
“Un centro gigante de procesamiento de datos puede ser una inversión de U$S 25 mil millones y emplear a 40 personas, no más”, advierte Carlos Zárate, especialista tecnológico que impulsó en su momento la llegada de Motorola e Intel a Córdoba. Esas compañías terminaron retirándose hace años, pero sembraron la semilla de la industria del software a nivel local.
En diálogo con La Voz, Zárate también cuestiona cuánto empleo y actividad local pueden generar esas instalaciones que promueve el Gobierno nacional.
Fruto del avance de la inteligencia artificial (IA), anticipa un desplazamiento laboral que comenzará por los trabajadores menos capacitados y alcanzará después funciones administrativas y políticas. En su libro recientemente publicado, “El desafío civilizatorio de la Inteligencia Artificial”, Zárate analiza esa transformación y sus consecuencias económicas, energéticas y geopolíticas.
–¿Qué es lo que habitualmente la gente menos afín a la tecnología no entiende de la IA?
–La gente piensa que hay una sola, cuando en realidad es una capacidad tecnológica con la que se hacen sistemas, programas y aplicaciones. Yo la llamo una “metatecnología”, porque potencia las tecnologías existentes y utiliza las redes de comunicaciones que construimos durante los últimos cincuenta años. La complicación empieza cuando millones de programas se relacionan entre sí, ganan autonomía y forman redes: no estamos hablando solamente de conversar con una aplicación que responde como un ser humano.
–¿Qué significa para Argentina convertirse en una potencia en IA?
–No sé qué significa eso cuando se anuncia, aunque creo que deberíamos desarrollar esa capacidad y atraer inversiones. Pero, un centro de procesamiento puede costar U$S 25 mil millones, tener 30 o 40 empleados y requerir el mantenimiento de la planta. Aún así, presta un servicio cuya facturación se realiza afuera del país. El negocio nuestro, en todo caso, va a ser venderles energía, aunque necesitamos algo más que alojar infraestructura: producir servicios para el mundo, como hicimos con el software.
–¿Cómo se construye esa capacidad?
–Con Motorola e Intel logramos crear en cinco años un impulso para una industria nueva en Córdoba. Yo era director de relaciones gubernamentales de Motorola y desarrollaba nuevos negocios. Después, la condición para trabajar en Intel fue que me dejaran impulsar un centro de desarrollo acá. Hay que atraer los centros de procesamiento, pero, más que nada, la posibilidad de que nosotros seamos productores de servicios para el mundo, porque ahí aparece una oportunidad distinta.
–¿La IA va a reemplazar trabajadores?
–Sí, expulsa mano de obra, especialmente la no capacitada y la que realiza tareas repetitivas, que es donde empieza este proceso. Las empresas incorporan sistemas para ahorrar gastos y ganar productividad; al sacar gente, mejoran sus números y vuelven a implementar más sistemas. Es una bola de nieve que avanza desde los niveles operativos hacia los administrativos, y en el libro analizo qué puede pasar en la ciudad, el campo y la industria.
–Los desarrolladores dicen que la IA nos liberará de tareas repetitivas para dedicarnos a crear, ¿usted cómo lo ve?
–No será así para todos, porque quienes hacen cosas creativas necesitan educación, tiempo y una estructura social que los acompañe. Los primeros expulsados van a ser los de menores recursos y menor formación, y habrá que mantenerlos o contenerlos de alguna manera. Estamos creando un problema social y político muy grande: no alcanza con prometer libertad respecto del trabajo sin explicar quiénes podrán aprovecharla, cómo vivirán y con qué financiación. Hablan de un ingreso para que la gente viva, pero la pregunta es qué soporte económico tendrá y qué lugar ocuparán esas personas en la sociedad cuando pierdan el trabajo que organizaba sus días y les permitía sostener a sus familias.
–Pero, cómo puede impactar, por ejemplo, en oficios, como un panadero?
