Atención con las promesas de eterna juventud que vienen en comprimidos

Cada tanto reaparece la promesa de que un mineral, un oligoelemento o una molécula de nombre difícil regalará años de vida.

Hoy se ofrecen en la televisión, en consultorios y en clínicas de estética, en forma de comprimidos, ampollas y suplementos con NAD+ o sus precursores, presentados como una inversión en longevidad.

Cuando además los recomienda un médico frente a una cámara, la autoridad del guardapolvo se transfiere al producto. El mecanismo suele ser siempre el mismo, ya que un hallazgo real pero acotado se estira hasta volverse una promesa que nadie demostró ser efectiva en seres humanos.

El NAD+ es un buen ejemplo porque tiene una base legítima. Es una coenzima presente en todas las células, indispensable para el metabolismo energético y vinculada con la reparación del ADN, y sus niveles cambian con la edad.

En cultivos celulares y en algunos modelos animales, aumentar su disponibilidad mejoró ciertos parámetros metabólicos y mitocondriales.

En personas, precursores como el NMN o la nicotinamida ribósido modifican los niveles de NAD+ en sangre, pero no hay evidencia suficiente de que reduzcan una enfermedad o prolonguen la vida. Que suba un número en un análisis no equivale a vivir más.

El organismo necesita minerales y vitaminas, pero eso no significa que cuanto más, mejor. / Foto Shutterstock.

La investigación médica y el marketing

En la investigación médica conviene distinguir tres escalones que el marketing con frecuencia mezcla. El primero es la biología celular, lo que ocurre en el interior de una célula.

El segundo es el animal, donde algo puede funcionar en ratones sin que se sepa qué ocurre en humanos.

El tercero es el ensayo clínico en muchas personas, el único capaz de demostrar efectividad con menos infartos, menos fracturas, menos discapacidad o más años con autonomía.

Casi todas las ofertas comerciales se apoyan en el primer escalón y venden como si hubieran llegado al tercero.

Con los minerales y las vitaminas el asunto es igual de delicado. El organismo los necesita, pero eso no significa que cuanto más, mejor.

El ejercicio físico continuo ayuda a tener una mayor longevidad. / Foto Shutterstock.

Los estudios SELECT y VITAL

El estudio SELECT incluyó a más de 35.000 hombres y el selenio no previno el cáncer de próstata, mientras que quienes recibieron vitamina E tuvieron, en el seguimiento, más riesgo de desarrollarlo.

El ensayo VITAL, con unas 25.000 personas de ambos sexos, tampoco encontró que la vitamina D ni el omega-3 redujeran el cáncer o los eventos cardiovasculares en gente sin déficit.

Cuando existe una carencia real, corregirla importa y mucho, y que a edades avanzadas son frecuentes las de vitamina B12 y de vitamina D. Pero la conducta razonable es medirlas y tratarlas si están bajas, no tomarlas a ciegas.

¿Por qué seducen tanto estas propuestas? Porque tocan el deseo de conservar la autonomía y la fantasía de que la finitud puede negociarse con una pastilla. En ese terreno, una hipótesis científica se convierte con facilidad en una promesa comercial.

Lo que sí se sabe con razonable certeza es menos glamoroso. Lo que ayuda es la actividad física regular, con ejercicios de fuerza adecuados a los años, una alimentación equilibrada con proteínas suficientes, no fumar, reducir el alcohol, dormir bien, estimular el cerebro, sostener los vínculos afectivos y controlar la presión arterial y la glucemia. Nada viene en pastillas.

Quizás la pregunta no sea qué tomar para no envejecer, sino qué se está dispuesto a hacer con los años que sí uno tiene.

E.M.

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fuente: CLARIN

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