Al teatro, con pelucas, capas y fantasmas

A mí lo que me gustaría es ir al teatro. Al Teatro Nacional Cervantes, por ejemplo. O algún otro teatro viejo, de alcurnia y tradición. Ir de día, una tarde de domingo, cuando nadie anda por las calles y los afortunados y las familias toman el sol en los parques. Llegar de la mano de alguien que amas, y entrar por una puerta pequeña, donde nos espera un alma del teatro, su dueño oculto, que nos guía por pasadizos secretos, cada vez más oscuros, cada vez más adentrados en las profundidades y el secreto.

Y nos hace pasar al gran camarín del maquillaje. Donde, entre las sombras, cuelgan las ropas de todos los personajes que han tomado vida en el escenario, que adivinamos arriba nuestro, polvoriento y solo.

Es un camarín apenas iluminado, y no por ello pequeño, sino más bien desmesurado. No sabemos dónde termina, porque entre las sombras adivinamos incontables percheros, todos repletos de ropajes de época, y más allá escenografías, andamiajes y algunos decorados quietos.

Llegamos de puntillas, en silencio y entre risas sofocadas. Y con un gesto de arlequín, nuestro anfitrión nos sienta frente al espejo del teatro. Todo tiene un aire literalmente teatral y cursi, demodé, pero irresistible. Como una película en blanco y negro, un melodrama para sufrir por amores contrariados y cuchillos de utilería.

Y allí es cuando empieza la cosa. Diría la magia, si no fuera porque no debe invocársela para nombrar el teatro. Empieza el teatro, entonces. Empieza el teatro de nuestra infancia, tal y como lo entendíamos entonces, frente al ropero abierto con ropa antigua, donde colgaban abuelos, padres, tíos y otros seres fantasmales y ya evanescidos. Como entonces, y como allí aprendimos, vestirse es revestirse para ser otro. Seriamente, genuinamente, otro.

Pero estamos en un teatro verdadero, con un guía (¿demiurgo, maestro de ceremonias?) verdadero. Él nos hará sentar frente al espejo con las consabidas luces, y pondrá a nuestra disposición pelucas, barbas y bigotazos. Ante nuestra vista, y sin otros enseres que cabellos muertos y afeites al tono, iremos mudando de edad, condición, profesión y arte, y hasta sexo. Sin hablar de tocados, sombreros y anteojos y hasta parches de pirata. Sin movernos del taburete todo somos, de un modo tan sucesivo que parece simultáneo.

¡Y cuando nos levantamos! ¡Ah, cuando nos levantamos! Ya somos dos y somos legión. De a dos nos descubrimos con togas y ropas del Siglo XVIII, de a dos nos enamoramos en el siglo XIX, de a dos espadeamos, como buenos filibusteros, de a dos nos hacemos reverencias y bailamos con la música que nos viene de las sombras. Todas las ropas, todas las capas y uniformes para nosotros solos.

Así es como me gusta ir al teatro. En eso pienso cuando me ubico en la butaca y observo, como disimulando, las luces secretas que llevan a los camerinos. Si hay un fantasma en la ópera, a él invoco.

fuente: CLARIN

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