
“Aquí pasan muchas cosas que nadie cuenta”. Eso le dijo una trabajadora agrícola a David Silva Rojas (Ica, 1981) mientras realizaba una investigación sobre trata de personas para el Ministerio de Justicia del Perú. La frase quedó resonando en el abogado de formación, investigador socio-criminológico y narrador, que acaba de ganar por unanimidad la primera edición del Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat. Su obra, Donde el agua trabaja, fue elegida por un jurado integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, que destacó la sutileza de su prosa, la construcción de una atmósfera opresiva sin caer en el panfleto ideológico y el uso de los silencios como recurso expresivo.

“Mientras conversábamos –recuerda aquella charla–, ella comenzó a contarme cómo era su vida en los campos. En medio de esa conversación me dijo la frase que permaneció conmigo durante mucho tiempo. Ahí surgió mi interés por indagar más en esa vida”.
Conectado desde su computadora, el autor peruano –que presentará su libro en Buenos Aires, el miércoles 23, a las 18, en Libros del Pasaje– cuenta cómo empezó a construir la novela.
“Yo vivo en Ica y siempre veía, de madrugada, a cientos de personas esperando los buses en los paraderos, pero nunca me había detenido a pensar o a imaginar cómo era su realidad. Después de la investigación que hice, me di cuenta de que un artículo científico no permitía abordar íntimamente esa dimensión humana. Fue ahí cuando comencé a escribir la novela, para volcar esas vivencias, penas y tristezas que el informe técnico no podía contener”.
Donde el agua trabaja sumerge al lector en un clima de asfixia y de testimonio involuntario. La violencia no aparece de manera explícita: se gesta en las sombras. Al recorrer sus páginas, impresiona la construcción de una sintaxis de oraciones cortas y veloces, así como la paulatina despersonalización de las trabajadoras de los fundos de Ica:
El intermediario estaba anotando nombres. Cuando me tocó, me pidió el DNI. Lo tomó sin mirarme. Lo pasó por los dedos como si pesara.
–¿Nombre? –preguntó.
Se lo dije.
Escribió otro distinto.
Abrí la boca para decir algo, pero la cerré.
CUL / David Silva Rojas
–¿Cómo buscaste ese registro sintáctico y rítmico?
–Fue una decisión consciente. Quería evitar dar una explicación abstracta o teórica sobre el dolor físico, la humillación o la fatiga. Preferí describir la corporalidad con un ritmo que marcara una respiración agitada, para que el lector sintiera cómo el aire se va agotando. A medida que avanza la jornada en el campo, el cuerpo se desgasta y el pensamiento deja de enfocarse en el futuro o en el pasado. Lo único que quiere la trabajadora es descansar, que el dolor pare, dejar de sentir esa carga física. Por eso, para mí, el ritmo no es un adorno. También cuenta lo que está pasando.
–En la novela, las mujeres que llegan a la zona agroindustrial pierden su identidad. En las listas les deforman o cambian el nombre, se las despoja de su historia previa y pasan a ser evaluadas únicamente por la cantidad de cajas que cosechan. ¿Qué sucede con esa identidad?
–En sus comunidades de origen, en la sierra, la protagonista era la hija de alguien, la vecina, la amiga. Cuando llega al fundo agroindustrial empieza a perder todo eso y queda reducida a una cifra: cuánto puede producir, cuántas cajas puede cosechar. En las filas de anotación no hay margen para protestar: quien tiene el cuaderno ejerce el poder y, si alguien reclama porque anotaron mal su nombre, la respuesta es sacarla de la fila. Quise mostrar cómo, detrás del llamado “boom agroexportador” y de las grandes cifras macroeconómicas, está el desgaste físico y la humillación cotidiana de quienes ponen sus manos para que otros tengan un producto en el supermercado.
–Abordar el dolor ajeno implica un desafío ético. Como abogado e investigador, ¿cómo evitaste caer en la apropiación testimonial?
–Para mí, el compromiso principal es el respeto absoluto. Uno no puede apropiarse de la experiencia de otra persona ni pretender explicar lo que siente. Yo trataba de estar ahí, escuchar y acompañar, casi como un testigo. Muchas veces hacía una pregunta y la conversación se desbordaba. Aparecían pausas, silencios, frases que surgían por vergüenza o por temor. Recuerdo a una trabajadora que me dijo: “Siento que no valgo nada, porque pienso que solo me quieren por mis manos para cosechar”. Creo que las tres cosas se cruzan en mi trabajo. Como abogado, tengo muy presente la defensa de los derechos humanos. Como investigador, aprendí a escuchar sin interrumpir cuando alguien necesita desahogarse. Y después está la empatía, tratar de ponerse en el lugar del otro.
–La violencia y las desapariciones ocurren fuera de escena o en los márgenes del relato. ¿Por qué elegiste no mostrarlas directamente?
–No tuve dudas en dejar la violencia fuera de cámara. Mostrar el dolor de manera explícita, o incluso morbosa, me parecía innecesario. Me interesaba más mostrar sus síntomas, sus consecuencias, lo que esa violencia provoca en las personas. En la vida real de esos fundos, cuando alguien desaparece, nadie da una explicación oficial ni viene una comisión a informar; la respuesta del sistema es: “Eso no te importa, tú estás aquí para cosechar”. Entonces el horror se reconstruye a través del rumor, de las ausencias y del respeto hacia el sufrimiento del personaje.
–El jurado del premio destacó que “el silencio es tal vez lo más elocuente de la novela” y subrayó el goteo sutil de la sintaxis y el rechazo a la declamación o al panfleto ideológico. Tu formación literaria transcurrió en Japón. ¿Cómo influyó en tu manera de escribir?
–Viví en Japón cerca de veinte años. Me mudé siendo muy joven. Tenía familia allí y tuve la oportunidad de que me llevaran a estudiar. En esa época, en el Perú, atravesábamos un momento de hiperinflación, de conflicto armado, de coches bomba y de todo lo demás. Por suerte tuve la posibilidad de que me dijeran: “¿Por qué no vienes a estudiar aquí? Quizás así puedas tener un futuro mejor”. Y aproveché esa oportunidad. Allí me formé en los programas de escritura dramática de Gamagōri y en los talleres de guion del NHK Bunka Center. Una de las cosas más importantes que aprendí en Japón fue a no explicar todo: no moralizar, no interpretar en el texto, dejar que el lector descubra e infiera lo que está pasando. También incorporé algo de la estética japonesa, como el principio del Ma, ese valor que tienen el vacío, la pausa y el intervalo. Y la economía verbal del haiku: si puedes decir algo con pocas palabras, dilo. Eso también lo aprendí en la vida cotidiana. Una persona que está sometida a estrés constante o a vejaciones no habla necesariamente de una manera ordenada, analítica. Muchas veces habla en ráfagas cortas, y ahí también aparece ese dolor contenido.

