
Por Mg. Lautaro González Amato*
En 2026 la comunicación política ya no se puede pensar desde la lógica del “candidato estrella” y el spot repetido en loop hasta el cansancio. Entre inteligencia artificial, regulaciones sobre contenidos en plataformas, auge de influencers y fatiga social frente a la polarización, el eje se desplaza: de las figuras individuales a los ecosistemas de sentido, de los partidos a las causas, de los mensajes lineales a los sistemas vivos que escuchan, aprenden y se adaptan.
Como ya anticiparon Jay Blumler y Denis Kavanagh al hablar de la “tercera edad” de la comunicación política, la campaña deja de ser un momento y pasa a ser un sistema en funcionamiento permanente.
[Tres movimientos para leer lo que viene]
Durante décadas, las campañas se organizaron alrededor de una figura omnipotente: el candidato que concentra recursos, cámaras, ideas y esperanzas. En 2026, esa lógica muestra sus límites.
Lo que empieza a importar de verdad no es tanto “quién habla” sino qué sistema de sentido se activa cuando el candidato habla. Es decir: las campañas con anclaje real serán las que activen comunidades, no solo audiencias; los liderazgos que construyan causas, no slogans de temporada, serán los que se destaquen; y, finalmente, los equipos que diseñen ecosistemas narrativos –más que piezas sueltas para llenar grillas– serán el soporte esencial para lograr las metas que las estrategias se propongan. En términos de Manuel Castells, la disputa del poder se juega cada vez más en la capacidad de construir “redes de significado” antes que en la simple emisión de mensajes.
Además, el consumo informativo se está completando fuera de los medios tradicionales. Informes sobre América Latina, como los del Latinobarómetro o el Digital News Report del Reuters Institute, muestran que una porción creciente de la población se informa y opina desde redes, grupos de mensajería e influencers que traducen la agenda pública a formatos cortos, fragmentados y emocionales.
Eso obliga a un giro: las personas no “apoyan” solo a un candidato; adhieren a mundos posibles. Quieren saber a qué comunidad entran cuando se suman, qué estilo de vida, visión de futuro y “nosotros” se promete.
Por eso, las campañas que mejor performen se volverán distribuidas: muchos nodos, voceros y lenguajes. Serán adaptativas: donde la principal virtud sea la capacidad de escuchar datos, testear mensajes y corregir de manera inmediata.
Las campañas colaborativas también serán una herramienta potente, porque permitirán integrar creadores de contenido, movimientos y organizaciones. Como sugiere la socióloga Zeynep Tufekci al analizar las movilizaciones en la era de las redes, la clave ya no es solo “convocar”, sino construir infraestructuras de colaboración que sobrevivan a la ola inicial de atención.
La pregunta de fondo dejará de ser “¿cómo hacemos para que conozcan al candidato?” para pasar a preguntarse: “¿qué mundo estamos invitando a construir y quiénes van a habitarlo?”
[El poder se desplaza: de las cúpulas a las causas]
El poder político no desaparecerá, pero cambiará de forma. No se evapora el Estado, sino que emergen lo que podríamos llamar “Estados célula”: gobiernos locales, equipos técnicos, agencias específicas que construyen legitimidad en torno a políticas concretas (clima, transporte, seguridad, género, salud mental), muchas veces por fuera de la épica nacional clásica.
Al mismo tiempo, los partidos pierden el monopolio del sentido. El poder simbólico circula cada vez más en los movimientos sociales que marcan agenda (feminismos, socioambientalismo, diversidades); comunidades digitales que se autoorganizan en X, TikTok, Twitch, WhatsApp o Telegram; y microcausas con alto impacto emocional (una escuela, un humedal, una deuda, una injusticia puntual) capaces de encender ciudades enteras.
En América Latina ya hay estudios que muestran cómo gobiernos, partidos y oposiciones adaptan sus estrategias a la centralidad de las plataformas, donde la disputa cotidiana se da entre contenidos oficiales, medios, activismo y creadores independientes. La “sociedad red” que describió Castells hace años hoy se vuelve, también, una “política red”, con múltiples centros de emisión y legitimidad.
La tendencia es clara: las causas organizan a las personas más que las estructuras. Eso tiene un doble filo para la comunicación política: abre la posibilidad de construir coaliciones nuevas alrededor de propósitos claros, por fuera de los sellos tradicionales; pero también fragmenta el espacio público en burbujas que solo se conmueven por sus propios dramas y algoritmos. El abogado y ensayista estadounidense Cass Sunstein advirtió hace tiempo sobre el riesgo de los “enclaves de opinión” que se retroalimentan a sí mismos: hoy, las campañas se mueven en ese terreno todos los días.
