
Hay temas que avanzan primero en conversaciones privadas y recién después se vuelven públicos. Las parejas abiertas fueron así: durante años se vivieron en secreto o con códigos, y hoy se discuten en redes, podcasts y sobremesas con naturalidad.
Ese cambio de visibilidad no significa que sea fácil. Al contrario: cuando se habla más, también se exhiben las contradicciones. Lo que en teoría se presenta como libertad, en la práctica puede chocar con inseguridades, comparaciones y miedos antiguos.
Además, muchas parejas llegan a la “apertura” por razones distintas: curiosidad, deseo, acuerdos ideológicos o intento de salvar una crisis. Y no todos esos motivos tienen el mismo pronóstico.
En este tema, la experiencia clínica suele poner freno a la épica: lo que se sostiene en discurso no siempre se sostiene en el día a día.
El diario español El Confidencial repasó el auge del interés por relaciones abiertas en España y citó encuestas que muestran mayor aceptación social. En ese marco, introdujo la mirada del terapeuta Antoni Bolinches como una voz crítica desde la experiencia clínica.

Bolinches sostiene que estos acuerdos exigen una preparación emocional que muchas parejas no tienen. Y resume su estadística personal en una frase sin matices: “Todos los casos que he tenido yo de parejas abiertas… a los cinco años, la pareja o se ha cerrado o se ha roto”. Lo aseguró, según el artículo, en una charla en el pódcast Lo que tú digas.
Su explicación va por el lado del riesgo: describe la dinámica como “demasiado de riesgo para mantener la estabilidad”. La palabra clave ahí no es “sexo”, sino estabilidad: lo difícil no es el permiso, sino gestionar lo que pasa después (celos, vínculos paralelos, asimetrías en deseo, acuerdos que se renegocian).
El texto también menciona el antecedente histórico de ciertos modelos como el intercambio de parejas, que en su origen se pensó -según Bolinches- como una forma de conservar el vínculo sin tener “la asignatura pendiente” de la sexualidad. Pero el problema aparece cuando esa solución choca con emociones reales que no obedecen a contratos.
La clave del enfoque de Bolinches es que una pareja abierta no es un “parche” universal. Puede funcionar si hay comunicación, límites claros, autoestima sólida y capacidad de tolerar incertidumbre. Pero si se usa como salvavidas de una crisis previa, el acuerdo suele actuar como lupa: amplifica lo que ya estaba flojo.

Otra idea que se desprende es el factor tiempo. Muchas parejas pueden sostener un período de apertura, pero con los años aparece una bifurcación: o cierran para estabilizar, o se rompen porque el modelo se vuelve demasiado costoso emocionalmente. Esa es la hipótesis que él plantea con el umbral de los cinco años.
En definitiva, el debate no se resuelve con moral ni con moda. Se resuelve con una pregunta incómoda: ¿tenemos recursos emocionales para sostener lo que decimos querer? La frase de Bolinches funciona como advertencia: el acuerdo puede abrir puertas, pero también puede abrir grietas.
—