–Puede estar trabajando con 10 o 15 personas y encontrarse con un competidor que incorpora un sistema, aprieta cuatro teclas y automatiza la producción. La automatización y la reducción de personal son las que van sacando gente, primero de los niveles más bajos de la estructura social. Para esos trabajadores no alcanza con hablar de ocio creativo, porque su vida estaba organizada alrededor de otra actividad y necesitan una respuesta económica y social.
–¿Qué puede pasar en la administración pública?
–El aporte operativo de la IA es y será enorme, pero termina sacando gente, porque un expediente digital pasa por etapas que pueden automatizarse sin tener una persona detrás de cada una. Mi proyección es que en 20 años la administración pública podría manejarse de manera casi autónoma, con una reducción profunda de la intervención humana. El problema es que también necesitamos política: la política media entre los seres humanos y esa función no desaparece porque automaticemos un trámite.
–Dicen que la IA todavía está concentrada en actividades donde hay lenguaje e imágenes y no tanto en otras cosas, como la producción industrial.
–No, está en todos lados y yo mismo trabajo en proyectos del agro, tambos y empresas de la agroindustria de Córdoba, entre ellos aplicaciones de visión computacional. El texto y las imágenes son mecanismos de interacción con las personas, pero eso no significa que la IA necesite siempre al humano para operar. Estamos generando sistemas que se interrelacionan para ganar operatividad y economía, y esa búsqueda explica tanto su incorporación a la producción como sus efectos sobre el empleo.
–¿Por qué vincula esta transformación con la disputa entre China y Estados Unidos?
–Porque debajo de empresas como Nvidia (fabrica microchips para la IA) hay cuatro o cinco escalones de una cadena de valor que depende de insumos, procesadores, memorias y equipos industriales. Taiwán, el sur de Japón y Corea del Sur concentran capacidades estratégicas y están expuestos a un conflicto regional que puede impactar directamente sobre la industria estadounidense. China, además, tiene una capacidad industrial enorme: no alcanza con saber dónde está un mineral, también importa quién puede procesarlo e incorporarlo a esa cadena tecnológica.
–¿Hasta dónde puede escalar la demanda eléctrica por el consumo de IA?
–La energía que hace falta es enorme y exige inversiones gigantescas para acompañar las proyecciones de expansión de la IA. El problema es quién pone esos recursos, porque las empresas necesitan que los gobiernos financien infraestructura energética para poder seguir vendiendo y ampliando sus negocios. Ni China ni Estados Unidos pueden frenar fácilmente esta carrera, porque arriesgan empleo, competitividad y posición geopolítica, pero el dinero debe salir de algún lado y compite con otras necesidades.
–¿Hablamos de cambios lejanos o de algo que puede ocurrir pronto?
–Hace cinco años se hablaba de 2045, 2050 o 2100, y ahora muchas hipótesis se ubican en 2030 o 2035. Las estimaciones sobre una singularidad tecnológica, entendida como el momento en que la tecnología supera nuestras capacidades, también se fueron adelantando, aunque no sabemos cuándo podría ocurrir. No digo que esos escenarios estén asegurados, digo que estamos recién empezando a ver una parte mínima de lo que puede pasar y que el cambio puede ser gigantesco.
–¿Por qué escribió este libro?
–Porque esto cruza tecnología, política, economía, finanzas, energía, materiales y educación, y para entenderlo hay que mirar toda esa amplitud. Fui reacio a incluir el último capítulo, sobre cómo puede cambiar la vida de las personas, porque plantea hipótesis fuertes sobre los próximos 10 años.
–¿Puede ser un apocalipsis, para usar un término cinematográfico?
–Si apocalipsis significa un gran armagedón, creo que no. Si apocalipsis significa lo que significaba en la acepción griega, sí, es un cambio gigantesco. El cambio va a ser feroz. Todavía es responsabilidad del humano: tenemos responsabilidad sobre lo que estamos haciendo y sobre la posibilidad de cambiarlo, porque no todo depende de una inercia inevitable.
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fuente: inteligencia artificial expulsa mano de obra” – La Voz”> GOOGLE NEWS



