Andrea Camilleri, escritor italiano: El hombre es así, maravillosamente contradictorio. Yo confío en su parte buena

Andrea Camilleri fue, es y seguirá siendo mucho más que el creador del comisario Salvo Montalbano.

Es que detrás del escritor siciliano que alcanzó un éxito internacional tardío, publicó más de un centenar de libros y convirtió una lengua atravesada por el siciliano en una marca literaria inconfundible, hubo un hombre profundamente ligado a los recuerdos, a su padre y a una familia cuyo bullicio no interrumpía su escritura, sino que, por el contrario, la alimentaba.

Buena parte de esa intimidad quedó reflejada en las entrevistas que el hombre de voz ronca de fumador empedernido concedió durante sus últimos años.

Y algunas de sus frases permiten reconstruir otra biografía de Camilleri, la del hijo que recibió de su padre el impulso definitivo para convertirse en novelista, la del abuelo que escribía rodeado de niños y la del anciano que, incluso después de perder la vista, seguía apostando por la vida.

En el nombre del padre

Giuseppe Camilleri, el padre del escritor, era inspector de las capitanías de puerto de la costa sur de Sicilia. “No era precisamente un intelectual”, recordó su hijo, pero tenía una biblioteca extraordinaria y “un olfato extraordinario para los buenos libros”.

Allí, en los estantes de madera, convivían Melville, Conrad y escritores franceses y anglosajones a los que Andrea leyó desde joven. Sin embargo, la herencia paterna fue mucho más profunda que esos ejemplares.

Siempre comprometido con la realidad, Camilleri fue un optimista empedernido. Foto: EFE/Archivo

Fue el mismo autor el que contó que alrededor de la quinta novela protagonizada por Montalbano, su esposa, Rosetta Dello Siesto, le hizo una observación inesperada: “¿Te das cuenta de que estás escribiendo la biografía de tu padre?”.

Hasta ese momento él no lo había advertido. Después comprendió que había algo de Giuseppe en el policía de Vigàta. Sobre todo, su valentía. “El coraje de Montalbano es, en parte, el de mi padre”, reconoció. Lo recordaba como un hombre extraordinariamente valiente, incluso ante la muerte.

La muerte del padre, precisamente, ocupa un lugar fundamental en la historia literaria de Andrea Camilleri.

En este punto es fundamental remontarse a 1967. Giuseppe estaba gravemente enfermo y su hijo pasó un mes junto a él en una clínica. Fueron días dolorosos, pero también de reconciliación.

“Teníamos muchas cosas que aclarar y hoy puedo decir que fue bellísimo, a pesar de la situación”, recordó muchos años después.

Un día, su padre le pidió que le contara una historia. Andrea tenía desde hacía tiempo una trama en la cabeza. Era la que luego se convertiría en Il corso delle cose (El curso de las cosas), su primera novela. Se la contó en siciliano, porque esa era la lengua en la que padre e hijo hablaban entre ellos.

Cuando terminó, Giuseppe le hizo un pedido: “Prométeme que la escribirás y que la escribirás tal como me la has contado a mí”. Camilleri cumplió la promesa.

Escribir mientras la vida sucede

Si su padre aparece en el origen de su escritura, sus descendientes estuvieron presentes mientras esa tarea continuaba.

Camilleri se casó en 1957 con Rosetta Dello Siesto, con quien tuvo tres hijas. Con los años llegaron los nietos y bisnietos, y su casa se convirtió en un lugar donde literatura y vida familiar podían coexistir sin demasiadas ceremonias.

A diferencia de la imagen del escritor que necesita aislamiento absoluto para crear, este hacedor de mundos tan reales como imperfectos parecía necesitar exactamente lo contrario.

En una entrevista con L’Espresso contó que sus tardes eran continuamente interrumpidas por hijas, nietos y bisnietos. Pero esas interrupciones no le molestaban. Había llegado a escribir frente a la computadora con dos niños de tres años debajo del escritorio, entre patadas, gritos y canciones, mientras otro daba vueltas por la habitación.

“Este caos, más que molestarme, me gusta”, explicó. Y enseguida reveló la razón: “Siempre he necesitado sentir la vida a mi alrededor”.

La escena decía bastante sobre su manera de entender la literatura. Camilleri no comprendía al poeta que se encerraba en una torre de marfil para producir su obra. Su materia prima estaba afuera (y también debajo de su escritorio) plena de conversaciones, voces, recuerdos, gestos y personas.

Sus recuerdos, su padre y su familia alimentaron su literatura. Foto: Archivo

Un optimista con total confianza en la vida

Andrea Camilleri llegó a una edad que él mismo había considerado improbable. A los 40 o 50 años, confesó, ni siquiera imaginaba alcanzar el año 2000. Finalmente, murió en Roma el 17 de julio de 2019, a los 93 años.

En sus últimos tiempos había perdido la vista, pero siguió trabajando, dictando y recibiendo las constantes visitas de su enorme familia. Y conservó algo que resulta revelador para entender su literatura, una confianza obstinada en el ser humano.

Cuando le preguntaron si era pesimista sobre el futuro, respondió que se resistía a serlo. Sucede que para Camilleri, el ser humano podía mostrar lo peor y, al mismo tiempo, ser capaz de realizar actos extraordinarios de solidaridad.

“El hombre es así, maravillosamente contradictorio. Yo confío en su parte buena”, confesó en una entrevista de Vanity Fair Italia, que fue publicada el 23 de agosto de 2018.

fuente: CLARIN

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