Adrián Appiolaza, el argentino que dirige una marca top y lleva a Evita y Mafalda en sus diseños de ropa

Así, como si estuviese tarareando el tango Volver, el diseñador argentino Adrián Appiolaza tiene el alma aferrada a recuerdos indelebles de su terruño porteño. Algo que quedó demostrado en Terra, su última colección presentada en febrero de este año como director creativo de la marca italiana Moschino.

Criado entre el barrio de San Telmo y la localidad bonaerense de Olivos, hijo de una ama de casa y de un manager del Automóvil Club Argentino (ACA), desbordó de orgullo patrio la pasarela internacional con referencias locales en la ropa y los accesorios.

Por caso, el colectivo 29 plasmado en un zapato -la misma línea que el creador tomaba para ir a estudiar a la Escuela Técnica Otto Krause-, alegorías al arte del fileteado y el homenaje estampado de Mafalda vociferando “¡Basta!” y un retrato de Eva Perón posmoderna, recreada mediante pixeles.

Diseño inspirado en el fileteado porteña de la colección Terra de Moschino. Foto: AP.

Insistió además en la necesidad analógica de las carteras con forma de paquete de churros, un teléfono gris de tubo con cable espiralado y hasta una máquina expendedora de boletos. Así buscó recuperar la elocuencia del tono juguetón, anclado en la ironía, que signó a la firma fundada por Franco Moschino hace más de cuarenta años.

Una carrera en Europa

Con más de tres décadas viviendo en Europa, Appiolaza se fue del país en 1994 con la certeza de ir a conocer Manchester, la ciudad que fue inspiración de sus bandas musicales predilectas, aunque en el camino se detuvo en Londres. Allí trabajó arduamente hasta que pudo costearse su carrera en Central Saint Martins, la renombrada escuela de moda británica.

Luego, llegaron los primeros empleos con Alexander McQueen, para después despuntar en Chloé y Loewe, con Phoebe Philo y Jonathan Anderson, respectivamente, diseñadores imprescindibles para las transiciones y renovaciones de esas casas de alta moda en las postrimerías del siglo pasado y los inicios del nuevo milenio.

Al prestigio de esa trayectoria, le añade la obsesión, según su propia definición, por el coleccionismo vintage de artículos de diseñadores japoneses (Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto) y del belga Martin Margiela, entre otros.

Adrián Appiolaza vive en Milán y dirige Moschino desde 2024. Foto: Ariel Grinberg.

Berretín, el de acopiar prendas y accesorios, que durante la pandemia -y con la ayuda de su pareja Ryan- pasó a ser un emprendimiento de alquiler de piezas históricas para producciones y celebridades del rango de Madonna y Kim Kardashian.

Esto último reconfirma que, así como sus diseños están inevitablemente vinculados a su origen, el énfasis en la permanencia es clave para la indumentaria. Como si se detuviera y respirara profundo en el frenético maratón del sistema de la moda contemporánea.

Ahí está Appiolaza, a los 53 años, en la Mansión del Four Seasons Hotel Buenos Aires, después de la producción de fotos para Viva, ataviado con una de las camisetas de la colección en cuestión, bermuda negra de la marca japonesa Comme des Garçons,

exorbitantes zapatillas blancas, y una breve gorra de lana roja, sin séquito ni ningún divismo demodé, por el contrario, acompañado solamente por uno de sus inseparables amigos.

De Milán, donde vive y trabaja, llegó a Buenos Aires invitado especialmente para recibir el reconocimiento como talento argentino en el mundo en la cuarta edición del Martín Fierro de la Moda.

Admirador de nuestros íconos televisivos pop, se lo vio exultante en la ceremonia compartiendo la primera fila con Susana Giménez, a quien le tocó entregarle un premio. Pero eso no fue todo, también recibió un reconocimiento de la Legislatura porteña como Personalidad Destacada de la Cultura.

Appiolaza con el diploma que recibió en la Legislatura porteña.

