Cynthia Wila, psicóloga: La culpa es una prisión que inmoviliza el deseo

¿Dónde, cuándo y cómo aparece la culpa? En los mandatos familiares, en los desafíos profesionales, en los vínculos de pareja, en la crianza de los hijos, en la manera de sostener una vida cuando no hay descendencia, en la vejez y hasta en la forma de decir que no. La culpa, asegura la psicóloga Cynthia Wila, está oculta en cada pliegue de la vida, desde el comienzo de los tiempos, y es parte constitutiva de la condición humana.

La culpa como una prisión, como método de manipulación, como respuesta a la mirada de los demás y como un sufrimiento que, a veces, puede ser evitable. La especialista acaba de publicar La culpa (Paidós), un ensayo que aborda todos los actos cotidianos (y no tanto) donde este sentimiento acecha.

En diálogo con Clarín, la autora desentrañó los movimientos y lugares desde donde opera el más universal de las sensaciones, esa de la que nadie puede escapar.

La culpa, ese zumbido del que no podemos escapar

La escritora se refirió a cada espacio donde habita la culpa, desde la maternidad hasta los triunfos personales. La comparación con el acúfeno, el peso de la mirada del Otro y la necesidad del castigo.

– A lo largo del libro mencionás los numerosos actores que intervienen en la culpa: la cultura, la religión y la familia, entre otros. ¿Es posible liberarse de todo esto o estamos condenados al sentimiento de culpa?

– No podemos liberarnos porque pertenecemos a esta cultura y, estos actores de los que vos hablás, nosotros los llamamos el Otro o el Gran Otro, que es una instancia simbólica que nos da entrada al mundo. Y el mundo tiene que ver con la cultura y el lenguaje, con lo cual ahí ya comienzan las primeras marcas que nos condicionarán la vida, tanto para desear, para sufrir, como para sentirnos culpables.

Cynthia Wila:

– ¿En ese Otro, hay alguno de estos actores que sea más determinante o todos operan por igual?

– No sé si por igual; todos son determinantes, pero dependerá de las experiencias sensibles de cada sujeto cómo van a operar estos actores y cómo van a impregnar las heridas psíquicas. Hablamos del lenguaje que nos espera, los condicionamientos religiosos, las leyes, las prohibiciones, la moral, los mandatos que vienen dados por nuestros progenitores, por la genealogía a la cual pertenecemos, por la escuela, los que están -sobre todo en los primeros años de nuestra vida-, los que nos esperan en el mundo.

Entonces, de acuerdo a las experiencias que tengamos -cada experiencia es subjetiva– la pregnancia de estos otros será más o menos fuerte y dependerá de las palabras, los actos o los gestos que puedan mostrarnos y que podamos ver, percibir o imaginar. Hay actos que podrán ser más amorosos, hay escenas que podrán ser más placenteras y hay otras que podrán ser más torturantes.

Todo esto va estructurando las psiquis de los sujetos y se van marcando las heridas psíquicas a las cuales después deberemos responder. Estas heridas psíquicas son ojos, bocas, voces, miradas que nos hieren y que articulan en nosotros una especie de pacto. Y esos pactos están en una espera: esperan que paguemos.

– ¿Y cómo se paga?

– Con culpa. La espera es una deuda. Entonces, nosotros pagamos esas deudas con culpas y con su consecuencia, que son los castigos, los autocastigos, las automutilaciones, los síntomas, las inhibiciones, las angustias.

Con todo esto llegamos al mundo, vivimos y tenemos que vérnosla para poder salir y tratar de construir un camino que tenga más que ver con el deseo y no con el sentimiento de culpa, que nos aborda, que nos aprisiona, que nos detiene, que nos deja inmóviles. La culpa es una prisión que inmoviliza el deseo.

Cynthia Wila:

– Justamente afirmás que ya cuando nacemos, nacemos en deuda.

– Nacemos en deuda con el Otro. Incluso en deuda con los que nos precedieron; en deuda con los muertos. Nosotros somos, sobre todo, quienes nos anteceden. Hay una literatura anterior a nosotros, que nos precede y nos condiciona.

– ¿Y cómo logra impregnarse eso en nuestra vida y en nuestras elecciones?

– Se impregna tanto, de tal manera, que nosotros creemos que somos libres. Y lo cierto es que no es así. Estamos determinados por el discurso del Otro, siendo el Otro este lugar simbólico que nos espera en la vida (el lenguaje, Dios, las religiones, la moral, las prohibiciones, las leyes, los mandatos).