En 2026, el liderazgo más inteligente no será el que se encierre en la cúpula, sino el que logre tejer causas, comunidades y Estado en un mismo relato practicable.
[Inteligencia artificial: aceleración, no reemplazo]
La IA no viene a reemplazar la política. Viene a exponer sus límites. En comunicación política, la IA ya automatiza contenidos en múltiples formatos y lenguajes; simula escenarios y resultados probables; analiza emociones y climas de conversación; y detecta tendencias antes de que “exploten” en la agenda.
Las campañas tradicionales operaban con una lógica lineal: mensaje, repetición, recuerdo, voto. Ese modelo está agotado. En 2026, las campañas más sofisticadas funcionarán como sistemas nerviosos digitales con varias capas superpuestas.
En primer término aparece la capa de escucha ampliada: la IA aplicada al monitoreo de redes, noticias, foros y chats públicos permite la detección temprana de temas, miedos, esperanzas, fake news emergentes y cambios de humor en segmentos específicos.
En el encuadre de creatividad generativa, la IA puede trabajar sobre textos, imágenes, videos y audios personalizados por territorio, grupo etario o interés, producidos a escala con herramientas generativas. El riesgo obvio es el salto hacia los deepfakes y la manipulación sofisticada, que ya no es ciencia ficción: informes recientes de la OCDE y de organismos especializados en integridad electoral muestran cómo la IA se integra a la industria de la desinformación con costos cada vez más bajos.
En la experimentación permanente aparece una modificación sustancial: en lugar de lanzar “la pieza madre” y cruzar los dedos, las campañas ahora pueden testear decenas de versiones, medir respuestas en tiempo real y ajustar el contenido en ciclos cortos. Hay investigaciones que muestran cómo, por ejemplo, TikTok se vuelve un laboratorio de formatos políticos donde candidatos y partidos iteran mensajes en función de la interacción que generan, especialmente entre votantes jóvenes.
Finalmente, la capa organizativa: bots conversacionales para militantes, sistemas de CRM enriquecidos con IA, scoring dinámico de simpatizantes, automatización de contactos y recordatorios. Todo esto será la infraestructura de campaña, no solo una “fábrica de posts”. Pippa Norris ha señalado que la integridad electoral en la era digital no depende solo de las reglas formales, sino también de cómo los actores políticos usan –o abusan– de estas tecnologías.
De esta manera, esta aceleración tecnopolítica choca con un nuevo mapa regulatorio. En Europa ya entró en vigor un reglamento específico sobre transparencia y segmentación de publicidad política, y la respuesta de las plataformas fue extrema: Meta y Google anunciaron que dejarán de ofrecer avisos políticos pagos en la Unión Europea para evitar el costo de cumplir con las nuevas reglas. Al mismo tiempo, crece el debate sobre el uso de IA en operaciones de desinformación, deepfakes y microtargeting político, mientras aumentan las presiones para regular la integridad informativa y la protección de datos personales.
¿Y América Latina? Varios países discuten marcos de regulación de IA y contenidos políticos, pero la región sigue atrasada: la IA política opera casi sin límites claros, lo que facilita el uso intensivo de estas tecnologías para campañas negativas y operaciones opacas.
En este contexto, la clave no será solo “usar IA”, sino cómo hacerlo: trabajar desde criterios éticos explícitos, transparencia mínima hacia la ciudadanía y acuerdos políticos básicos para no dinamitar la confianza pública por unos puntos en una encuesta.
2026: obsesionarse menos con el candidato, más con el ecosistema
Si algo nos dejan ver estas tres tendencias es que la política que se queda en el “yo candidato” llega tarde a todo. Llega tarde a los algoritmos, a las causas, comunidades, a la IA y a las regulaciones que ya se discuten en otros continentes.
En cambio, las experiencias más potentes de comunicación política en 2026 van a ser aquellas que logren pensarse como sistemas vivos más que como shows personales; leer el desplazamiento del poder hacia causas y comunidades, en lugar de pelear solo por estructuras; usar la IA para comprender mejor a la sociedad, no solo para bombardearla con más mensajes.
La pregunta que nos va a ordenar el año no es si la IA nos va a reemplazar, ni si las redes “sirven” o no. La pregunta es más incómoda y más simple: ¿qué mundo estamos invitando a construir cuando hacemos comunicación política y qué tipo de ciudadanía estamos ayudando a entrenar para habitarlo?
Ahí, en esas respuestas, se va a jugar buena parte de la relevancia –o la irrelevancia– de la comunicación política en 2026.
*Autor del ebook “Unir la cadena. IA & comunicación política. Guía práctica para asesores”, LAMATRIZ, 2024.
—



