Cuando el odio no se apaga

Hay una fecha que los algoritmos recuerdan mejor que muchos analistas políticos: el 7 de octubre de 2023. Ese día, pocas horas después del ataque terrorista de Hamas contra Israel, el Observatorio Web —la iniciativa conjunta del Congreso Judío Latinoamericano, la DAIA y la AMIA que monitorea el discurso de odio en internet— comenzó a registrar un crecimiento sin precedentes del antisemitismo en redes sociales.

Lo más revelador no es solo la magnitud del fenómeno, sino cuándo ocurrió. Mientras en septiembre de 2023 se detectaban en promedio 4.000 contenidos antisemitas, solamente el 7 de octubre la cifra llegó a 200.000. El odio no esperó la respuesta militar de Israel ni las imágenes de Gaza. Se activó el mismo día en que judíos eran asesinados, secuestrados y vejados.

Ese dato obliga a reflexionar sobre una realidad incómoda: el antisemitismo digital no fue consecuencia exclusiva de la guerra. Los hechos sugieren que el conflicto actuó como detonante de prejuicios que ya existían y encontraron una oportunidad para expresarse.

El Informe Anual sobre Antisemitismo en Internet 2025 refuerza esa conclusión. Elaborado sobre más de 118 millones de contenidos en siete plataformas digitales, muestra que, aun después del alto el fuego alcanzado en octubre de 2025, los niveles de antisemitismo online no regresaron a los registros previos al 7 de octubre de 2023.

En X, el contenido antisemita representó el 20,68% del total relevado. En Facebook, el 14,98%. En portales digitales de noticias, el 15,16%. Tres años después del ataque y con el conflicto formalmente detenido, el odio sigue circulando. Ya no depende del acontecimiento que lo impulsó. Se volvió parte del paisaje digital.

Uno de los argumentos más utilizados para relativizar este fenómeno sostiene que se trata simplemente de una reacción política al conflicto en Medio Oriente. Sin embargo, los datos muestran que el antisemitismo comenzó antes de la respuesta militar israelí y persistió después del cese de las hostilidades.

Los analistas del Observatorio Web también advierten cómo el término “sionista” fue utilizado en numerosos casos como sustituto de “judío”, permitiendo expresar prejuicios históricos bajo una apariencia de debate político legítimo.

La Argentina no está al margen de este fenómeno. Nuestro país alberga unauna de las comunidades judías más importantes del mundo fuera de Israel y Estados Unidos y conserva la memoria del atentado a la AMIA, el mayor ataque terrorista de América Latina.

Las consecuencias del odio digital no permanecen confinadas a las pantallas. Según la Fiscalía especializada en Discriminación de Buenos Aires, las denuncias por antisemitismo crecieron casi un 90% en el período posterior al 7 de octubre de 2023. Detrás de esos números hubo agresiones, amenazas y personas que optaron por ocultar su identidad por temor.

La convivencia democrática no se sostiene sola. Requiere responsabilidad de las plataformas digitales, compromiso de los Estados, prudencia de los medios de comunicación y participación activa de los ciudadanos.

Los discursos de odio no afectan únicamente a quienes son su objetivo inmediato. Debilitan los vínculos que sostienen a toda la sociedad. La historia demuestra que una comunidad que normaliza la exclusión rara vez la limita a un solo grupo.

Tres años después, la pregunta sigue vigente: qué tipo de convivencia queremos construir y qué estamos dispuestos a hacer para defenderla. El fuego no se apaga solo. Tampoco se apaga mirando para otro lado.

fuente: CLARIN

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