
“Las palabras se llevan el secreto”
De alguna manera, esta frase encierra una paradoja del lenguaje: lo que se expresa revela algo, pero, al mismo tiempo, oculta. Según esta idea, el secreto no desaparece al ser expresado, sino que, por el contrario, viaja con las palabras y adopta varias formas, como la insinuación o la ambigüedad, que el lector debe descifrar. La literatura, de esta manera, sería el lugar donde el silencio se vuelve forma y el enigma encuentra lugar en el lenguaje.
Siguiendo este concepto, las palabras no agotan la experiencia, sino que la rodean, la bordean y la traducen parcialmente. El secreto puede entenderse como aquello íntimo, emocional o simbólico que se desplaza, se esconde y reaparece en imágenes, metáforas y voces narrativas. La frase apunta a una ética de la escritura que confía en la inteligencia del lector y en el poder evocador del lenguaje.
En la era de las redes sociales, la literatura reivindicaría el derecho al secreto, a lo no dicho, a la complejidad. Porque, según la frase de la escritora mexicana Silvia Molina, la buena escritura invita a leer entre líneas, a detenerse y a interpretar. Frente a la saturación de discursos explícitos, permanece como un espacio donde el sentido se construye de manera lenta y donde el silencio tiene un valor expresivo.
Así, la frase conserva actualidad porque nos recuerda que la literatura no compite con el lenguaje ni con la comunicación inmediata. Su fuerza reside precisamente en su capacidad de guardar secretos, de preservar zonas de sombra que hacen del acto de leer una experiencia profunda y transformadora.
¿Quién es Silvia Molina?

Silvia Molina (1946) nació en la ciudad de México y estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Vicepresidenta del Seminario de Cultura Mexicana y vocal de la Sociedad Alfonsina Internacional, ejerció como directora de la Coordinación de Publicaciones del INBA; profesora visitante en la Brigham Young University de Utah; agregada cultural en la Embajada de México en Bruselas y directora de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.
En 1977 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por La mañana debe seguir gris, y en 1992, el Premio Nacional de Literatura Infantil por Mi familia y la Bella Durmiente cien años después. Otras obras galardonadas son El amor que me juraste, Quiero ser la que seré y Álbum de la Patria.
Su obra se caracteriza por una prosa cuidadosa, sensible y reflexiva, atenta a la construcción de la identidad, la memoria y el lenguaje.

Esto convierte a Molina en una figura central de las letras mexicanas, valorada por su capacidad de escribir para distintos públicos sin renunciar a la profundidad literaria.
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