
El imponente Congreso de Aapresid, que se celebró la semana pasada en el Centro Metropolitano de Rosario dejó las pilas recargadas. Una organización impecable, con la fuerza de Exponenciar, en un predio que quedó chico para albergar a más de 6.000 asistentes durante los tres días del gran “think tank” del agro.
Algo único en el mundo, ya lo dijimos en el editorial de Clarín Rural del sábado pasado. Un hecho corroborado por algunos participantes (de aquí y de afuera) que vinieron por primera vez al encuentro. Profesionales, productores, empresarios, altos ejecutivos de organizaciones clave para el agro. Parafernalia de lanzamientos, presentaciones, decenas de conferencias y mesas redonda, “livings” con expertos de todos los colores y todos los eslabones de una cadena increíble.
Es la que explica el salto productivo de las últimas tres décadas, cuando pasamos de menos de 50 a más de 150 millones de toneladas de granos, que además tienen más valor por el crecimiento de la demanda global. No fue magia.
También el sábado pasado, rescaté del arcón de los recuerdos la visita del experto de Kentucky Shirley Phillips, invitado al país por el ing. agr. Jorge Cazenave, quien armaría una consultora de primerísima línea junto a su amigo Enrique Gobbée. Ambos, importantísimos en los albores de la Segunda Revolución de las Pampas. El Estudio, hoy Cazenave y Asociados, dio lugar a muchos emprendimientos de gran envergadura. Hoy forma parte de la compañía de semillas de algodón Gensus, que se abre paso con nueva genética. También es parte originadora de una de las primeras plantas de biodiesel de gran escala: Patagonia Bioenergía.
Mientras tanto, un hijo de Enrique Gobbée, José, es un reconocido consultor agronómico internacional, y en el Congreso de Aapresid se anunció que formaría parte del board del segundo fondo de Innventure, cuyo lanzamiento fue uno de los puntos altos del encuentro. De la mano del joven Mayco Mansilla, uno de los que mejor captó el espíritu innovador del genoma de Aapresid, Innventure se propone ahora inyectar 30 millones de dólares de venture capital en AgTechs. Allí estuvieron varios protagonistas del fondo precursor, que canalizó 3 millones de dólares en startups con propuestas tecnológicas exitosas.
Uno de los que se presentaron es el de una empresa que desarrolló un sistema de aplicación selectiva de herbicidas. La cuestión de las malezas ha sido, desde la creación de Aapresid, el desafío a vencer para ser exitoso en siembra directa. Los antiguos implementos no solo preparaban la cama de siembra, sino que también ofrecían soluciones para combatir las malezas. Así que no era solo cuestión de sustituir los arados y rastras para acondicionar el suelo, sino que había que apelar a las rastras rotativas, los escardillos y los aporcadores para darle batalla a los yuyos que nacían con el cultivo.
Vivimos toda esa transformación. Cuando llegó la soja, entraron los herbicidas preemergentes, que se incorporaban con rastra de disco. Con eso la soja arrancaba bien. Pero se le escapaba el sorgo de Alepo, al que no había con qué darle. Hasta que llegó el glifosato, que tenía un inconveniente: mataba todo, incluyendo la soja.
Aparecieron los equipos de soguitas, las Bikini (cubrían solo “lo necesario”). Se cansaron de vender. Pero la siembra directa estaba todavía lejos.
Entonces llegó la biotecnología. La genialidad de incorporar un gen de tolerancia a glifosato, descubierto cuando se advirtió que una Petunia sobrevivía a las aplicaciones. Llegó la soja RR, la primera transgénica, y se habilitó definitivamente la siembra directa.
Pero este fue simplemente el arranque. Había que darle organicidad. Aapresid, la creación de Víctor Trucco, mucho más que un articulador, un gigantesco motivador. “Darse cuenta”, una movida en la que involucró a personajes como el recordadísimo Mario Mactas, un comunicador enorme que se maravilló con la epopeya del agro.
Se encendió un faro maravilloso, que desde hace treinta años irradia conocimiento, inquietud, polémica, debate, búsqueda de soluciones a cada problema. Algo inusual en una sociedad que tiende a encontrar problemas a cada solución.
Se superaron varias etapas, vinieron desafíos nuevos. Estamos atravesando el final de la era del glifo, que tiene mucho para dar pero ya no es lo que era. Aparecieron malezas resistentes, y cada vez más. Aparecieron también nuevas moléculas, y nuevos sistemas de aplicación. Llegan los drones. Las sembradoras siguen evolucionando. Los cultivos de servicio para mantener el campo “siempre verde”. Y ahora, la irrupción de las Brassicas, colza, carinata, camelina, que convierten a los cultivos de servicio en una nueva fuente de ingresos. Encima, vinculados con la última novedad, el biocombustible para aviación SAF.
En el camino, la Argentina se convirtió en el pionero mundial de la nueva tecnología agropecuaria, apoyada en el paradigma de la sustentabilidad. Nadie produce con menor huella de carbono, tanto por la reducción de consumo de combustibles al haber eliminado el laboreo de los suelos, como por la mejora de la materia orgánica. Más captación de agua, mejor huella hídrica. Más toneladas de grano por milímetro de lluvia caído en el cultivo.
Supimos hacerlo, y con viento de frente. Imaginemos cuando se alineen los planetas. Falta menos.
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