
En tiempos que requieren de la reflexión y la capacidad de disminuir la velocidad de todas las acciones, la artista Ananké Asseff propone en su muestra volver a pensar el amor como una fuerza capaz de transformar la experiencia humana. Esa es la premisa de Quiero creer en el amor, la exposición que presenta en el espacio cultural ZonderFlag, en Palermo, una muestra que reúne instalaciones, fotografías, videos, objetos y experiencias sonoras para construir un recorrido sensible sobre los vínculos, la fragilidad y la necesidad de conexión. La exposición culmina este fin de semana.

Asseff mezcla fotografía, performance, instalación, video, texto, música y prácticas escénicas conviven en una producción que se caracteriza por una intensa reflexión sobre la subjetividad, los mecanismos de la mirada y las formas en que se construye la realidad.
Nacida en Buenos Aires, desarrolló una trayectoria internacional poco habitual para una artista argentina de su generación. Sus obras integran colecciones de instituciones de enorme prestigio como la Tate Modern, el J. Paul Getty Museum, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, entre muchas otras. También participó en bienales internacionales en La Habana, Curitiba y BIENALSUR, consolidando una presencia sostenida en la escena latinoamericana e internacional.

En ese recorrido, Quiero creer en el amor aparece como una suerte de síntesis y, al mismo tiempo, como una nueva apertura. La exposición propone abandonar las lecturas cínicas o superficiales sobre el amor para recuperar su dimensión transformadora. No se trata del amor romántico entendido como ideal sentimental, sino de una energía vinculada con la empatía, la vulnerabilidad y la capacidad de reconocer al otro.
Desde el momento en el que uno entra en la sala se encuentra con la escultura de una mujer que, agarrada de sus manos, pende de un caño y la sensación de que puede caerse atraviesa la percepción y la mantiene en tensión. En un video un hombre y una mujer expresan su vínculo con el otro de modo exasperante. Gesticulan y expresan amor y odio; unión y separación; cariño y rechazo. La puesta es multisensorial: hay obras para sentir con el cuerpo, leer, escuchar, tocar.

El crítico y curador Sebastián Vidal Mackinson, responsable del texto de sala, define la práctica de Asseff como una investigación profunda sobre “la condición humana, el deseo, la fragilidad y los vínculos”. Según su lectura, las obras generan “espacios de duda, de pausa y de resonancia emocional”, invitando al visitante a atravesar diferentes capas de intimidad. Que ahora el amor ocupe el centro de la escena no supone un giro ingenuo sino, por el contrario, una decisión política y estética. Creer en el amor, parece decir Asseff, es hoy un gesto de resistencia.
La muestra se despliega en ZonderFlag, una nueva Casa de Artistas concebida como un espacio de experimentación, residencias y exhibiciones que se define a sí mismo como un territorio “sin banderas ni etiquetas”. La elección del lugar no parece casual: tanto el proyecto institucional como la obra de Asseff comparten una búsqueda de encuentro y apertura frente a un contexto cultural cada vez más fragmentado.

Por eso la muestra no ofrece respuestas cerradas ni certezas reconfortantes. Como ocurre en buena parte de su producción, propone preguntas. ¿Cómo nos vinculamos? ¿Qué lugar ocupa la vulnerabilidad en nuestras vidas? ¿Es posible construir comunidad en una época dominada por la desconfianza? ¿Qué significa amar en el siglo XXI?
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