El fin de los escritores?

Difícil creer que Roald Dahl haya escrito “El gran gramatizador automático” en 1953. Como todo genio, pudo adelantarse a los problemas de su tiempo o, lo que es lo mismo, contó un dilema sin tiempo. Esta historia comienza con dos hombres que celebran la construcción de una gran calculadora automática, “en cinco segundos da la respuesta correcta a un problema que un matemático tardaría un mes en descifrar. En tres minutos puede realizar un cálculo que, a mano (y en el caso de que fuera posible), llevaría medio millón de hojas de papel tamaño folio.”

Adolph Knipe, uno de los responsables de la construcción de la calculadora, comprende que una máquina no puede tener cerebro pero que sí puede tener memoria. Sabe que la gramática está regida por reglas estrictas que son casi matemáticas.

De pronto se le ocurre una idea: “Podría construirse una máquina con el mismo sistema que la calculadora eléctrica, transformándola de modo que colocase palabras en un orden determinado en lugar de números, acorde con las reglas gramaticales. Se introducen verbos, nombres, adjetivos y pronombres; se almacenan en la sección de memoria a modo de vocabulario, y con un mecanismo adecuado se extraen cuando sea necesario”.

Empieza a trabajar desesperadamente en su invento y en pocos meses tiene la máquina con “memoria de argumentos” y “memoria de palabras”. Sólo hay que apretar un botón para producir un relato.

Knipe, que en realidad vive angustiado porque quiere ser escritor y no inventor de máquinas, y su jefe que sólo quiere ganar dinero, hacen cálculos: a pleno rendimiento coparán el mercado. La máquina puede producir un relato de cinco mil palabras en treinta segundos. Su proyecto es vender cuentos al por mayor. “¿Quién diablos va a comprar relatos artesanales si los otros cuestan la mitad? Es lógico, ¿no?”, se preguntan.

Fundan una agencia literaria. El éxito es inmediato. Después, las novelas. Para escribir novelas se agregan además sistemas de control que permiten elegir categorías (histórica, satírica, filosófica, política, romántica, erótica, humorística o seria), temas (vida militar, guerra civil, guerra mundial, problema racial, vida en el campo, recuerdos de infancia, viajes por el fondo del mar), también estilo literario (Hemingway, Faulkner, Joyce, etc.). Y, por último, dos pedales para regular paulativamente la pasión, tanto en el porcentaje como en su intensidad.

La agencia se hace cada vez más famosa y ganan más dinero del imaginado. La ambición es irrefrenable y deciden absorber a todos los escritores del país. Knipe propone una estrategia: “Tengo una lista de los cincuenta escritores de mayor éxito del país, y lo que he pensado es ofrecerles a cada uno un contrato de por vida. Lo único que tienen que hacer es comprometerse a no volver a escribir ni una palabra y, naturalmente, permitirnos que firmemos nuestra producción con sus nombres”.

Entre palancas, estadísticas, paneles y diseños, su socio le hace la pregunta que hoy tantas veces falta en las discusiones sobre la inteligencia artificial y el arte: “¿Y la necesidad de crear, Knipe?”. El plan de los protagonistas para que los escritores firmen contrato sigue adelante.

¿Lograrán su objetivo? ¿Es el fin de los escritores? ¿Lograrían su objetivo en el mundo actual? Dahl plantea un final desolador para el cuento. Recién en las últimas líneas el lector descubre quién está contando lo que se lee. Cualquier similitud con nuestro tiempo no es mera coincidencia.

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fuente: CLARIN

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