
Recuerdo mi infancia inmersa en un entorno puramente de Instituto. Mi padre, mi madre, los vecinos del barrio —pegado al estadio de la Gloria— y mis compañeros del colegio Corazón de María; todos en pleno Alta Córdoba compartían esa misma pasión.
Mi viejo era un apasionado del fútbol en general. Íbamos a ver los torneos de barrio o a Unión Florida, éramos de los primeros en la de Instituto, donde mi familia era socia. Seguíamos las campañas de Talleres y de Racing, aprovechando que mi tía vivía a solo una cuadra del estadio Miguel Sancho.
Sin embargo, ir a ver al Pirata era complicado. No teníamos transporte directo y la bici dejaba de ser una alternativa por los desniveles del trayecto. Pese a eso, cuando lográbamos ir a un partido de Belgrano, nos ubicábamos en las tribunas tubulares al lado de “Los Piratas” o en la vieja calle Hualfín.
Fue durante el Nacional de 1977 cuando empecé a decir con orgullo que era hincha del Celeste. Paradójicamente, era el equipo que menos había visto en mi vida; apenas recordaba un partido contra Independiente, mientras que ya habíamos visitado la Boutique de Barrio Jardín varias veces. Pero hubo algo en esos colores y en ese barrio que me atrapó para siempre. Así comenzaron años difíciles, recorriendo canchas de la ciudad y del interior provincial junto a uno de mis pocos compañeros de escuela que también era “pirata”.
El primer gran hito para mí fue 1986. Fuimos campeones de un torneo interminable ganándole a Olimpo de Bahía Blanca (a quienes volveríamos a derrotar para ascender décadas después). Pero ese año tuvo otro momento mágico e irrepetible: Maradona jugando para Belgrano. Fui al estadio convencido de que, tras ganar el Mundial, el “Diego” no vendría por alguna razón. Pero se dio. Increíble. Ver a Maradona con la camiseta del Pirata fue una alegría inmensa, un regalo que atesoro como si fuera un título más.
La historia reciente también nos regaló momentos inolvidables: el gran ascenso de 1991 frente a Banfield; el de 1998, cuando logramos subir apenas dos semanas después de perder una final contra nuestro clásico rival; y nuevamente el triunfazo frente a Olimpo en Bahía Blanca en 2006. Inolvidable es también la serie contra River en 2011, de la mano del “Ruso” Zielinski y Guillermo Farré, cuyo triunfo en el Gigante pude compartir con mi hijo. Más recientemente, vivimos la vuelta del “Guille” como DT para consagrarnos en 2022, con aquel viaje épico con amigos a San Nicolás.
Hoy, la vida me da un regalo extra: mi hijo vino a visitarnos por tres semanas y decidió alargar su estadía por “culpa” de Belgrano, para que podamos ir los tres, junto a mi hija, a ver la final, en el Kempes como cuando mis hijos eran chicos y yo estaba más atrás de ellos que viendo el partido, pero esperando abrazarnos de gloria al final.
El camino no ha sido fácil; ser hincha del Pirata nunca lo es. Pero al mirar atrás, veo que Belgrano me ha dado alegrías inmensas y hoy me permito soñar en aprovechar esta oportunidad. Solo espero que este domingo el equipo respete su historia y su camiseta; si lo hace, seguramente nos hará felices. A mí, por partida doble, por poder compartirlo con mis hijos. No puedo evitar recordar la generosidad de mi viejo, quien siendo hincha de Instituto, me llevaba a ver a Belgrano. Yo no pude imitar su inmenso amor: a mis hijos solo los llevé a ver al Pirata.
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