasaba, pero que crecieron en casas donde la tercera estrella ya estaba bordada en la camiseta. Para ellos, Messi siempre fue campeón del mundo. Siempre fue el capitán que levantó la copa. No conocen las finales perdidas, no vivieron el llanto de 2016, no saben que hubo un tiempo en que una parte del país le pedía que se fuera de la Selección. o ese cariño que lo abrazó y apachucho en el Kempes cuando todavía no había ganado nada con la celeste y blanca.
Estos nenes piden la camiseta del Inter Miami con el número 10 porque Messi juega ahí ahora. Hacen jugadas en la PlayStation con él como si fuera un personaje de videojuego, casi sobrenatural. Lo ven en los videos de YouTube haciendo caños y gambetas, y lo viven como algo natural, como si el mundo siempre hubiera sido así.
Pero lo curioso es lo que pasa en las casas cuando se sientan a ver fútbol con sus papás o sus abuelos. Y el abuelo, que a lo mejor nunca creyó que le iba a hablar de Messi a su nieto con la misma emoción con que le habló de Maradona, empieza a contar. Y el padre también agrega. Y de repente, alrededor de una misma figura, tres generaciones encuentran un idioma común.
Lo que une no siempre es la alegría
Hay algo que los sociólogos del deporte llaman identidad colectiva anclada en un símbolo. En Argentina, ese símbolo es, desde hace al menos dos décadas, Lionel Andrés Messi. Pero lo que lo hace transgeneracional no es solo el talento —que es, por supuesto, extraordinario— sino la narrativa de redención que lleva encima, rara historia del que había ganado todo en su club y nada con su país.
El cumpleaños de todos
Hoy, 24 de junio, Messi cumple 39 años. En algún lugar de Argentina, un abuelo va a levantar un vaso. Un padre le va a mostrar a su hijo algún video de la final de Qatar. Y un nene va a pedir que le pongan la camiseta Celeste y Blanca para ir a la escuela. y quizás como lo propuso alguien, a las 10 de la mañana y a las 10 de la noche, todos juntos le cantemos a Messi el Felíz Cumple
Tres generaciones. Un solo nombre.
Feliz cumpleaños, Leo.
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