Argentina no es solo el lugar donde nací, es el filtro a través del cual veo el mundo -expresó emocionado en su discurso, ante la presencia de colegas, amigos, sus padres y sus tres hermanos-. Esa resiliencia y creatividad que nos define fue mi ventaja competitiva en el exterior”, manifestó.

-Sos un diseñador pop y, en ese sentido, el Martín Fierro era el premio que te tenían que dar. ¿Te lo hubieses imaginado?

No, jamás. Por eso me sorprendió tanto cuando me avisaron. Era surreal. Siempre fue un evento que veía a través de la tele y era una fantasía, como un mundo inalcanzable. Aún habiendo trabajado tantos años, nunca pensé que iba a poder ser parte del ambiente de la cultura y el espectáculo. Fue todo muy sorprendente, nuevo, increíble.

-Al momento de recibir el galardón dijiste que “cerraste el círculo”, ¿por qué usaste esa expresión?

-Es una traducción del inglés “full circle”, quiere decir que cuando empezás un camino y después llegás a la meta, se cierra el círculo. Para mí, sentir el reconocimiento en Argentina fue eso.

Es como la frutilla en la torta. Sentí cómo me había ido en el ‘94, con sueños y muchas preguntas, pasaron todos estos años y ahora estaba parado en el escenario del Martín Fierro y se cerraba el círculo. Sentí que hice algo valioso.

Sentir el reconocimiento en Argentina fue la frutilla en la torta. Estaba parado en el escenario del Martín Fierro de la moda y se cerraba el círculo.

Fue homenajeado por su trayectoria en el Martín Fierro de la Moda.

-Cuando presentaste Terra, la noticia trascendió a los portales que no eran de moda. ¿Te sorprendió?

-Ya era un poquito conocido en la época que estaba en Loewe, porque exponía mi trabajo en las redes sociales. Me gustaba mostrar lo que hacía creativamente, entonces ya tenía seguidores en Argentina, pero cuando pasó lo de Moschino se abrieron nuevas puertas, así pasaron dos años.

Y siempre tuve la idea de hacer una colección inspirada en mis raíces, de hecho, así fue también la de mi graduación en Central Sain Martins.

-¿Y por qué lo retomaste ahora?

Moschino es el lugar ideal para representar otra cultura. Esa era la esencia de su fundador, Franco Moschino. Él era un apasionado de la cultura española. También por mi nostalgia, y la idea de que tengo de buscar una casa acá. Mi subconsciente sabía que algo podía generar. Soy argentino, sé cómo somos.

¿Y las referencias que tomaste ya las tenías pensadas desde ese momento?

La idea fue traer cosas que a mí me marcaron de pequeño, y Mafalda fue mi primera literatura. Pedía que me compraran las historietas y me leía todo. Me encantaba el modo de pensar, muy irónica, realista y cruda al mismo tiempo. Y pegaba tantísimo con el ADN de la marca. Además, era algo muy argentino pero reconocible en otros países.

Mostró la colección con guiños a nuestro país en la Semana de la Moda de Milán. Foto: AP.

-En la remera que diseñaste aparece gritando “¡Basta!”. ¿A quién se lo dice?

-No es por un punto en particular, sino por la situación en el mundo. No sólo en Argentina, también en Europa, Estados Unidos y Medio Oriente. En todas mis colecciones de Moschino, si no doy algo subliminal, trato de dar un mensaje: lo que pasa nos afecta a todos.

Es momento de parar y pensar un poco cómo podemos solucionarlo de un modo que no sea tan agresivo, no solo en lo bélico, sino en el modo de comunicarnos, en lo verbal.

-Y si bien la moda y el arte no se explican, ¿por qué pixelaste a Evita?

Fue más para modernizar una imagen que para tratar de cubrirla. No lo hice con una idea política o no política, sino como un personaje que tuvo impacto desde la cultura argentina al mundo. Fue una decisión creativa. Es reconocida internacionalmente. Además fue ícono de estilo. La veo más como un pop icon que tenía que estar presente en el lenguaje de la colección Terra de Moschino.

-Llegaste a Moschino de manera bastante abrupta (tras la muerte del anterior director Davide Renne). ¿Cómo lo viviste?

