
La IA puede procesar lo que ya existe. Nosotros, en cambio, podemos descubrir y hacer visibles historias todavía inexistentes.
Periodista, conductor y realizador televisivo, columnista en medios de difusión nacional. Nativo de Coronel Dorrego, alterna residencia entre Sauce Grande y Capital Federal. Conduce el ciclo ESAS PEQUEÑAS COSAS en BVC Bahía Blanca.
En más de medio siglo haciendo periodismo aprendí que una de las cosas más importantes del oficio es estar en el lugar de los hechos y frente a los protagonistas. Preguntar, escuchar las palabras, el mensaje de los silencios, ver los ojos del entrevistado. El motor de la curiosidad, cuando se mueve con el combustible de la sensibilidad, permite descubrir historias que se encuentran escondidas en los pliegos de las noticias o en sucesos cotidianos.
La Inteligencia Artificial está entre nosotros, vino para quedarse y puede ayudarnos a ser mejores profesionales. Busca, ordena, sintetiza en segundos millones de documentos.
Pienso en algunas de las personas que entrevisté durante los años de profesión. Enrique Gorriarán Merlo, jefe guerrillero que llevaba dos décadas prófugo. Rodolfo Barrio Saavedra, militar argentino buscado por la Justicia a quien encontramos en una trinchera de Bosnia, peleando del lado de los croatas en plena guerra de los Balcanes. Y, en Sudáfrica, el teniente coronel Diego Palleros, buscado en la Argentina por su vinculación con la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador, en ese momento en guerra con Perú. Los dos primeros informes se emitieron en Telefe. El documental de Palleros salió en un especial de Canal 13, donde pasó algo que no registró la cámara. En una pausa del reportaje para el cambio de cassette, le pregunté qué haría si en ese momento la policía golpeaba la puerta para detenerlo. Sin decir una palabra, sacó una pistola del escritorio y se la acercó a la sien. Contuve la respiración, pensé en lo peor, hasta que —sin inmutarse y con la misma naturalidad— la guardó en el cajón. El gesto dijo más que dos horas de filmación.
Con Leif Larsen pasó algo parecido. Creía que lo conocía y recién lo descubrí cuando estuvimos frente a frente con la cámara encendida. Ahí logré ver la cara oculta del hombre simple que había hecho del mar una forma de vida, con su particular manera de conocer sus secretos y disfrutarlo. Una noche se internó en el mar y no regresó. Pero antes de esa partida que imaginé en un texto, quedaron muchas pequeñas cosas que hablan de él: el viejo piano familiar, las plantas que cultivaba para regalar a los amigos, la “vertical” con las manos hundidas en la tierra y los pies apuntando hacia el cielo. Detalles mínimos, insignificantes para una base de datos; pero, para mí, la puerta de entrada a una vida de novela.
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Algo parecido me ocurrió con Bepo, aquel rubio linyera libertario que trabajaba de picapedrero y se había enamorado de la hija del dueño de la cantera. Pensó que era un amor platónico e imposible y eso lo llevó a vivir durante veinte años sin rumbo, entre trenes y estaciones de todo el país. Hasta entonces, la información sobre Bepo podía resumirse en pocas líneas. Al conocerlo y escucharlo, descubrí al verdadero e inolvidable linye de Tandil.
La vida de René Favaloro comencé a revalorizarla cuando fui a Jacinto Arauz. Detrás del profesional reconocido en el mundo, apareció la dimensión humana del médico rural, contada por sus vecinos y pacientes. El hombre se enamoró del pequeño pueblo de campaña, a tal punto que en su testamento dejó el expreso pedido de descansar para siempre en ese pedazo de tierra pampeana.
Historias, personajes y lugares diferentes que tienen algo en común: no salieron ni estaban esperando en una base de datos a la antigua o la revolucionaria IA. Aparecieron, se enhebraron en historias de TV porque alguien caminó, preguntó, escuchó, observó y tuvo tiempo y ganas para detenerse a contarlas.
Siempre reitero que las historias están a la vera de los caminos que transitamos. Si miramos con detenimiento, nos guiñan el ojo al pasar y, como una flor silvestre, nos invitan a reclinarnos y recogerlas.
La memoria de historias pasadas que contamos con texto o imágenes es experiencia que enriquece a las que vendrán. La IA puede procesar lo que ya existe. Nosotros, en cambio, podemos descubrir y hacer visibles historias todavía inexistentes.
Descreo que la IA pueda reemplazar a nuestra profesión. Pero si dejamos que piense, pregunte, observe y escriba por nosotros, corremos otro riesgo: que aprendamos a manejar a la perfección esta tecnología, pero en ese mismo instante comenzaremos a olvidarnos de cómo hacer el periodismo que conocemos y disfrutamos.
Después de tantos años, lo mejor de mi patrimonio profesional son estas historias que encontré o me encontraron en el camino. La Inteligencia Artificial puede conocer millones de historias, escribir una crónica o un guión sobre ellas. Pero para contar una historia que todavía no fue contada, primero hay que encontrarla. Y para encontrarla hay que salir a buscarla. Hay que mirar con ojos propios, escuchar con propios oídos, preguntar con curiosidad y dejarse sorprender.
La IA puede saber muchísimo sobre el mundo. Pero no estuvo ni estará en el barro, como los humanos.
El barro no solo ensucia las manos; también aclara y humaniza las ideas.
Después de todo, de barro somos…
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fuente: Inteligencia Artificial – La Nueva Provincia”> GOOGLE NEWS



