
Lisa Kasper dedicó tres décadas a la educación superior, la admisión universitaria y la enseñanza. Ayudó durante años a estudiantes a encontrar un camino académico, pero enfrentó una situación difícil: su propio hijo había fracasado en la universidad.
El problema apareció durante la pandemia. Su hijo cursaba el primer año y las clases remotas eliminaron parte de la experiencia universitaria. Aislado en su habitación, terminó desconectándose y suspendió todas las materias.
Intentaron nuevamente durante el verano, esta vez con un tutor y una sola asignatura. También la desaprobó. Cuando llegó el otoño, decidió tomarse un tiempo, trabajar y descubrir qué quería hacer. Para su madre, la decisión fue dolorosa, aunque sabía que presionarlo podía ser contraproducente.

“Después de 30 años en el departamento de admisiones, la lección más importante que aprendí me la dio mi propio hijo”. La experiencia le mostró que conocer la educación no significa saber cuándo un joven está preparado.
El regreso a la universidad
Después de tres años, tres empleos, dos despidos y un período repartiendo para DoorDash, el joven volvió a plantearse estudiar. Ya vivía fuera de casa y sentía el peso de no poder contribuir a los gastos del hogar.
Entonces le preguntó a su madre si todavía estaría dispuesta a ayudarlo a pagar la universidad. Lisa no dudó. Su pareja también apoyó la decisión y aceptó hacerse cargo de los gastos mientras él estudiaba.

La preocupación de Lisa tampoco era solamente académica. Su hijo había terminado con un promedio de 1,8 y ella temía que los fracasos hubieran afectado su confianza. Creía que seguía siendo un estudiante capaz, pero necesitaba volver a sentirse parte del mundo universitario.
Por eso decidió hacerle una propuesta concreta: si cursaba una carga completa y obtenía todas las calificaciones máximas, recibiría 1.000 dólares. No estaba segura de que fuera correcta, pero quiso darle un objetivo posible.
Una meta que cambió su confianza
El resultado superó sus expectativas. En el primer semestre de regreso obtuvo cinco calificaciones máximas. Después aprobó dos materias de verano y completó el semestre para conseguir su título de Associate of Science.

Terminó con un promedio de 3,6 y obtuvo una beca que cubría toda la matrícula de la universidad a la que su madre había asistido y donde también había trabajado. Un año después calculó que podía graduarse con honores.
Lisa nunca volvió a ofrecerle dinero. Para ella, el incentivo no era una cuestión de calificaciones, sino una forma de ayudarlo a establecer una meta posible. Una vez alcanzada, algo comenzó a cambiar en la manera en que él se veía a sí mismo.

Cuando alcanzó aquella primera meta, el joven comenzó a creer en sus capacidades y dejó de verse como alguien que pertenecía menos a la universidad. La experiencia también modificó la mirada de su madre sobre el éxito académico.
Después de tres décadas trabajando en admisiones, Lisa ya conocía las distintas formas en que los jóvenes pueden aprender y madurar. Pero acompañar a su hijo le enseñó que esa comprensión también debía aplicarse con paciencia.
Su historia reforzó una idea sencilla: un fracaso académico puede ser un momento de una trayectoria, no necesariamente su resultado definitivo. Recuperar la confianza y encontrar una meta alcanzable puede permitir volver a avanzar.
—