Fue difícil porque, como todo director creativo cuando llega a una marca, se necesita un tiempo para empezar a entender cómo crear una nueva imagen. Me suplicaron si podía hacerlo porque hacía un año que estaban sin dirección creativa.

Remerón estampado con la imagen pixelada de Evita. Foto: AP.

-¿Cómo te convencieron?

A mí me encantan los retos. Les pedí ir al archivo para ver qué material había para trabajar. Sabía que después de diez años de Jeremy Scott (anterior director creativo), que tuvo una visión muy teatral y arraigada a la cultura norteamericana, quería traer de nuevo algo que se conectara con el ADN original de Franco Moschino.

Yo, como coleccionista de piezas históricas, lo conocía bastante. Esto fue en diciembre del 2023 y en febrero del año siguiente presenté la colección.

-Casi que “a la argentina”…

-Sí, apuradísimo. Me empecé a sentir un poco más cómodo cuando vi que podía transformar los looks de archivo y piezas más contemporáneas en una colección. Me prometieron que tenían la infraestructura para poder hacerlo en el tiempo que quería, aunque me limité en desarrollar telas y estampas porque son procesos más largos.

Pero lo pensé como el primer paso para encontrar la nueva dirección de Moschino. Fue como tirarse a la pileta de agua fría, con muchas dudas.

De la pasión por lo vintage al emprendimiento de alquiler de piezas históricas

-Por tu rol de coleccionista, sos como un custodio de la moda, ¿tuviste ese imperativo con el personaje de Franco Moschino?

-Sí, era traer a la superficie para que las nuevas generaciones vieran también de qué se trataba Moschino en sus comienzos. Así que hice los looks. Justo estaba acá, en Argentina, me mandaban diseños y yo los aprobaba. Después, cuando volví a Italia empezamos a ver los prototipos. Al principio iba hacer la colección, pero no firmarla.

-Como si fueras un ghost writer, un escritor fantasma.

-Sí, como el ghost designer, pero me di cuenta de que tenía una impronta bastante mía y si la próxima la hacía yo, se iba a notar. Pero bueno la firmé y pensé: “Que sea lo que Dios quiera”.

-Y Dios quiso. De hecho, algunos llegaron a decir que había vuelto el espíritu de Franco Moschino

-También fue una colección muy instintiva porque no hubo tiempo para cambiar y reflexionar. No hubo prueba y error. El instinto me ayudó mucho para tomar decisiones. Y lo que me gusta de la marca es que su ADN es acerca de no tomar todo tan en serio, no es una firma para sentirse un snob de la moda, es para divertirse.

Eso yo ya lo tenía como algo personal, siempre me gustó vestirme con marcas que tienen su ironía en el modo de construir las piezas. Esa era la fórmula que quería y Moschino era el lugar perfecto. Acá estoy, aún buscando.

Siempre me gustó vestirme con marcas que tienen su ironía en el modo de construir las piezas. Esa era la fórmula que quería y Moschino era el lugar perfecto.

El diseñador es también un coleccionista de prendas vintage. Foto: Ariel Grinberg.

-Trabajaste con los diseñadores Marc Jacobs, Phoebe Philo y Jonathan Anderson en momentos clave de sus carreras. Un talento para estar en el lugar y en el momento justo, ¿a qué lo atribuís?

-Sí, tengo un ángel que me cuida y me lleva, y también hubo cosas ante las que tuve que decir sí o no. Por ejemplo, cuando estaba estudiando en la Saint Martins, hacía pasantías con Miguel Adrover en Nueva York. Entonces, cuando me gradué, me dijo que fuera con ellos, pero de repente Phoebe Philo estaba empezando en Chloé y me contactaron para decirme que le gustaba mi trabajo.

Tuve que elegir entre París o Nueva York, pero París estaba más cerca de Londres y de todos mis amigos. A NY lo veía lejos.

-También decidiste irte de Alexander McQueen cuando otros hubiesen dado todo para trabajar con él.