–Decís que aprendiste a decir las cosas con pocas palabras en el día a día. ¿Cómo fue ese proceso?
–Cuando llegué a Japón no fue un mar de rosas. Llegar a un país donde uno no habla el idioma, no entiende nada y, además, la escritura es completamente distinta, es difícil. Aprendí a observar, a mirar los gestos de las personas. Con un gesto uno puede darse cuenta de cuándo alguien está molesto, alegre o prestando atención, sin que medie una sola palabra. Creo que en eso me convertí: en una especie de detective de gestos. Aprendí a mirar los ojos, un quejido, un ceño fruncido, el movimiento de las manos. Y también aprendí a prestar atención a las cosas cotidianas. Siento, además, una identificación con las personas que tienen que dejar a quienes conocen o a sus seres queridos en un lugar para irse a otro en busca de una vida mejor. Ya sea desde el interior del país o de un país a otro, todos nos vamos buscando algo mejor y tratando de darles una vida mejor a otras personas. Es también el caso de mi protagonista.
–El espacio geográfico de Ica plantea un contraste muy concreto: la sierra de donde proviene la protagonista, con sus ríos de agua libre, frente a las haciendas agroexportadoras del desierto, donde el agua es encauzada en canales y pozos subterráneos. ¿De ahí surge el título Donde el agua trabaja?
–Es una imagen muy concreta de Ica. En la sierra el agua corre libre y llueve en abundancia. Pero en el desierto de Ica el agua se extrae de pozos subterráneos y se distribuye por horarios y circuitos estrictos. Es como si al agua también la hubiesen puesto a trabajar, junto a los peones.
–Cristina Rivera Garza señaló que es fundamental que la narrativa contemporánea vuelva a ocuparse del trabajo rural. ¿Considerás que hay una búsqueda hacia este terreno en la literatura latinoamericana actual?
–Tradicionalmente, la literatura estuvo muy centrada en los conflictos urbanos. Cuando la mirada se desplaza hacia los campos agroindustriales aparecen personas que muchas veces quedan reducidas a estadísticas. La literatura no va a transformar una realidad social por sí sola, ni de la noche a la mañana. Pero sí puede cambiar la manera en que miramos a los demás y modificar la conversación que tenemos sobre esas realidades.
–Leí que, cuando recibiste la noticia del fallo del Premio Almadía-Ventosa Arrufat, estabas leyendo a Juan Rulfo. ¿Es verdad?
–Estaba releyendo El llano en llamas, de Juan Rulfo. Tenía el libro abierto justo en el inicio del cuento “¡Diles que no me maten!”, un texto desgarrador sobre el despojo, al que acudo cuando me siento melancólico o afectado por las injusticias del ejercicio profesional. En ese instante sonó el teléfono. Al principio dudé en responder porque sentía que era un desacato interrumpir a Rulfo por una llamada. Pero atendí, y me anunciaron que había ganado el primer premio entre miles de obras. Sentí un vértigo enorme, como si pudiera tratarse de un error de sobres o de una broma.

–La novela se editó en México, España, Argentina, Colombia y Perú. ¿Qué esperás de la lectura?
–Ahora espero que el lector sepa que no solo mi protagonista, sino cualquier persona, en cualquier tipo de actividad, puede atravesar este tipo de situaciones y de contextos, y que hay personas a quienes les pasan estas cosas. No hay que ser indiferente: creo que por ahí empieza el cambio, que uno mismo pueda saber, a partir de ahora, que no estamos solos y que, cuando vemos en el supermercado cualquier producto, hay una vida detrás de eso.
David Silva Rojas básico
- Nació en Ica, en 1981, y es abogado, investigador y narrador.
- Marcado por una temprana mudanza a Japón, su formación literaria se consolidó en los programas de escritura dramática de Gamagōri y en los talleres de guion del NHK Bunka Center.
- A los veinte años obtuvo el primer puesto en el certamen literario Novo Mundo, organizado por la Municipalitat de Toyohashi, con el relato en portugués “O rastro da canela”.
- De esa experiencia nipona aprendió una concepción narrativa influida por principios estéticos orientales como el Ma (el valor expresivo del vacío y el silencio), la economía verbal del haiku y una construcción dramática donde el sentido suele revelarse a través de lo que permanece fuera de escena.
Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas (Almadía)
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