Entonces, como estamos tan impregnados de mandatos -que en principio, cuando somos chicos, aparecen de la mano, de las voces y de las miradas de papás, mamás, educadores o gente que está a nuestro alrededor en nuestra infancia- que marcan prohibiciones y exigencias y que luego condicionarán la vida de tal manera, porque el mandato siempre impone el temor a la pérdida del amor. Entonces, lo que sucede con el mandato es que incluso reemplaza al amor por el temor.

Propone que el amor sea suspendido y, por ende, su compañero el deseo, y que aparezcan el miedo y, su consecuencia, la culpa. Por supuesto que hay mandatos que sirven para vivir, los mandatos que conducen a limitar la energía agresiva -la pulsión de muerte– son mandatos que están muy bien, pero no solo se limitan a eso, sino a guiar, juzgar y limitar nuestra vida, que es lo mismo que limitar nuestro deseo.

– En tu caso, contaste que tu papá tenía una expectativa muy fuerte con vos y que te fue difícil porque sentías culpa todo el tiempo, ¿cómo podemos hacer, como padres y madres, que esa expectativa no sea una carga tan pesada?

– Yo fui la primera hija y, muchas veces, con los primeros hijos se tienen todas las expectativas, incluso las expectativas de las cosas que uno mismo, padre o madre, no ha podido hacer; entonces las vuelca en las aspiraciones de sus hijos, lo cual es bastante terrible, porque instalan una exigencia muy fuerte y de imposible cumplimiento.

Yo no voy a poder cumplir, nunca voy a poder satisfacer tu deseo y mucho menos tus deseos inconclusos, las cosas que vos en algún momento aspiraste y no pudiste lograr. Todos los padres, madres o quienes están en nuestra crianza aspiran algo de nosotros: a veces, lo hacen con escenas o palabras terribles y, a veces, lo hacen con palabras amorosas. Pero, de cualquier modo, aunque haya un modo amoroso de transmisión, aunque haya sonrisas y amabilidad, eso no te inhibe de generar en el otro una expectativa: ¿qué quieren de mí?

Cynthia Wila:

Entonces, los hijos nos estaremos preguntando todo el tiempo en relación con nuestros padres, las personas en relación con el sistema y la cultura o a la religión, qué quieren de mí, cómo me quieren. Y esa pregunta genera angustia y culpa, porque hagas lo que hagas, va a ser imposible satisfacer el deseo del Otro; también va a ser imposible satisfacer el propio, con lo cual esta pregunta estaría bueno conmoverla, porque si no es inagotable, conlleva una ansiedad, angustia o determinados momentos de culpa que son muy dolorosos.

– ¿Y sirve rebelarse contra esto de todos modos vamos a seguir sintiendo la misma culpa y el mismo peso?

– No sé si rebelarse, pero sí preguntarse, elaborar qué es lo que me está pasando, intentar pensar cuál es en realidad la responsabilidad respecto a esto de lo que me acuso. Para asignar la culpa a los verdaderos culpables y dejarnos del lado de la responsabilidad de nuestros actos, sin el latigazo permanente que los ojos feroces que ahora nos acusan desde adentro nos propone todo el tiempo.

Esos mandatos, esas voces que nos indican o nos exigen cómo vivir, cuando somos adultos los introyectamos; entonces ya no nos miran solo desde afuera, sino desde adentro. Nos miramos, escuchamos nuestras quejas y, por ende, buscamos el castigo; buscamos castigarnos incluso cuando nos sentimos bien, sobre todo cuando nos sentimos bien.

Esto se llama culpa, la culpa por triunfar, la culpa por acceder a lo que deseamos. La culpa se mete por todos lados. Lo interesante es revisar el andamio que la sostiene. Tal vez no nos animamos a una transformación más importante porque toda transformación o todo cambio de lugar requiere dejar otro espacio y, muchas veces, el espacio que uno debe dejar es cómodo y conocido, aunque sea sufriente.

Construir una vida donde el proyecto personal pueda ser más placentero no es sencillo, porque primero tenés que darte cuenta de la responsabilidad que te cabe en el sufrimiento que sostenés y luego ver si te animás a romper con las estructuras que sostienen ese dolor y armar un lugar distinto.

Cynthia Wila:

– Cuando hablamos de heridas psíquicas, ¿cómo darse cuenta que ya trascendió lo saludable o lo esperable y nos está lastimando por demás?