-Lo que pasa es que, a la vez que estaba con Alexander, estaba en proceso para aplicar en Saint Martins. Trabajar con él era lo más, por el ambiente de fiesta, de ir a las discotecas, el exceso de Londres de los ‘90… En esa época diseñadores como McQueen eran parte de todo ese movimiento cultural.

Seis meses más tarde me aceptaron en la escuela, también trabajaba en el pub The Edge y en un momento era demasiado, no tenía tiempo para desarrollar proyectos.

-Hace poco dijiste que tenías el mandato de “te tenés que recibir”.

-Sí, eso de que antes de los 30 años tenías que tener el título universitario y hablar inglés. Mi abuela me decía eso. El título era lo más importante. Había trabajado en bares, bailando como Gogó Boy, y después de cuatro años de juntar el dinero para el curso de ingreso, me gasté todo ese ahorro ahí. Ese portfolio era mi entrada a algo.

-¿Qué tomaste de esa época?

De mi experiencia en McQueen, la creatividad sin miedo. Hoy en día la gente tiene miedo a eso porque hay muchos parámetros que respetar para tener un éxito comercial. De lo que era la moda en el ‘98 o el ‘99 a ahora, cambió mucho. Y los que no tienen miedo de la creatividad extrema y de mandar un mensaje que pueda incomodar, se encuentran con muchos problemas.

Trabajó con grandes figuras de la moda como Alexander McQueen. Foto: Ariel Grinberg.

De mi experiencia en McQueen tomé la creatividad sin miedo. Hoy la gente tiene miedo a eso porque hay muchos parámetros que respetar para tener éxito comercial.

-Mencionabas tu rol como coleccionista, ¿te acordás cuál fue la primera pieza?

Una camisa de Comme des Garçons; junté mucho dinero para tenerla. Después, cuando me gradué, mientras trabajaba en Chloé, era justo el comienzo de eBay y ahí comencé a buscar vintage.

-¿Lo pensabas para usarlo?

-Sí. O por ahí eran piezas de mujer que había visto y las compraba porque me había enamorado. Al mismo tiempo era inspiración para mi trabajo. Fue una mezcla, eran prendas que había deseado y no había excusa para no comprarlas.

Poco a poco fui acumulando y ya para el 2010 me di cuenta de que tenía una importante cantidad de piezas. Después empezó la obsesión para reconstruir looks: si estaba la parte de arriba necesitaba el pantalón y viceversa, ahí se convirtió en un rompecabezas. El sentido es reconstruir el pasado.

-Esa adrenalina no te la da otra cosa…

-No, además como no tengo mucho tiempo, mi pareja Ryan se ocupa y me manda fotos con las cosas que encuentra. También buscamos en subastas. Tenemos un estimado de ocho mil piezas, las guardamos en bauleras y en París tenemos un showroom. Está todo muy curado para que las prendas sean respetadas.

-Es una manera de demostrar que la moda perdura y que una pieza de, por ejemplo, Martin Margiela puede tener más vigencia hoy que antes.

El archivo para mí es un hobby y es un orgullo poder tener esas piezas que son parte de la historia. Y Margiela en particular fue el que marcó el antes y después de la moda entre los ‘80 y ‘90. De la opulencia pasó al minimalismo y lo más austero. Las influencias de él se ven muchísimo hoy. Es la génesis de la nueva época.

Appiolaza es el primer argentino en dirigir una marca global. Foto: Ariel Grinberg.

-En estas décadas viste cambios fuertes, ¿hacia dónde va la moda?

Espero que lo que está pasando hoy con las redes sociales y la tecnología pueda ser un ciclo que se cierra. Tratar de usarla y que no todo se convierta en una monotonía. Quién sabe si las generaciones futuras no volverán al modo del pasado para crear y comunicar.

-Trabajaste con diseñadores importantísimos y ahora sos director creativo, ¿pensaste en tener tu propia firma con tu nombre?

Tener mi propia marca y crear sin tener que adaptarme a parámetros ya existentes sería lo ideal. Ese podría ser el sueño final.

fuente: CLARIN

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