
La reciente escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán no solo reconfigura el tablero de Medio Oriente. También deja al descubierto algo más profundo: la fragilidad conceptual —y política— del llamado “Sur Global”. Lo que durante años se presentó como un bloque con intereses comunes, capaz de articular posiciones frente al Norte desarrollado, aparece hoy como lo que siempre fue: una categoría difusa, más ideológica que estratégica. El silencio —o la ambigüedad calculada— de muchos países del Sur ante este tipo de conflictos es revelador.
Ni los BRICS como grupo, ni sus principales miembros, lograron articular una posición coherente frente a crisis recientes. Más aún, en los últimos dos años, los principales conflictos armados no han ocurrido siguiendo las líneas Norte-Sur sino dentro del propio Sur Global.
Cuando las tensiones por recursos, territorio o seguridad escalan, los Estados actúan por intereses nacionales, no identidades compartidas. La idea de un Sur Global cohesionado se disuelve frente a la realidad de la competencia.
El concepto “Sur Global” tuvo siempre una carga más política que analítica. Funcionó como etiqueta agregadora, útil en foros multilaterales y discursos diplomáticos. Pero débil como categoría explicativa. Su núcleo no era una agenda común sino una posición reactiva frente al Norte: una narrativa de desigualdad, dependencia y búsqueda de autonomía.
La tradición latinoamericana de autonomía —con autores como Juan Carlos Puig o Helio Jaguaribe— proponía una “autonomía relacional”: no aislamiento, sino capacidad de decisión dentro de un sistema asimétrico. Esa visión implicaba construir poder, diversificar vínculos y ampliar márgenes de maniobra.
Muy distinto a la invocación contemporánea del Sur Global, una postura declarativa, más cercana a la denuncia que a la estrategia.
Hoy, en un contexto de fragmentación económica, tensiones comerciales y creciente militarización, esa ambigüedad se vuelve insostenible. La competencia entre grandes potencias —tecnológica, financiera, energética— obliga a tomar decisiones concretas.
Y esas decisiones revelan alineamientos reales, no identidades discursivas. El Sur Global, entendido como espacio de solidaridad política, se diluye precisamente cuando más se lo necesitaría. En tiempos de abundancia relativa, la retórica de cooperación puede sostenerse.
En tiempos de escasez —de financiamiento, de tecnología, de seguridad—, prevalece la lógica de supervivencia. Los Estados priorizan acceso a mercados, estabilidad interna y protección estratégica, incluso si eso implica tensar vínculos con otros países del “Sur”. El resultado es un sistema internacional donde las fracturas no siguen una línea Norte-Sur, sino múltiples clivajes cruzados: geopolíticos, económicos, tecnológicos. La pertenencia al Sur no define comportamientos. Lo hacen los intereses, las capacidades y las amenazas percibidas.
El fin del Sur Global no implica negar las desigualdades estructurales del sistema internacional. Tampoco desconocer la persistencia de asimetrías entre países desarrollados y emergentes. Es reconocer que esa categoría no ordena la realidad.
En un mundo competitivo, incierto y turbulento, lo que emerge no es un Sur cohesionado frente a un Norte dominante, sino un mosaico de Estados que navegan tensiones crecientes con estrategias divergentes. La geopolítica no se organiza en torno a solidaridad sino a supervivencia.
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