– Es difícil mensurar el dolor. Es muy difícil esto que decís: ‘Me duele, ¿pero cuánto es de más?’. Yo te podría decir que cuando la culpa se siente en el insomnio, en esa falta de conciliación del sueño y del descanso, donde no podés dormir porque hay una rumia mental que te atormenta.

Cuando la culpa se siente en donde ves que no podés sonreír incluso cuando te están pasando cosas lindas; cuando la culpa se siente en deseos que no podés alcanzar porque hay trabas psíquicas; o cuando alcanzás un deseo y hacés todo por destruirlo.

Cuando no podés decir ‘no’ porque hay un sentimiento culposo que todo el tiempo te inhibe de retirarte de algunos lugares, de algunas demandas; o cuando no podés enfrentar lo contrario, el ‘sí’, porque hay una culpa que te detiene, te retiene.

Cuando te castigás por actos que cometiste, te pones en penitencia, te inhibís, te automutilás, te quedás encerrado porque pensás que sos una vergüenza, que el Otro no va a quererte, que no vas a poder armar lazos. Cuando sentís todo esto, ya estás en un límite, en el límite del dolor.

– Respecto a la culpa en la maternidad, mencionás que está presente si se elige ser madre, pero también al no serlo…

– Claro, la mirada del Otro social que nos condena, que condena la decisión de la no maternidad, que es muy fuerte porque va en contra de paradigmas establecidos, sobre todo paradigmas religiosos. Hay como un duelo del paradigma cultural con relación a la mujer madre. El paradigma religioso no cambió: la mujer debe procrear.

Entonces, hay un choque de paradigmas en ese sentido y la mirada social es muy cruel con la mujer que no quiere o que no puede ser madre. La mujer que no quiere ser madre es tildada de egoísta, la mujer que no puede ser madre es tildada de fallida.

Hay ojos crueles desde lo cultural, entonces la transacción psíquica para soportar esta mirada social que nos condena es entregarle nuestra culpa al sistema para poder resguardar el deseo de la no maternidad. Pero las mujeres que son madres también se sienten muy culposas muchas veces, porque aparece un bebito al que desde la mirada social hay que amar desde el primer día, cuidar y atender a costa de desatenderte vos.

Aparecen muchas culpas que incluso la mujer por vergüenza no dice, se guarda. La relación con un Otro hay que construirla, somos seres de la cultura. Nada de lo que hacemos -y mucho menos la maternidad o la llegada a un hijo- tiene algo de instintivo; no existe el instinto para los humanos.

La llegada de un hijo impone la necesidad de la construcción de una relación amorosa que se da con el tiempo; y, en el medio, a la mujer le pasan muchas cosas a nivel físico, hormonal, emocional, de tiempo, de sueño, de sueños postergados que, la cultura, el Otro, la mirada de los Otros no tienen muy en cuenta. Entonces, la mujer se siente bastante sola, incluso si siente deseos y amor por ese bebé.

Cynthia Wila:

– Comparás el zumbido del acúfeno con la forma en que las personas tapamos la molestia o el dolor de la culpa.

– Sí, yo hablé del acúfeno porque me pareció una analogía interesante. Los acúfenos son zumbidos permanentes que no desaparecen. Las personas que tienen acúfenos tratan de simularlos, a veces poniendo música, a veces con auriculares, a veces con sonidos de otras características para tratar de bajar esas voces.

Lo mismo hacemos nosotros con la culpa: para simular esas voces lo que hacemos es buscar alguna especie de castigo. El castigo, de alguna manera, serena la culpa. Ya desde el discurso religioso, cuando sos culpable tenés que tener un castigo.

Hay una transacción psíquica: cuando te sentís culpable, hay necesidad de castigo para serenar, para contrarrestar, para pagar esa deuda. Esas son las trampas de nuestro psiquismo.

– ¿Cómo opera la culpa como método de presión o manipulación?

– Michel Foucault, en su gran obra Vigilar y castigar, propone las cárceles con el panóptico en donde los presos son vigilados, vistos en cualquier momento, incluso aunque en la torre control o de vigilia no haya nadie.

La culpa (Paidós), de Cynthia Wila. Foto gentileza.

Cuando la culpa se convierte en una prisión, aparece un panóptico interno en donde ya no necesitamos los ojos de los demás, sino que nosotros nos vigilamos a nosotros mismos. Nos vigilamos para castigarnos, para ser los jueces impiadosos de nuestros actos o de nuestras omisiones. Es decir, que armamos una prisión en donde somos los prisioneros, los carceleros, los jueces, los fiscales y los muros mismos de la prisión.

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fuente: CLARIN

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