
Hubo una época en la que comprar algo significaba, literalmente, poseerlo. Un CD iba a una estantería, una película en DVD quedaba para siempre en casa y un software se instalaba en la computadora sin necesidad de validarlo cada vez que se lo abría.
Sin embargo, los tiempos cambian, algunos productos tecnológicos se quedan obsoletos y la forma de consumo se actualiza.
Lo transitamos sin sobresaltos y no es ajeno a nadie, pero un hecho reciente se convirtió en un golpe de realidad.
Hace unos meses, muchos usuarios de Amazon Prime Video en Estados Unidos descubrieron que el botón de “comprar” otorga una licencia de acceso, pero no de propiedad real. Esto es porque si Amazon pierde los derechos de distribución de una película o libro, el contenido desaparece de la biblioteca de los usuarios. Esto desató críticas y demandas por publicidad engañosa, y dejó en evidencia la fragilidad del consumo digital actual.
Pagar más, poseer menos
Estamos ante un cambio cultural profundo y casi silencioso: pasamos de la propiedad al acceso, y lo aceptamos con naturalidad.
Ejemplos sobran: ya no compramos música y pagamos Spotify ni tampoco adquirimos películas, pero nos suscribimos a Netflix, HBO Max y otras. Lo mismo nos pasa con los programas que usamos a diario en nuestra computadora: pagamos CapCut, Canva, Adobe, Microsoft 365 o la nube de Google todos los meses, y si dejamos de pagar, todo desaparece.
O sea que la vivencia de los usuarios de Amazon Prime Video de Estados Unidos no es una burbuja ni un hecho aislado. Una playlist armada durante años puede quedar inaccesible si una plataforma pierde derechos sobre ciertas canciones o si la dejamos de pagar, e incluso los libros electrónicos pueden desaparecer de la biblioteca virtual sin que el usuario tenga demasiado margen de reclamo.
Pero donde pega más fuerte es el mundo del software. Photoshop, por ejemplo, ya no es algo que se compra una vez, sino un servicio que se alquila indefinidamente.
El último en subirse a esta tendencia es Apple. La empresa acaba de lanzar Apple Creator Studio, una suscripción que agrupa herramientas profesionales como Final Cut Pro, Logic Pro y Pixelmator Pro, entre otras, por 13 dólares al mes. Promete funciones avanzadas de IA y contenido premium para potenciar la edición de video, producción musical y diseño gráfico en Mac, iPad y iPhone. Así agrupa en modo suscripción programas que ya ofrecía en versión propietaria de pago único.
Así como ocurre esto con herramientas de edición de video o diseño, también sucede con funciones avanzadas de celulares, autos o televisores, que se activan o desactivan según la suscripción vigente. El objeto físico está ahí, pero sus capacidades no nos pertenecen del todo.
Incluso desde hace tiempo se rumorea que un gigante como Apple adoptaría un modelo de suscripción al iPhone que ya usan las operadoras telefónicas en Estados Unidos. Esto implica pagar mensualmente para “tener” un iPhone y cambiarlo por el modelo más reciente apenas salga al mercado, sin necesidad de comprarlo y con solo entregar el equipo usado.
El modelo es simple… y las cuentas también: a la larga sabemos que el pago mensual a una suscripción es más caro que hacer una compra única, pero en muchos de los servicios que utilizamos casi no hay opción.
Más dudas que certezas
El modelo se vende con ventajas evidentes para los usuarios. Ofrece acceso inmediato, actualizaciones constantes, menor costo inicial y una experiencia más integrada. Pero todo eso no alcanza para ocultar que el sistema de suscripción también trae una dependencia inédita. Dependemos de servidores, de largos contratos que no leemos y de decisiones empresariales que pueden cambiar de un día para el otro sin nuestro consentimiento.
La pregunta incómoda queda en el aire: ¿qué pasa con nuestra relación con la tecnología cuando todo es transitorio? Si nada es realmente nuestro, ¿qué estamos construyendo? ¿Una colección, un archivo personal, una memoria digital… o solo un acceso temporal mientras dure el pago y la buena voluntad de una plataforma?
Tien Tzuo, CEO de Zuora -una plataforma de software en la nube- y autor de “Suscripto: por qué el modelo de suscripción será el futuro de tu empresa”, afirma: “El mundo se está moviendo de productos a servicios y los consumidores prefieren acceso sobre propiedad”.
Sin embargo, no todos piensan como él y luchan contra el modelo corporativo de alquiler temporal. Un ejemplo es el de la organización Public Knowledge, que, junto a otras 16 entidades, sale en defensa de los derechos digitales: “La propiedad debe significar algo en la era digital. Si una transacción no incluye los derechos esenciales de uso, conservación y transferencia, no debería llamarse ‘venta’”.
Tal vez el problema no sea la suscripción en sí, sino haber naturalizado que cada día hay menos alternativas.
En un mundo cada vez más digital, la discusión sobre la propiedad vuelve a ser central. Pagar sin poseer puede ser inmediato y práctico, pero también nos deja en una posición frágil. Y en esa fragilidad hay algo que incomoda: la sensación de que, aún rodeados de contenidos, música, películas y herramientas digitales, en realidad no tenemos nada en las manos.
* El autor es periodista. [email protected]
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