
“Soy solo un adolescente, pero entraré en tu mente“, dice al pasar una canción que Alejandro Sanz escribió y lanzó en 1991, Viviendo deprisa. Él sigue cantándola a los 57 años y sin embargo en su voz, en su guitarra y en su sonrisa no suena desfasado, fuera de tiempo. Ese es el enigma y el logro: sus temas parecen flotar fuera del calendario.
Decenas de sus hits están atravesados por elementos de otra época: habla de enviar cartas, de llamados analógicos y poesía epistolar, y sin embargo siguen siendo cantados por las hijas de las hijas.
Con esa guitarra española que aún funciona como su columna vertebral, Sanz sostiene 35 años de carrera, pero no se cierra a lo que fue. Lo demuestra en su gira ¿Y ahora qué?, que pasó este viernes 6 pasó con potencia por el Campo de Polo.
Si Sanz mostraba gestos de inmadurez a fines de los ochenta, cuando intentaba un lugar bajo el seudónimo grandilocuente Alejandro Magno, ahora revalida título de conquistador. Muestra con creces su evolución, su solidez y por qué no se quedó a mitad de camino, como tantos colegas románticos de voces limpias y rostros hegemónicos que explotaron y desaparecieron.
En dos horas de show, entre drones, nubes amenazantes de tormenta, aviones que vuelan bajito y un despliegue visual hipnótico, Sánchez Pizarro se apoya en una poderosa banda multinacional, con representantes de Bosnia, República Dominicana, Cuba, Barcelona, Islas Canarias, Nueva York, Perú. Una decena de músicos que le dan una materialidad especial a sus canciones, entre saxofones, batería, trompeta, teclados,bajos, coros.
Con Yami Safdie como invitada para cantar el nuevo tema a dúo, Cuéntame, (y un set de mate que comparten en escena), Sanz se sostiene en el viejo truco de la complicidad de los que más que ir a escucharlo, asisten a recordar esas microtragedias de amores fallidos. Sigue siendo el hombre de la contraseña, una suerte de hacker melódico que suelta “virus” como Amiga mía, ¿Lo ves? y hace que el Campo de Polo entero comparta código desgarrador.

Diálogo, piropos a Buenos Aires y chistes, pero todo en su justa medida. Se despacha con barroquismo sentimental como “una canción no puede parar un tanque, pero puede partirle el corazón al que lo conduce”, pero pone en el centro la música antes que el monólogo innecesario.
A.S reafirma esa identidad andaluza en su forma de sentir la música, más allá de haber nacido en Madrid. Sigue atravesado por esos ambientes flamencos adoptivos que moldearon su oído, aunque no todo es eso ni archivo sentimental que recuerda una separación, a un primer romance, a un flechazo imposible: propone sobre el final del recital fiesta, humor, atmósfera bolichera. Termina volviendo el Campo de polo en una rave, con su “DJ” transformando Corazón partío y Viviendo deprisa en una celebración electrónica.
Sanz se retira de escena con la sensación de quien sabe que fue el tercero omnipresente de tantas parejas. Es consciente del poder de su rol. Un ilusionista que despierta lo dormido con un acorde.
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